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pan y cine y el santo

Terror y Amor No Correspondido En el Cine


[Kenneth Turan] La capacidad de Lon Chaney para causar terror es eterna. Preguntadle a Kenneth Turan, que se lo toma muy personalmente.
Como actor y como persona, en la pantalla y fuera de ella, Lon Chaney, el célebre Hombre de las Mil Caras, domina mis sueños, disturba mi reposo y atormenta mis períodos de lucidez.
Todos conocen su cara más famosa: el horriblemente desfigurado Erik, el torturado y desdichado Fantasma de la Ópera de París. Es una cara más allá de las pesadillas, más allá de lo imaginable, una de las imágenes más terribles llevadas alguna vez al cine, reconocible instantáneamente en cualquier cosa, desde carteles de conciertos de rock hasta sellos postales. Es una cara que expresa furia y desesperación, súplica y cólera, que irradia emociones para las que no tenemos nombre y que en realidad no queremos saber siquiera que existen.
Pero conocer esa cara es saber todo y nada. Pues Lon Chaney era también un hombre de mil paradojas, "la estrella que vivía como oficinista", de acuerdo al director Tod Browning, un solitario empedernido, dijo de él una vez su colega en el estrellato, Jackie Coogan, que "hizo verse a Howard Hughes como Pia Zadora". Como corresponde a un especialista, no en monstruos con caras humanas sino en humanos con caras monstruosas, casi todo sobre él era un misterio, una contradicción o ambas cosas a la vez.
Chaney fue un estrella importante, la más atrayente que produjo el cine mudo. En 1928 y 1929, los dueños de teatro del país lo votaron como la atracción masculina número 1 de la taquilla. Su ‘El jorobado de Notre Dame" fue la película que produjo tantos beneficios para la Universal en 1923 como el papel que lo lanzó a la fama en ‘El milagro’ [The Miracle Man] para la Paramount en 1919. Cuando la MGM anunció la seriedad de su letal enfermedad en agosto de 1930, llamó tanta gente para donar sangre que el estudio tuvo que contratar a telefonistas extras. Cuando murió pocos días después, a los 47, todos los estudios de Hollywood suspendieron el trabajo durante cinco minutos, a modo de homenaje.
También era profundamente respetado por sus colegas. Burt Lancaster recordó uno de los momentos de Chaney como "la escena más emocionalmente convincente que he visto en un actor". Joan Crawford, que tenía 23 cuando actuó con Chaney en ‘Garras humanas’ [The Unknown], lo consideraba "el individuo más intenso y excitante que he conocido, un hombre hipnotizado por su papel". Cuando actuaba, "era como si estuvieras trabajando con Dios, tenía una profunda concentración".
Y sin embargo una de las grandes paradojas de Chaney es que aunque su trabajo es parte del léxico de todo actor ("Quieres que llegues a ser alguien -tan alguien como Lon Chaney", le dijo Stanley Kubrick a Vincent D’Onofrio durante el rodaje de ‘La chaqueta metálica’ [Full Metal Jacket], como actor es único, sin descendientes, una estrella que no se parecía en nada a ninguna otra, ni antes ni después.
Parte de la explicación de esto es que Chaney alcanzó el estrellato haciendo papeles que son demasiado extraños de caracterizar o incluso difíciles de comentar, menos aún imaginar hoy a alguien intentando hacerse con una reputación más allá del cult o marginal, y lográndolo. No era una estrella del horror -el género en realidad no existió realmente sino hasta que ‘El fantasma de la Ópera’ ayudó a crearlo-, sino más bien un actor de carácter excepcional que convirtió en hábito la representación de individuos particularmente estrafalarios. No fue una fanfarronada cuando, para ‘Los antros del crimen’ [The Big City], dijo que "nadie en la pantalla puede hoy igualar a Lon Chaney por el misterio de lo inusual". Era un hecho, y todavía lo es.
Incluso dejando de lado la muerte del fantasma y el deforme jorobado, las opciones de Chaney dan que pensar. Suficientemente versátil como para hacer dos papeles en la misma película (en ‘Fuera de la ley’ [Outside the Law] uno de sus personajes mata al otro), el actor era alguien que solía cambiar de aspecto, era capaz de matar salvajemente a su propia hija o hacer de su propia y dulce abuela con la misma brillantez. Fue un hombre de un solo brazo en ‘Garras humanas’, y un doble amputado en ‘El hombre sin piernas’ [The Penalty]. Difícil de ignorar era su predisposición a representar a gente grotesca, aparentemente malvada, que eran lisiados, mutilados y tenían cicatrices, y su especialidad eran los que estaban paralizados de maneras estrambóticas. No es una sorpresa que una de las frase de moda de la época era: "No pises esa araña, puede ser Lon Chaney".
Debido a que no había precedentes de este tipo de actuación, las actuaciones de Chaney aterrorizaban a sus audiencias. Los cinéfilos se desmayaban frecuentemente y ahogaban sus gritos, y un carpintero de Londres vio a Chaney como vampiro en ‘La casa del horror’ [London After Midnight] justo antes de asesinar a una criada y luego intentar cortarse su propia garganta, dijo en el tribunal, convincentemente, que una alucinación del actor lo había vuelto loco.
Palabras como ‘vil’, ‘grotesco’, ‘macabro’ y ‘ bizarro’ aparecen una y otra vez en las reseñas de las películas de Chaney. Un crítico dijo que su trabajo en ‘El jorobado de Notre Dame’ creó "un Quasimodo que sólo puede ser imaginado bajo el estrés de una pesadilla especialmente vengativa"; Variety lo llamó "asesino, espantoso y repulsivo". Los reseñadores no estaban seguros de si era algo bueno, pero nadie dudaba de la efectividad del actor, entonces y ahora.
Así que ¿de dónde venía su talento? ¿Por qué tocó en su día una cuerda tan popular, y que sin embargo no dejó huella en el cine contemporáneo? Esto a pesar del hecho de que Chaney sigue siendo una de las presencias cinematográficas más espantosas, alguien cuyas películas me dejan tan aturdido que verlas después de la puesta de sol es correr el riesgo, como le pasó a la enamorada Cristine en ‘El fantasma de la Ópera’, "de pasar una noche de vagos horrores, y torturados sueños".

Es difícil encontrar respuesta a cualquiera de las preguntas de Chaney. Para comenzar, no tenemos acceso a todas sus películas, y probablemente no lo tendremos nunca. El biógrafo Michael Blake, que sabe sobre él más que nadie, dice que de las 158 películas que hizo Chaney (desde su debut de un carrete, ‘Poor Jake’s Demise’ en 1913 hasta su única película sonora, ‘El trío fantástico’ [The Unholy Tree] en 1930), sobreviven sólo 47 o 48 completa o parcialmente. Además, Chaney era un hombre que evitaba la luz del día, que insistía que "entre una película y otra no existe Lon Chaney".
Era una celebridad que rara vez cedía entrevistas, que desdeñaba los autógrafos, las apariciones personales y responder las cartas de los admiradores (hacía una excepción con los presos) y que incluso se hizo famoso cuando dio la espalda a la cámara en un noticiario de 1925 mostrando a las estrellas de MGM. No asistía a los estrenos, no socializaba con sus colegas de Hollywood y se burlaba las peticiones de publicidad de los estudios que le pedían detalles personales, comentando irónicamente: "No podría oírles decir: ‘Coma los cereales favoritos de Lon Chaney y véase como el Jorobado de Notre Dame’".
Parte de esta reticencia se puede atribuir al astuto talento para el espectáculo de un actor que era suficientemente inteligente como para darse cuenta que revelar demasiado de sí mismo era "como quitarle la barba a Santa Claus". Pero mientras más sabe uno sobre la historia de Chaney, más llegamos a creer que esto es sólo parte de la historia. Pues es un actor que una vez se jactó de que "se las arreglaría para que nadie pueda escribir mi biografía después de mi muerte". Incluso el lugar donde pasaba las vacaciones se ajusta a esa idea: una cabaña de piedra (diseñada para él por el célebre arquitecto de Los Angeles, Paul Williams) en una zona sin caminos del Parque Nacional Inyo, tan remoto que el único modo de llegar es a pie, siguiendo una huella animal.
Ya que la vida privada de Chaney era justamente privada, sus raros encuentros personales con sus contemporáneos son venerados por sus admiradores como si fueran astillas de la cruz de Cristo. Los biógrafos discuten sobre si había alguna oscuridad escondida en Chaney, y utilizan palabras como "retirado", "secreto", "poco comunicativo" y "hosco". Sin embargo, como siempre, hay considerables evidencias de lo contrario. Aunque probablemente era, como dijo Charles Van Enger, el director de ‘El fantasma de la Ópera’, "una persona que no te gustaría ver enfadada", también era algo así como un socialista instintivo, que una vez se negó a trabajar horas extras porque habría privado de un día de paga a los figurantes. Las jóvenes actrices con las que trabajó, como Patsy Ruth Miller, en ‘El jorobado de Notre Dame’, lo recuerdan invariablemente como "extremadamente amable, considerado y protector".
Lo que emerge, a este nivel, es la imagen de un profesional completo que tenía poca paciencia con las idioteces de los estudios. Cuando respondió a una pregunta sobre la co-estrella de ‘El cazador de tigres’ [Where East Is East], Lupe Vélez, con un seco: "Se está portando bien", cuando escribe a Universal Studios que "no voy a tolerar ninguna de sus tonterías", parece que uno está oyendo la genuina e irascible voz del hombre mismo.
Sin embargo, a otro nivel es imposible no ver que Chaney es un hombre que aprendió, en el transcurso de una vida difícil, a ocultar tanto su identidad como sus emociones cuando no estaba en la pantalla. Es una clásica estrategia de auto-protección, pero también puede haber ayudado -incluso forzado- a canalizar más efectivamente sus sentimientos cuando estaba frente a la cámara.

Leonidas Chaney fue un actor prácticamente desde su nacimiento el 1 de abril de 1883, en Colorado Springs, Colorado. Sus dos padres eran sordos, y en cuarto año dejó la escuela para cuidar durante tres años de su madre enferma, convirtiéndose en su vínculo con el mundo exterior y en el proceso perfeccionando su impecables habilidades de mimo. Se dice incluso que tenía eso que los mudos llaman ‘cara de mudo’ -"con la que comunicas todo", dice su biógrafo Blake, "porque no tienes la capacidad ni de hablar ni de oír".
Chaney se sintió atraído por las tablas cuando era adolescente, y pasó casi una década recorriendo el Oeste de gira en una serie de míseras compañías de comedias musicales. Conoció y se casó con la cantante Cleva Creighton, de 16 años, y tuvieron un hijo, Creighton Chaney (el futuro Lon Jr.), pero pronto la familia retomó las giras. Fueron tiempos difíciles, miserables, sobre los que Chaney prefería no hablar, excepto para decir que "las giras en ferias por el campo me ha provocado repugnancia por el lado de la actuación de mi profesión". Su hijo fue más comunicativo, recordando que "Papá, como último recurso, podía ponerse a bailar en cualquier momento en cualquier bar y reunir suficientes monedas para comprar comida".
El matrimonio tuvo problemas, pero nadie esperaba lo que pasó después. El 30 de abril de 1913, durante una actuación de Chaney en el Majestic Theater en el centro de Los Angeles, Cleva intentó suicidarse tras los bastidores, tragándose un frasco de bicloruro de mercurio. Sobrevivió, pero nunca pudo volver a cantar.
En un ataque de furia, Chaney sacó a Cleva de su vida. Hizo más que divorciarse de ella: nunca la volvió a ver ni a hablar, le dejó un dólar en su testamento y le contó a su hijo que Cleva no había sobrevivido al veneno. (Lon Jr. no se enteró de la verdad sino hasta después de la muerte de su padre). El actor entonces se casó con una corista llamada Hazel Hastings, ella misma divorciada de un hombre sin piernas que tenía una tabaquería en San Francisco, y eventualmente dejó creer que era la madre de Lon Jr. En el aislado mundo del teatro itinerante, sin embargo, Cleva causó suficiente escándalo como para que a su ex marido le costara encontrar empleo, que probablemente llevó a Chaney a tratar de hacer algo en el cine.
Después de años de rutina, consiguió un rol estelar en 1919 en ‘El milagro’, en la que hizo de timador llamado la Rana, famoso por su capacidad de hacer contorsiones con su cuerpo y adoptar tremendas posturas. De la película sobreviven unos pocos minutos, pero ver a Chaney arrastrarse doblado por el dolor hacia un curandero llamado el Patriarca es todavía tan impresionante como cuando la Exhibitors Trade Review se asombraba de esta "horrorosa y deforme masa de carne torcida para despertar piedad".
Hay que decir que Chaney estaba pintado para su época y era una especie de genio que surgió y prosperó en una sociedad que podía apreciar lo que hacía. Era una época en que las aberraciones físicas estaban más presentes que ahora, antes de que los avances en la tecnología médica y los cambios en las actitudes públicas alteraran el paisaje natural y psicológico. También era la época de después de la Gran Guerra, y al menos un crítico sugirió que los personajes de Chaney eran un modo en que se podían tratar en la pantalla "los efectos y consecuencias de la Primera Guerra Mundial: la mutilación de los cuerpos y el retorno de esos hombres a la sociedad".
Mano a mano con esta realidad había un tipo de desvergonzado sentimiento, una disposición a entregarse a las sensaciones, que fue característico del cine mudo. Las audiencias eran especialmente susceptibles al talento de Chaney para representar la desilusión amorosa y el horror, el pathos y la amenaza. Conectaba cosas que las audiencias habían perdido la costumbre de vincular -lo grotesco y lo amoroso, si quieres- y sus admiradores lo amaban por eso.

Que Chaney todavía nos seduzca y horrorice habla de la amplitud y profundidad de su talento. Un hombre de considerable fuerza física, podía ser sutil y cortés, era conocido por su audiencia por sus delicados movimientos de dedos y manos. También dominaba Chaney cabalmente el arte del maquillaje. Con una simple caja de aparejos de un pescador, ahora en la colección del Museo de Historia Natural de Los Angeles, Chaney se convirtió en tan gran maestro ("Es un arte", dijo. "No magia") que escribió la introducción a la materia para la 14a edición de la Enciclopedia Británica. Nadie pudo imaginar cómo creó su nublado ojo sin vista en ‘El tuerto de Mandalay’ [The Road to Mandalay], hasta que Michael Blake descubrió que el actor tenía un óptico local que le hizo una versión de las entonces desconocidas lentes de contacto, que cubrían completamente su ojo real.
Nada podía estar en el camino de los efectos deseados, incluyendo lo que su hijo llamó sus "agonías". "A veces sangraba que era un espanto", dijo el director Charles Van Enger, refiriéndose a los cables que torcieron la nariz de Chaney para su maquillaje en ‘El fantasma de la Ópera’. "Nunca dejamos de rodar. Él soportaba el dolor".
Haciendo del cerebro criminal Bizzard, "ese mutilado del infierno", en ‘El hombre sin piernas’, Chaney fue todavía más lejos. Para retratar convincentemente a un hombre al que un cirujano negligente le amputó las dos piernas, Chaney se amarró las dos suyas hacia atrás, con los tobillos cerca de sus muslos, y se amarró unos muñones de cuero, agregando a la ilusión el inteligente uso de ropa grande. El dolor era tan intenso que Chaney no podía llevar los muñones por más de 10 o 20 minutos. Sin embargo, fue tan absolutamente convincente que terminaba con una escena final, ahora perdida, de Chaney caminando con sus dos piernas para mostrar a la audiencia que era un actor de verdad, y no un lisiado de verdad.
Mientras que la completa magnitud del dolor que soportaba Chaney es todavía debatible, la realidad con que imbuyó esos personajes es innegable. Creada no por el maquillaje ni las contorsiones físicas, su intensidad viene de un lugar muy profundo, sacada de profundidades desconocidas cuya existencia se negó a reconocer.
El actor insistió siempre, como a su colega Miller en ‘El jorobado de Notre Dame’, que "no tienes que vivir el rol, sino simplemente hacerlo. El punto no es que te eches a llorar; el punto es que hagas llorar a la audiencia". Pero no es posible ver a Chaney en el mejor de sus papeles sin creer que, a su modo, los vivía. Quizás contra su voluntad y quizás incluso sin su conocimiento, Chaney era un actor del Método antes de que existiera el término, alguien que tenía una conexión íntima con los anhelos de sus monstruosos personajes. "Te podía decir: ‘Virg, me quiero ver amenazador y repulsivo, pero al mismo tiempo quiero que el público me quiera’", dijo el director Virgil Miller al historiador del cine Scott MacQueen. "Quería ser amado". Esa es la razón por la que su trabajo no admite convertirse en anticuado, aunque otros aspectos de sus películas sí envejecen.
Mirar a Chaney puede ser una especie de exorcismo personal. Poco interesado en ser nada más que espantoso, el actor colapsa la distancia entre el público y la pantalla, entre nosotros y ellos, insistiendo en que tenemos empatía con el horror haciéndonos sus cómplices. Nadie ha descrito la compleja red de emociones que crea este hombre mejor que el admirador de toda la vida de Chaney, Ray Bradbury, entrevistado en el comprehensivo documental de Kevin Brownlow, ‘Lon Chaney: A Thousand Faces’: "Era alguien que representaba nuestra psique", explica Bradbury."De algún modo se metía en las sombras que llevamos dentro; era capaz de meterse en nuestros temores más ocultos y ponerlos en la pantalla". Verdaderamente, "la historia de Lon Chaney es la historia del amor no correspondido. Saca a la superficie esa parte de ti, porque temes que no te amen, temes que nunca serás amado, temes que hay algo en ti que te hace grotesco y que el mundo te dará la espalda".
Las palabras de Bradbury me recuerdan que Chaney me seduce, me asusta del modo en que lo hace, en parte porque yo tomo el horror personalmente. Soy susceptible a la oscuridad del género, me siento abrumado por su poder, incapaz de verlo, como otros muchos lo hacen, como un modo de disipar el tedio de un mundo soso. Para mí el mundo está lejos de ser soso, y el horror no se queda en la superficie de mi mente. Se mete dentro.
Debido a que Chaney también parece conectarse con sus materiales a un nivel más profundo y no formulado, me empuja a su mundo. Cuando está en la pantalla me siento, paradójicamente, como la persona asustada al mismo tiempo que como la que asusta -y es una combinación espantosa. Como dice Bradbury, ver a Chaney es sentir que uno todavía se puede convertir en una persona de la que todo el mundo huirá en horror y temor.
Sobreviviendo incluso a Greta Garbo, Chaney resistió el cine sonoro, pero resultó ser tan bueno en ‘El trío fantástico’, su primera película sonora, que juró ante notario que todas las cinco voces utilizadas por sus personajes eran suyas. La última paradoja de Chaney fue su muerte de cáncer a los bronquios a los 47, antes de que pudiera hacer una segunda. ‘El Hombre de las Mil Caras", decía un titular a toda página en los obituarios de Los Angeles Times, "Sólo Se Lleva una a la Tumba". Lon Chaney está sepultado en una cripta en Forest Lawn, en Glendale. No tiene lápida.

www.cinema.ucla.edu

Kenneth Turan es el autor de ‘Never Coming to a Theater Near You’. Está escribiendo una biografía de Lon Chaney.

19 de febrero de 2006

©los angeles times
©viene de mQh

Vampiros Rusos en el Metro de Moscú


[Wesley Morris] Vampiros de después de la Guerra Fría. Y son sucios y paranoicos.
‘Guardianes de la noche’ [Night Watch] es la primera entrega de una saga de tres partes inspirada en una serie de populares novelas rusas de ciencia ficción, y en los últimos dos años, la película ha conquistado su patria, superando en taquilla a ‘El hombre-araña 2’ [Spider-Man 2] y ‘El Señor de los Anillos’. Naturalmente, ahora busca imponerse en Estados Unidos, lo que parece inimaginable, ya que la película es un resonante cocido de sagas lucrativas del pasado: un poco de ‘La guerra de las galaxias’ y un poco de ‘Matrix’, con una pizca de esas películas ‘Underworld’ y más de un tufillo del catastrófico estilo de Jean-Pierre Jeunet en ‘Delicatessen’ y ‘Alien: Resurrección’.
‘Night Watch’, sin embargo, es única, independientemente de lo familiar que suene la historia.
La trilogía promete un enfrentamiento entre unas Tinieblas y Luz literales. (Nada figurativo lo es durante mucho tiempo en esta película). ‘Guardianes de la noche’ empieza en un moderno Moscú eones después de que los dos lados han acordado una tregua. Basándose en la tenebrosa falta de luz diurna en esta película, creo que ganan las Tinieblas, aunque dedica la mayor parte del tiempo a la Luz.
En el preámbulo de la película se nos dice que el metro de Moscú rebosa de vampiros, seres que cambian de forma, y unos brujos llamados Otros. La película explica cómo uno de esos vampiros, Anton (Konstanin Khabensky) termina trabajando para la Guardia Nocturna, una firma de seguridad del metro que se dedica a proteger a los humanos de los chupasangres del lado tenebroso.
El director Timur Bekmambetov empieza la historia con un montón de promesas, colocando en la pantalla una regular secuencia de guerra medieval.
Pero cuando nos encontramos realmente con Anton en la segunda escena, es un desdichado e insípido hombre de visita en casa de una vieja hechicera a la que le pide que le eche una maldición a su novia infiel, que está embarazada del bebé de otro hombre. Su hechizo produce una de las secuencias visuales más escandalosas de la película. La vieja hechicera prepara rápidamente un cóctel de sangre y vodka, y se pone a trabajar en la chavala traidora. El equipo de la Guardia Nocturna llega justo a tiempo para parar la maldición del aborto. El bebé nace, y la película avanza 12 años, que es cuando empieza la acción.
Este niño no es cualquier niño. Es el Más Grande. Así que de acuerdo al narrador omnisapiente de la película, es la figura que puede inclinar la balanza en la guerra entre las Tinieblas y la Luz. Sólo tiene que elegir un lado. Los dos lados lo quieren, por supuesto, y se pasan la película entera tratando de conquistarlo, aunque la grandeza que queda debajo del corte de pelo de un Príncipe Valiente todavía tiene que verse. (Por supuesto, los americanos saben que él tiene al menos buen gusto, porque lo vemos viendo la película ‘Buffy, la cazavampiros’ [Buffy the Vampire Slayer]).
‘Guardianes de la noche’ prolonga la búsqueda y eventual enfrentamiento introduciendo a un puñado de personajes, para luego abandonarlos e introducir más. Mi huérfano favorito del guión es el Tenebroso, que termina cantando en un estadio agotado, se retira del escenario y empieza de inmediato a ayudar en la captura del Más Grande. Parte de la estrategia consiste en asomar una jarra de sangre por la ventana de su coche para atraer a mísera vampiro Larisa (Anna Dubrovskaya), que ha estado llamando al niño telepáticamente.
La historia llega en copos y bloques, lo que es estresante. Surge el temor de que te has perdido algo, cuando en realidad es probablemente un detalle que no tiene sentido. Viejas historias vuelven al presente y vuelven a marcharse, casi siempre acompañadas por un piano que centellea cursi en la banda sonora. Estoy seguro de que ya se han formado grupos de apoyo de ‘Guardianes de la noche’ para explicar lo que yo no entiendo. Todo parece de un espectacular arbitrario, de cualquier modo, como un elaborado carraspeo por la continuación, que me intriga.
Detalles aparte, Bekmambetov ofrece bastante que se puede conservar. ‘Guardianes de la noche’ es de un zarrapastroso chic, con guiños al gran cine ruso mudo del pasado. Una de las mejores creaciones de la película es un lugar como Matrix donde los Otros pueden ir a buscar a otros Otros. Atrevidamente, se llama la Melancolía. Mientras que en ‘Matrix’ sería un paisaje ilimitado e inmaculado, la Melancolía se ve como un callejón sin salida, sucio y lleno de mosquitos, y las escenas que se desarrollan ahí serían magníficas sin sonido. El trabajo de cámara zumba como un moscardón, y aterriza durante nanosegundos en tapas, pomos, linternas, narices, planos del metro, y carne cruda.
Las películas de ‘Matrix’ estaban compulsivamente controladas hasta el punto de que el menor rayo de humor echaría a abajo toda la seria empresa panteística. ‘Guardianes de la noche’, en comparación, es una pocilga sin dios.
También es una franquicia del primer apocalipsis que se ha ganado su ánimo pesimista. La acción, para empezar, es post-Guerra Fría, post-Chernobyl, y post-perestroika. Las Tinieblas son una parte tan característica de la mentalidad rusa que debe ser simpático ver una película local estirando una mano hacia la Luz.

24 de febrero de 2006

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Boris Karloff, el Hombre y la Bestia


[Terrence Rafferty] El famoso monstruo del cine de horror empezó su carrera como signo de interrogación. Homenaje en Nueva York.
En los créditos iniciales de la película que lo convertiría en estrella, fue anunciado como "?". Setenta minutos después, en los créditos finales de ‘Frankenstein’, de James Whale, 1931, se dio un nombre a un actor irreconocible que había encarnado (si esa es la palabra) la innatural creación del Dr. F., y era un apropiado nombre para una película de monstruos: Boris Karloff. El misterioso Karloff era de hecho Williams Henry Pratt, un actor de carácter inglés de edad mediana, medianamente exitoso, hábil y suficientemente profesional como para haber aparecido en docenas de películas en los 15 años previos, y sin embargo obstinadamente oscuro: Cuando lo propusieron como posible ‘Frankenstein’, Whale dijo: "Boris ¿qué?"
El Film Forum está celebrando el 75 aniversario de ese clásico del horror con una retrospectiva de una semana dedicad a la extravagante carrera de esta improbable estrella, que fue suficientemente versátil para evitar ser identificado exclusivamente con el papel que lo convirtió en un nombre familiar, pero que nunca fue capaz de zafarse del género de horror, el insalubre origen de su fama. La serie de Film Forum, que empieza hoy con dos películas de ‘Frankenstein’ y la demencial, espeluznante ‘La máscara de Fu Manchu’ (1932), consiste de 14 películas -alrededor de una décima parte de la intimidante obra de Karloff -y no se puede ignorar que las tres fueron producidas entre 1931 y 1935. Es decir, los últimos 34 años de su vida, durante los que apareció en más de 60 películas, son representados en la retrospectiva por una sola película por década: ‘El ladrón de cadáveres’ [The Body Snatchers] (1945), ‘El estrangulador fantasma’ [The Haunted Strangler] (1958) y ‘El héroe anda suelto’ [Targets] (1968).
Es triste, pero no es irrazonable. Después del breve auge del horror a principio de los años treinta, cuando las adaptaciones de Universal de ‘Drácula’ (1930) y ‘Frankenstein’ hicieran buenos negocios y los monstruos y científicos locos dominaran media década, el género se puso vago y chapucero con alarmante velocidad -hasta el punto que Karloff, su principal estrella, tendría finalmente que aceptar papeles en películas de Abbot y Costello y, más tarde, en películas de fiestas de playa, justo para ir tirando. En los años cincuenta y sesenta, fue más una figura decorativa que un monstruo viable: un anciano y, por entonces, más bien de aspecto frágil, que se ganaba la vida asustando a los niños.
Así esta serie se concentra correctamente en el Karloff de la era de ‘Frankenstein’, cuando el arte del género que fue su destino era al menos defendible y los actores podían concentrarse en la fructífera labor de crear un personaje antes que en la estéril, agotadora tarea de aferrarse a las deshilachadas hebras de su dignidad. Cuando tenía la oportunidad, Karloff era un acto bastante bueno. Su tambaleante, desconcertado monstruo recién nacido en ‘Frankenstein’, es una obra bella e imaginativa, un pequeño poema perfectamente económico de los peligros del descontrol. La asombrosa intensidad de esta mortal bestia fue una clara influencia para ‘King Kong’, que salió dos años después; también es el punto de contacto más cercano entre el ‘Frankenstein’ de Whale y la brillante novela de 1818 de Mary Shelley que fue -no demasiado fielmente- adaptada al cine.
El modo tenebroso, pero simpático, fue a menudo efectivo para Karloff, cuyos ojos eran más bien sensibles, cuya voz era suave y sonora y cuya dicción ceceante era siempre conmovedoramente precisa. En esta serie verás ese tipo de actuación no sólo en ‘Frankenstein’ y en la salvaje y cómica secuela de Whale, ‘La novia de Frankenstein’ [Bride of Frankenstein] (1935), sino también en la atroz ‘El cuervo’ [Raven] (1935), en la que Karloff, como actos secundario, desplaza sin esfuerzo, a su colega del horror de la Universal, Bela Lugosi, y en ‘El estrangulador fantasma’, un poco elegante Jekyll-y-Hyde en la que alterna fluidamente entre una desconcertada decencia y la imponente rabia homicida. Pero cuando se necesitaba el mal puro, mal puro era lo que Karloff entregaba conscientemente. Sería un reto encontrar su humanidad redentora en su implacable Fu Manchu, o en el sádico arquitecto adorador del demonio Hjalmar Poelzig (ese es un nombre del cine de horror) de la barrocamente divertida ‘El gato negro’ [Black Cat] (1934), de Edgar G. Ulmer. La ominosa quietud de su actuación en ‘La momia’ [Mummy] (1932), de Karl Freund, está en el lado inquietantemente terrorífico, aunque la implacable malevolencia del personaje es quizás en parte excusable por haber sido metido en una cripta durante varios miles de años: su falta de habilidades sociales y la general vileza de su carácter son, en las circunstancias, comprensibles.
Y lo mejor de Karloff, la actuación más profundamente inquietante, creo, está más cercana al extremo de mal absoluto de la escala, que del extremo tenebroso pero simpático. En un respiro demasiado breve del fango, hizo en los años cuarenta tres películas para el muy inteligente productor de películas de horror, Val Lewton, la más impresionante de las cuales, ‘El ladrón de cadáveres’, de Robert Wise, se proyecta el martes con un maravillosa función triple con ‘El gato negro’ y la hilarante comedia negra de Whale, ‘El caserón de las sombras’ [The Old Dark House] (1932). En ‘El ladrón de cadáveres’, Karloff es un taxista de Edimburgo llamado Gray, que roba tumbas para entregar cadáveres frescos a una facultad de medicina. (Es 1831, no mucho después del escándalo de los famosos ladrones de tumbas, Burke y Hare). Lo más alarmante sobre Gray, sin embargo, no es tanto su espeluznante ocupación como el regocijo con el que atormenta a su cliente favorito, un doctor MacFarlane (Henry Daniell), y el idealista asistente de MacFarlane. Gray afecta un tipo de descarado servilismo, una actitud de es-suficientemente-bueno-para-gente-como-yo, mientras se divierte espantosamente en recordar a los médicos su complicidad en sus crímenes. La verdadera vocación de este hombre (y es claramente una labor de amor) es la de corruptor, y lleva consigo el hedor de las tumbas donde quiera que vaya. Karloff trabaja aquí con tupidas cejas, fríos ojos y una repentina y sepulcral risa para crear al canalla de pesadez y complejidad shakespeareanas: un monstruo del resentimiento, como Richard III, y un hombre que sólo puede hacer algo bueno haciendo algo malo.
Pero roles como estos no fueron frecuentes para Boris Karloff, y consiguió de algún modo evitar ser consumido por la amargura. En una de sus últimas películas, ‘El héroe anda suelto’ [Targets], de Peter Bogdanovich, hace de vieja estrella del horror llamado Byron Orlok, quien finalmente, tras años de películas cada vez más malas, se prepara para colgar en la percha su traje de monstruo. Eso es algo que Karloff no hizo nunca: trabajó hasta el final -que llegó en 1969, cuando tenía 81- y siguió siendo, hasta el final, un obediente y resignado embajador del horror. Un extraño destino, quizás, para un ser humano corriente, pero Karloff era un actor, con la peculiar sabiduría de los actores. Lo puedes sentir, el escrupuloso oficio y conmovedora corrección que insuflaba en sus papeles menos agradecidos un tipo de humilde gratitud, un conocimiento de que había, al menos, logrado esquivar lo más horroroso del horror de su profesión. Ser Boris Karloff, sinónimo de corrupción, muerte y maldad, pueden haber tenido sus apuros, pero superó la de ser un signo de interrogación.

www.filmforum.org

6 de febrero de 2006

©new york times©traducción mQh

Película con Fray Tormenta


[Reed Johnson] Película de Jared Hess muestra una visión razonablemente respetuosa de la cultura popular mexicana.
Tlacolula, México. Las cómicas payasadas de Black Jack a menudo dejan con puntos a la audiencia. Ahora Black mismo es cosido de vuelta, con una dentada línea de hilo negro bordada en torno a su ojo.
La improvisada cirugía era necesaria para una secuencia acrobática de ‘Nacho Libre’, su última aventura cinematográfica. Eso es lo que me pasa por ser un actor exitoso en Hollywood, con la tendencia a lanzarme de cabeza a la acción, literalmente.
"Soy delicado, como una pieza de porcelana", dice Black, con cuyo volumen y pecho de barril evoca más a la Gran Muralla que a un vaso de la dinastía Ming. "Salté de cabeza... y caí encima de unas personas y me pegué con una silla. Me rompí el ojo. Fue divertido: me dieron tres días de vacaciones. Quedé con una cicatriz para toda la vida -la cicatriz no va a desaparecer. Pero es parte del trabajo".
Es divertido el tipo, Black, y a su manera, sorprendentemente ágil y atlético -que es algo que ya sabes si lo viste hacer esos honrados solos de guitarra en ‘Alta fidelidad’ [High Fidelity] y ‘Escuela de rock’ [School of Rock]. Deben ser simplemente las cualidades que necesita para el sólido papel del título en ‘Nacho Libre’, una magulladora comedia que el director Jared Hess (‘Napoleón Dinamita’) y un equipo mexicano-americano rodaron aquí el otoño pasado. La película de Paramount Pictures, que produce Nickelodeon Movies, con la productora de Black, Black and White Productions, debe llegar a las salas este verano.
Recién terminada su aparición en la mantecosa película de acción de Peter Jackson, el remake de ‘King Kong’, Black aparece en ‘Nacho Libre’ como otro tipo de fogoso púgil que arriesga la vida, y la anatomía, en la lucha por conseguir sus sueños obsesivamente poco convencionales. Es Ignacio (alias de Nacho), un pinche de cocina mexicano-noruego y seminarista en un orfelinato mexicano, con un corazón de oro puro y una cintura de auténtica celulitis.
Naturalmente, surgen varias complicaciones y cuando se amenaza con cerrar el orfelinato, Nacho se pone una máscara y sale a ganar dinero como luchador, un practicante del estilo todo-es-posible de la lucha libre profesional mexicana. Black describe a su personaje como "un poco vano, pero también es inocente y cariñoso".
La lucha libre ha sido toda la vida parte del mobiliario de la cultura popular mexicana, que alcanzó su cenit comercial y creativo entre los años cuarenta y principios de los ochenta. Eso fue cuando personalidades de la lucha libre como el Santo y Blue Demon gobernaban en el ring y un montón de películas de Cine Luchador transformaron ese ‘deporte’ marginal en una subcultura con todas las de la ley. (‘Nacho Libre’ está escenificada en los días de gloria de la lucha libre en los años setenta). Varias de estas películas fueron obras maestras del camp, y sus melodramáticos guiones incluían a menudo un elemento más o menos sincero de lucha personal, en la que el heroico luchador se enfrenta a malvados adversarios y a un esquivo destino.
Y aunque el rol protagonista de ‘Nacho Libre’ lo tiene un no-latino, que calcula su vocabulario español en unas cuarenta palabras, los directores dicen que su película ofrece una mirada razonablemente respetuosa, aunque cómica, de la cultura popular mexicana. "No queríamos hacer una producción gringa de Hollywood", dice la co-productora, Julia Pistor.
Incluso admitiendo el inherente absurdo de la lucha libre, las bobas premisas de ‘Nacho Libre’ podrían ser vistas como cocinadas después de varios mescales más de los necesarios. Pero no es así. Se inspira libremente en un sacerdote mexicano de carne y hueso que, durante más de veinte años, llevó una doble vida como el luchador apodado Fray Tormenta, llegando a participar en unas cuatro mil luchas. Parte del dinero que ganó lo destinó a un financiar el orfelinato que dirigía.
Aunque el equipo de ‘Nacho Libre’ se reunió con Fray Tormenta, que todavía vive cerca de Ciudad de México, no era la idea hacer una "biografía", dice Mike White, co-guionista de la película y socio de producción de Black. "Es divertido", dice White. "Estamos haciendo una película sobre algo que aquí nos parece completamente falaz, y en México es completamente auténtico".
Aunque las convenciones de la lucha libre -elaboradas maniobras de lucha cuerpo a cuerpo, chillonas capas y máscaras, enanos luchadores- son menos conocidas en este lado de la frontera, la lucha libre ha logrado poco a poco una ferviente audiencia en Estados Unidos. Black es uno de sus devotos. "Yo conocía a luchadores mexicanos", dice, en una pausa entre escenas bajo el aplastante sol de Oaxaca, mientras un asistente carda su largo y desgreñado pelo y lo ordena para pelear. "Se veían chévere, pero no había estado nunca en un match. Hay un montón de llaves impresionantes. Pero mirar el teatro es también divertido".
En la película, lo único más teatral que los lanzamientos de la lucha libre es el dramático telón de fondo mexicano. Gran parte de ‘Nacho Libre’ está siendo rodada en este majestuosamente bello rincón del sur de México, a unas seis horas de Ciudad de México. Estimado por su rica cultura indígena, el estado de Oaxaca es también una de las grandes mecas culinarias de México. "Ha sido una lucha mantener un peso de púgil", dice Black, despachándose un elote, untado con mayonesa. "En gran parte de la película me veo sin camisa. La gordura es divertida".
A diferencia de muchas películas escenificadas en México, ‘Nacho Libre’ aspira a una verdadera sensibilidad bicultural. La mayoría de sus papeles principales y secundarios son talentos mexicanos y mexicano-americanos: Ana de la Reguera, como la angelical y joven monja, Sor Encarnación, que enseña en el orfelinato; Héctor Jiménez, como el socio luchador de Nacho y fiel compinche, Esqueleto; Carla Jiménez, como la mimada niña rica con una insatisfecha pasión por Esqueleto; Richard Montoya, del grupo de teatro bufo de Los Angeles, Culture Clash, como el principal rival de Nacho por la amistad y favores románticos de la bella Sor Encarnación; y los ‘Hermanos Galindo’, una dupla de luchadores seudo-hermanos de Oaxaca.
"No es simplemente una película de Jack Blackk, en la que él es el motor de la comedia", dice White, que trabajó en el guión con Hess y la esposa y colaboradora de Hess, Jerusha Hess. "Jack es realmente un elemento divertido entre otros muchos elementos. Este es un mundo al que te quieres meter y vivir con o sin Jack como protagonista".
White compara la descripción que se hace en la película del México provincial, con sus pintorescos pueblecitos y panoramas tachonados de cactus, con el afectuoso y juguetón modo con que apareció el Idaho de pueblos pequeños en ‘Napoleón Dinamita’. "No queremos hacer ‘Tres amigos’, en el que la fuente de la comedia proviene de estereotipos o películas que has visto antes", dice White.
Black no es la única razón de ser de la película. Pero nadie que visitara el plató este otoño pasado pasaría desapercibida su presencia, imponente como de boca de incendio, dando zancadas con el pecho desnudo y con mallas de luchador, rojas y azules, botas blancas y un mostacho de lápiz de ídolo de matiné. Para prepararse para el papel, dice Black, entrenó con un luchador en Los Angeles que "me enseñó a dar palizas" y cómo "usar las cuerdas para volar a tope".
Interrogado sobre su técnica favorita, Black achica los ojos y una maliciosa sonrisa cruza su cara. "Me gusta el abrazo de la serpiente pitón. ¡Ay del que dude de la furia del temible estrujón de la pitón!" Pero Black confiesa que algunas de las cosas más pesadas de la película -lanzarse de precipicios, ser engullido por las llamas- se lo deja a sus dobles especialistas, uno de los cuales, durante el rodaje, se quebró tres costillas.

Luchando Contra el Miedo... A los Saltamontes
Mientras Black se prepara para otra escena en la que un desconsolado Nacho se ha metido al desierto a la búsqueda de su alma, hace de tripas corazón para intentar una de las comidas características de Oaxaca: chapulines, o saltamontes. "Para mí, toda esta película ha consistido en enfrentarme a mis temores", dice. "Hoy me voy a enfrentar con uno de mis peores miedos: comer saltamontes".
White, Pistor y otros miembros del equipo que se han refugiado del sol debajo de una tienda de plástico blanco, ríen solapadamente de las palabras de Black. En la ladera de una colina, a unos cientos de metros de distancia, montones de gente de un pueblo cercano se han acercado a mirar el rodaje. A nadie del equipo o del personal de seguridad parece importarle -un reflejo del ambiente exuberante, pero bajo en tensión, que el equipo atribuye a la genial influencia de Black y Hess.
Desgarbado, con aspecto de cigüeña, en shorts y camisa a cuadros, Hess corretea por la rocosa colina donde se están filmando las escenas del día, esquivando los cactus y las boñigas de burro. Visibles en una cima directamente al otro lado del asoleado valle, están las desteñidas ruinas del antiguo sitio indio de Yagul. "Es muy pintoresco, y es una parte muy bonita de México", dice Hess, que aprendió a hablar fluidamente español cuando vivía como misionero mormón en Venezuela, hace algunos años.
Hess se ha cautivado con "toda la estética y las vibraciones" de la lucha libre. Pero mientras el deporte está arropado con míticas personalidades y heroicos encuentros entre técnicos y rudos, los luchadores no poseen cualidades sobrehumanas, recalca Hess. En lugar de eso, su atractivo se deriva de sus triunfos y derrotas de carne y hueso, y es esta cualidad demasiado humana la que ayuda al personaje de Nacho a adquirir vida en la pantalla, cree Hess. "Creo que es poco realista cuando los personajes de una película tienen un solo objetivo", dice Hess. "Nacho tiene un montón de características. Tiene un montón de aventuras como las de Don Quijote".
Hess se excusa cortésmente y corre a hablar con su equipo. El sol está empezando a deslizarse detrás de las montañas, y todavía hay que rodar algo más. "¿Ya tienes la primicia?", pregunta Black a un periodista. "La única que vas a tener es cuando me veas comer saltamontes".
Cuando termine de rodar la película, dice Black, va a necesitar vacaciones para "recuperarme de los golpes y cardenales". En cuanto a ‘Nacho Libre’, además de la película, ya se está trabajando en un videojuego. ¿Habrá también figuritas de acción, o quizás versiones de lucha libre de los viejos Rock ’Em Sock ’Em Robots?
"Debería haber una figurita de Galindo", dice Hess, refiriéndose al equipo de luchadores. "Esos tipos son alucinantes".

22 de enero de 2006

©los angeles times
©traducción mQh

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Esta Noche Contigo



Ramón Juanito Navarro (dir), Simón Cabido, Emma Ozores, Susan Hayward, Pedro Peña, Maribel Corcobado, Rosina Pantija.

En un podio en forma de coso taurino se pone a charlar interminablemente un señor disfrazado de polaca. Aparece entonces Juanito y le da una patada en el culo. Se va acto seguido al domitorio de una señorita, porque trabaja de violador a domicilio. Ella, sin embargo, se pone a cantar zarzuelas, de lo excitada que está. Juanito, claro está, huye. Por el escenario, como es normal en una revista, se pasean varias chicas en lencería. Juanito se disfraza de doctor y empieza tocar tetas a diestra y siniestra. Finalmente, después de otros episodios, vuelven a salir las chicas, con muchas plumas y las tetas echás palante.
Se consume: anís, galleta de huevo. Se mencionan: pali puche, gallina, sardinas en aceite, perros calientes, menenina, york de cerdo, yema, hígado, horquillas y chocolate.
Animales mencionados: cerdo, perro. (Ciudadela 17, diciembre 1999, p. 14).

Santo Vs. las Lobas


Luba, la Reina de los Licántropos debe renacer para terminar con la raza humana.
Santo vs. Las Lobas tiene un montón de cosas recomendables y hace un esfuerzo sincero por definir una atmósfera de película de horror, especialmente en la secuencia inicial. Más tarde en la película, se monta una reunión de hombres lobos con su rey. Incluso el bajo presupuesto no es demasiado evidente; por ejemplo, mientras que la película no es tan brillante y (relativamente) elegante como las películas de Santo rodadas en ese mismo período en el sistema de estudios, cuenta con un número razonable de figurantes y algunas escenas son más elaboradas y complejas de lo que uno esperaría, especialmente la escena en que los hombres lobos atacan una furgoneta llena de niños que huyen de la hacienda y el banquete lleno de hombres lobos. Al comenzar la película, una joven rubia es llevada a una bodega abandonada por una voz incorpórea, que le dice: "Ven... ven". Llega frente a una peluda vieja, que dice que es Luba, la reina de los hombres lobos. Es tiempo para ella de renacer en un nuevo cuerpo, para lo que los licántropos destruirán a la raza humana y gobernarán al planeta. La rubia apuñala a la vieja Luba y se transforma en reina. Sus súbditos la pasean en alto.
Hay un corte entretenido de un hombre lobo aullando sobre el cuerpo de la vieja Luba con una multitud gritando y mirando una lucha de Santo. Después del match, la joven Luba lo visita en su camerino, diciéndole que es una gran fan suya y que le gustaría "conocerlo mejor" (goink goink). Santo se deshace de ella y llega otro visitante: el detective Jaime Pons, que dice que ha sido contratado por la familia Harker para hablar con él sobre los hombres lobos. Santo tiene dudas, pero acepta una carta de Pons en la que le dan instrucciones sobre su encuentro con César Harker.
Más tarde, cuando Santo se apronta a salir de la ensombrecida arena, es perseguido por varios ‘lobos' (pastores alemanes, y de hecho él mismo los llama "perros"). Después de una breve batalla en el ring, el Santo salta y se cuelga de una lámpara, ¡pidiendo ayuda! (Esto es asombroso: el Santo no puede derrotar a dos lobos). Cuando se aparecen los guardias de seguridad de la arena, los lobos se han ido y piensan que quizá Santo ha sufrido más golpes que los necesarios en la cabeza durante su carrera.
Entretanto, Pons, de vuelta al hotel, es aclamado por la ensangrentada Luba. Ella teme de que la ataquen hombres lobos. Vuelven a su habitación, donde él le da una bebida. Sin embargo, a medida que se conocen mejor, Luba se transforma en un hombre lobo (con una barba rubia y colmillos), persigue a Pons y finalmente lo mata.
En su departamento, Santo es sorprendido por un lobo que salta de su armario, pero desaparece enseguida. El Santo decide seguirlo. Al día siguiente encuentra a César Harker en un hotel en las afueras de la ciudad. Mientras conversan, una joven nadadora grita en la piscina pidiendo ayuda. César se zambulle para salvarla, pero ella trata de ahogarlo, de modo que el Santo tiene que saltar y noquearla. La sacan de la piscina, pero desaparece cuando ellos vuelven las espaldas. Harker le cuenta a Santo que su familia ha luchado contra los hombres lobos desde hace generaciones, pero que existe la profecía de que sólo un símbolo de plata podrá destruirlos para siempre, y eso quiere decir Santo.
Santo está de acuerdo en ayudar, pero primero tiene que participar en otro match. Cuando esto ocurre, César es asesinado por la hombre lobo Luba en su hacienda. Sus trabajadores persiguen a la mujer lobo herida y recogen su cuerpo cuando esta finalmente muere. La gitana Ana le cuenta a Julieta, una vecina de los Harkers, que la reina de los hombres lobos ha muerto; Julieta encierra a sus hijas Adriana y Eloísa.
Santo toma un tren hasta el pueblo más cercano a la hacienda de los Harker. El jefe de estación le muestra una gran caja que ha llegado recientemente de Transilvania, pero que no está dirigida a nadie. Más tarde esa misma noche, una banda de hombres lobos roba la caja de la estación. La abren en una ceremonia revelando a Licán, Rey de los Hombres Lobos. Dice que lo primero que hay que hacer es elegir a una nueva reina.
En una escena muy rara, Santo y el Gitano -el criado del doctor Marcus, hermano de Julieta- son perseguidos por los aldeanos que les preguntan demasiado. La otra cosa rara -aparte la gente que tira piedras y ¡dispara contra el Santo!- es que no hay una escena introductoria del Santo y el Gitano y, de hecho, Santo ni siquiera ve a Marcus sino hasta la secuencia final de los funerales de César.
Presente en el funeral están Eric Harker, Marcus, el hermano gemelo de César, Adriana y Eloísa (la novia de Eric). Eloísa le cuenta a Eric que piensa que ella es una mujer lobo, ya que recuerda la muerte del jefe de estación cuando robó la caja. Entretanto, Marcus informa a la policía local (Bruno Rey, que aparece entonces sólo para desaparecer por el resto de la película) de que la mujer lobo que mató a César lleva más de un mes de muerta.
Licán visita a Marcus, alegando que es un científico que está estudiando la evolución. Invita a todo el mundo a una recepción en su casa. Marcus declina, pero Santo, Eric, el Gitano, Adriana y Eloísa sí asisten. La recepción parece amistosa, pero después de un momento los invitados se tornan hombres lobos y atacan a todo el mundo! Los protagonistas escapan. De regreso en la residencia de Marcus, Santo encuentra a Marcus medio transformado en un hombre lobo. Le cuenta que su familia ha sido maldecida, pero que él es un buen hombre lobo. Santo, por alguna razón, también se cambiará en un hombre lobo (de acuerdo a Marcus) si no mata a Licán la noche de la Gran Luna Llena (que es la noche siguiente).
Preparan el asalto de los hombres lobos repartiendo rifles a los trabajadores (Santo les recuerda usar balas de plata -todo el mundo tiene una caja de estas en casa). Tratan de enviar lejos a los niños en una furgoneta conducida por Adriana, con el Gitano con una escopeta recortada, pero los hombres lobos emboscan el coche con grandes rocas y encendiendo arbustos, obligándolos a retroceder hacia la hacienda.
Esa noche, los hombres lobos atacan. Julieta se transforma en una mujer lobo y amenaza a Adriana y Eloísa, pero Santo interviene y la mata. Santo dice: "Era la reina de los hombres lobos". Luego se va detrás del rey, Licán, que corre mucho, hasta que Santo finalmente lo alcanza y lo arroja por un precipicio justo cuando sale el sol. Fin.
La trama tiene sus giros.
Por ejemplo, se sugiere que Adriana o Eloísa será la nueva reina de los hombres lobos, pero resulta que es Julieta, la inválida. Similarmente, la transformación de Marcus en un hombre lobo es una sorpresa, aunque ha estado actuando de manera muy extraña hasta este punto. Desafortunadamente, la continuidad es deficiente y cualquiera que haya sido el desarrollo de este personaje, esta falla lo hace disiparse. Repentinamente, Santo se interesa románticamente en Adriana, sin un señal previa. Luba (la joven) parece tener algún potencial como personaje malvado, pero es asesinado poco ceremoniosamente (y no queda claro que ella es la mujer lobo rubia que mató a César).
Santo versus las Lobas contiene un montón de elementos usados previamente (por el guionista Ramón Obón) en La Loba (1964): hombres lobos femeninos y masculinos, un misterio sobre qué personaje femenino es el hombre lobo, y un personaje bueno, musculoso y gitano (Crox Alvarado en una película anterior, Carlos Suárez aquí).

1972 Director Jaime Jiménez Pons, Rubén Galindo Reparto Santo (Santo), Rodolfo de Anda (César Harker; Eric Harker), Gloria Mayo (Adriana), Jorge Rusek [sic] (Licán), Federico Falcón (Jaime Pons), Eika Carlson [sic] (joven Luba), Nubia Marti (Eloísa), Carlos Suárez (Gitano), Rosa Furman (Ana), Bruno Rey (Capitán Pacheco), Tamara Garina (viejo Luba), Carlos Jordán (Dr. Jeremías Marcus), Emilia Carranza (Julieta), Roberto Meyer (Matías, jefe de estación), Nora Wolf, Silvia Mowat, Marga Dunhill, Guillermo Ayala , Marileen Kaey [¿Marilyn Kay?], Patricia Borges, Luis Ruvalcaba, Leticia Ochoa, Manuel Moreno, Miguel Lara.

©dwilt©traducción mQh
©ciudadela 58, junio 2003

Santo en el Museo de Cera


Una periodista visita el Museo de Cera del malvado doctor Karol.
En una breve secuencia antes de los créditos, un hombre que camina por la calle es aporreado y secuestrado. Al día siguiente, una pareja contrata un tour al Museo de Cera del doctor Karol. El propietario muestra sus muñecos de Gary Cooper en High Noon, Mahatma Gandhi, Josef Stalin, Pancho Villa, etc. Entonces lleva a los turistas al subterráneo, donde están las figuras de Mr. Hyde, el monstruo de Frankestein, un hombre lobo, el Fantasma de la Ópera, Quasimodo, etc. (Algunas de estas figuras son maniquíes, mientras otras son claramente actores haciendo lo que pueden para no moverse cuando los enfoca la cámara). Uno de los visitantes es Susana, fotógrafa de una revista y que prepara un reportaje sobre el museo. Ella le dice a Karol que volverá para sacar más fotografías -el texto será escrito por Ricardo, el novio de su hermana Gloria.
Más tarde, el doctor Karol se encuentra jugando a las cartas con su amigo el profesor Galván en el laboratorio de este. Galván se hace un tiempo para hablar con el Santo a través de un inmensa pantalla de televisión. Santo acaba de resolver un caso de asesinato. Galván le cuenta a Karol que el Santo es un "hombre extraño y bueno".
A la mañana siguiente, Susana explora el obscuro museo, sola. Es sorprendida por Karol. El director del museo le dice que ha hecho un montón de investigación para preparar sus creaciones de cera: quiere algún día hacer a una Mujer Pantera. Karol se ofrece para mostrarle a Susana su laboratorio, pero ella se pone nerviosa y se va. Sin embargo, cuando se dirige a casa, el matón de Karol la agarra.
Dos viejas damas encuentran su cámara fotográfica en un sendero del parque y lo llevan a Ricardo y Gloria. Están alarmados y contactan con la policía. Otras personas que han visitado recientemente el museo también han desaparecido en los últimos días, de modo que la policía visita a Karol. Niega saber algo de los secuestros y dice que Susana se fue un poco antes.
Karol visita a Galván y le pide ayuda de Santo, alegando que ha sido acusado falsamente de los asesinatos. Sin embargo, en ese momento Santo está luchando con Cavernario Galindo. Más tarde, el Santo pasa por el museo para hablar con Karol. Repentinamente, un hombre arroja un cuchillo, que casi da en el director del museo. Santo lo persigue (Fernando Osés) afuera y sostienen un match largo y atlético. Karol está mirando y observa todo sin ninguna emoción particular. Finalmente, el asesino huye. Karol le dice al Santo que no lo había reconocido.
Santo va a por la cámara de Susana, esperando que las fotos que hay en su interior le entreguen alguna clave. Ricardo le dice que él sospecha que Karol es falso: el verdadero Karol es un médico cirujano europeo que pasó un tiempo en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, viajó luego a Inglaterra y fue seriamente herido en un accidente de laboratorio. El Santo no está seguro. Más tarde, al encontrar a Galván y al Santo, Karol dice que lo persiguen desde la época de la guerra: incluso la explosión en el laboratorio fue un sabotaje. Karol les muestra las cicatrices de su pecho (también sus manos están quemadas), señalando que fue suerte que no se quemara la cara. También le entrega al Santo una carta con amenazas que ha recibido.
Más tarde, el Santo trata de encontrar a Galván, pero el viejo científico no está en casa. Karol dice que Galván no se apareció para acompañarle a una charla. Mientras el Santo va a la arena a pelear con un rival con una máscara de tigre, Karol va su subterráneo y entra al laboratorio a través de una puerta secreta. Galván está ahí: Karol le dice que el Santo está muy cerca, así que Karol va a acusar a Galván de los crímenes. Su ayudante apuñala al viejo y echa su cuerpo en un depósito de cera hirviendo. Entonces entran a Susana, inconsciente. Karol quiere transformarla en la Mujer Pantera. Algunos de sus monstruos están en realidad vivos, mantenidos en un estado de animación suspendida gracias a repetidas inyecciones. Más tarde, cuando Susana recupera la conciencia, la dice que él odia la belleza y le gusta crear monstruos.
Santo tiene sospechas y pide a la policía que registre el lugar y cierre el museo de cera. Pero no encuentran nada y Karol está claramente irritado por este desarrollo. Espía al Santo usando el control remoto de Galván, y oye a Ricardo decirle al Santo que Karol -basándose en una foto que ha encontrado- no ha envejecido nada desde 1946. Santo tiene que hacer una pausa para pelear con Benny Galán, pero vuelve pronto al caso. Observa que fotos de las figuras de cera tomadas por Susana en diferentes tiempos revelan diferentes poses. Entran dos de los matones de Karol y tratan de matar al Santo. La pelea continúa afuera y uno de los hombres le arroja un cuchillo que se clava en su espalda. Los asesinos huyen cuando aparece la policía. El Santo, dándose cuenta de que Karol está usando la televisión de Galván para espiarlo, se hace el muerto.
Gloria y Ricardo son secuestrados y llevados al laboratorio. Karol les cuenta la historia a medida que se prepara para recubrir a Susana con un compuesto de cera especial (en la versión doblada Karol dice, primero, que ha estado en Auschwitz, pero aquí dice que fue Dachau): le torturaron tanto que "una noche pensé que mis penas se iban a desintegrar". La cera derretida se esparce por una larga serie de tubos hasta llegar a Susana, pero Santo entra por una ventana y empuja la recientemente el museo también han desaparecido en los últimos días, de modo que la policía visita a Karol. Niega saber algo de los secuestros y dice que Susana se fue un poco antes.
Karol visita a Galván y le pide ayuda de Santo, alegando que ha sido acusado falsamente de los asesinatos. Sin embargo, en ese momento Santo está luchando con Cavernario Galindo. Más tarde, el Santo pasa por el museo para hablar con Karol. Repentinamente, un hombre arroja un cuchillo, que casi da en el director del museo. Santo lo persigue (Fernando Osés) afuera y sostienen un match largo y atlético. Karol está mirando y observa todo sin ninguna emoción particular. Finalmente, el asesino huye. Karol le dice al Santo que no lo había reconocido.
Santo va a por la cámara de Susana, esperando que las fotos que hay en su interior le entreguen alguna clave. Ricardo le dice que él sospecha que Karol es una farsa: el verdadero Karol es un médico cirujano europeo que pasó un tiempo en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, viajó luego a Inglaterra y fue seriamente herido en un accidente de laboratorio. El Santo no está seguro. Más tarde, al encontrar a Galván y al Santo, Karol dice que lo persiguen desde la época de la guerra: incluso la explosión en el laboratorio fue un sabotaje. Karol les muestra las cicatrices de su pecho (también sus manos están quemadas), señalando que fue suerte que no se quemara la cara. También le entrega al Santo una carta con amenazas que ha recibido.
Más tarde, el Santo trata de encontrar a Galván, pero el viejo científico no está en casa. Karol dice que Galván no se apareció para acompañarle a una charla. Mientras el Santo va a la arena a pelear con un rival con una máscara de tigre, Karol va su subterráneo y entra al laboratorio a través de una puerta secreta. Galván está ahí: Karol le dice que el Santo está muy cerca, así que Karol va a acusar a Galván de los crímenes. Su ayudante apuñala al viejo y echa su cuerpo en un depósito de cera hirviendo. Entonces entran a Susana, inconsciente. Karol quiere transformarla en la Mujer Pantera. Algunos de sus monstruos están en realidad vivos, mantenidos en un estado de animación suspendida gracias a repetidas inyecciones. Más tarde, cuando Susana recupera la conciencia, la dice que él odia la belleza y le gusta crear monstruos.
Santo tiene sospechas y pide a la policía que registre el lugar y cierre el museo de cera. Pero no encuentran nada y Karol está claramente irritado por este desarrollo. Espía al Santo usando el control remoto de Galván, y oye a Ricardo decirle al Santo que Karol -basándose en una foto que ha encontrado- no ha envejecido nada desde 1946. Santo tiene que hacer una pausa para pelear con Benny Galán, pero vuelve pronto al caso. Observa que fotos de las figuras de cera tomadas por Susana en diferentes tiempos revelan diferentes poses. Entran dos de los matones de Karol y tratan de matar al Santo. La pelea continúa afuera y uno de los hombres le arroja un cuchillo que se clava en su espalda. Los asesinos huyen cuando aparece la policía. El Santo, dándose cuenta de que Karol está usando la televisión de Galván para espiarlo, se hace el muerto.
Gloria y Ricardo son secuestrados y llevados al laboratorio. Karol les cuenta la historia a medida que se prepara para recubrir a Susana con un compuesto de cera especial (en la versión doblada Karol dice, primero, que ha estado en Auschwitz, pero aquí dice que fue Dachau): le torturaron tanto que "una noche pensé que mis penas se iban a desintegrar". La cera derretida se esparce por una larga serie de tubos hasta llegar a Susana, pero Santo entra por una ventana y empuja la mesa, salvándola. Pelea contra los dos matones humanos de Karol, empujando a uno (Osés) en el tanque de cera derretida y al otro (Frankestein) contra un enrejado eléctrico, que lo ilumina todo muy bien. En la galería los monstruos que Karol ha creado empiezan a moverse. Con un látigo, Karol lo anima a matar al Santo, pero el hombre de la máscara de plata salta a una cornisa que no pueden alcanzar, así que ellos se vuelven hacia Karol y lo matan. Persiguen al Santo hasta el laboratorio, pero él derrama todo el tanque de cera derretida sobre ellos (hay cuatro monstruos y ninguno de ellos es famoso, aunque una de las figuras es una especie de hombre lobo, y son lentos y torpes).
Cuando llega la policía, el Santo parte en su coche deportivo, con el trabajo hecho.

Director Alfonso Corona Blake Guión Fernando Galiana, Julio Porter Santo (él mismo; ‘Samson'), Claudio Brook (Dr. Karol), Rubén Rojo (Ricardo; ‘Charles Humphrey', Norma Mora (Gloria), Roxana Bellini (Susana; ‘Susan Madison'), José Luis Jiménez (Prof. Armando Galván), Víctor Velázquez (detective), Fernando Osés (matón), Jorge Mondragón (inspector de policía), Nothanael León Moreno ‘Frankestein' (matón), Concepción Martínez, Cesáreo Cruz, Salvador Castro, Juan Garza, Mario Texas, Benny Galan (tercer rival), Victorio Blanco (empleado del museo), Vicente Lara ‘Cacama' (hombre lobo), ‘Picoro' (anunciador), Cavernario Galindo (kuchador; ‘Joe, el Hombre de las Cavernas').

©dwilt

©traducción mQh
©ciudadela 59, julio 2003

El Barón Brákola


El demoníaco Barón Brákula vuelve a la vida para vengar la muerte de su amada Rebeca.
Con Fernando Osés como el principal rufián, esta película contiene una de las peleas más brutales de toda la carrera pugilística del Santo.
Otros detalles son que la película se ambienta hacia 1765, con el ancestro del Santo, el Caballero Enmascarado de Plata como héroe. Vestido un traje colonial con volantes, el personaje lleva dos máscaras: una simple amarrada con una cuerda (exponiendo solamente su boca y barbilla), y una plateada y brillante. Ninguna de ellas es típica del Santo. Y en realidad en muchas escenas es evidente que el personaje lo realizó otro actor.

El Baron Brákola sale de su ataúd, en una recámara oculta en un húmedo calabozo lleno de momias, animales embalsamados, máscaras, ratas y telarañas de una vieja casona. Entra a otro cuarto donde en un ataúd se guarda una pila de harapos y una estaca de madera, que son los restos de Rebeca, su amor perdido, asesinada en 1765 por un ancestro del Santo. Brákola jura vengarse de todos los que participaron en su muerte.
Entretanto, el Santo está en medio de un match, con Silvia y Eduardo entre sus fans. Después, en una arena abandonada, don Luis, de edad mediana, es atacado por el Barón. El Santo se apresura en su ayuda. "¡Clávale una estaca en el corazón!", grita don Luis. "¡La estaca! ¡La estaca!" Cuando el Santo finalmente entiende y coge una estaca que hay por ahí, Brákola grita y desaparece. De vuelta en casa de don Luis, el viejo le cuenta al Santo que se ha mudado de Europa a México. En Europa vivía con su hija Silvia en una "región famosa por sus leyendas de monstruos y vampiros". El Santo dice: "Tengo experiencia con esa clase de seres". Don Luis no vive con su hija porque ella desciende de Rebeca y es por tanto uno de los objetivos de Brákola. Le cuenta al Santo la historia (en flashbacks). En el México colonial de 1765 el rico Barón Brákola le pide a don Fernando y su esposa la mano de su hija Rebeca. Don Fernando dice que es cosa de ella y Rebeca rehúsa casarse con él. El Barón promete vengarse por la manera en que le han tratado. Preocupado por las amenazas, don Fernando se pone en contacto con el Caballero Enmascarado de Plata, que promete protegerlos.
El Barón envía a dos de sus espadachines a matar al Caballero, pero fracasan. El Barón mismo (después de atacar a una camarera) se mete en la refriega y es herido mortalmente. Se retira a su cripta (donde un letrero revela que vivió de 1661 a 1765), donde renace como un feo vampiro, de cejas muy espesas, muy pobladas y de aspecto subnormal. Comienza una serie de visitas nocturnas a Rebeca, de la que bebe su sangre. Durante su visita final (Rebeca muere), el Caballero entra y empieza una larga pelea. El Barón está a punto de terminar con su rival cuando se aparece el espíritu de Rebeca. Ambos se alejan del lugar.

Más tarde, Brákola desentierra el ataúd de Rebeca y lleva su cuerpo a su casa. Rebeca es ahora un vampiro, e incluso intenta atacar al Caballero (como el Santo, duerme con la máscara puesta), pero se asusta cuando él la dice que crea en Dios. En la comarca empiezan pronto a aparecer cadáveres de campesinos asesinados. Finalmente, el Caballero ubica el ataúd de Rebeca y le clava una estaca en el corazón, pero no puede entrar en la cámara fúnebre del Barón. Y así termina el flashback, con don Luis contándole al Santo que el Barón, después de haber estado durmiendo durante años, ha vuelto para vengarse.
El Santo se va. Aparece Brákola e hipnotiza a don Luis, al que hace escribir una nota en un papel con la dirección de Silvia. Cuando don Luis despierta descubre el trozo de papel y llama al Santo. Llegan demasiado tarde, Silvia ya ha sido mordida. Sin embargo, el Santo supervisa una transfusión de sangre de Eduardo a Silvia. Don Luis le pasa un mapa donde se muestra el escondite del Barón.
Brákola ocupa el lugar de uno de los rivales del Santo en el ring y así empieza un duro match. Pero el Barón grita y escapa cuando se aparece don Luis blandiendo una cruz. El Santo usa el mapa y encuentra un segundo documento (oculto debajo del manto de la pintura de la Virgen de Guadalupe, un lugar al que los vampiros no pueden llegar). Ubica la casa de Brákola. Curiosamente, aunque han pasado más de doscientos años, nada parece haber cambiado, nadie vive ahí y el mobiliario está intacto. Al ubicar la cripta de Brákola el Santo empieza otra brutal pelea con el vampiro, hasta que le clava una estaca de madera. El Barón logra volver a su ataúd antes de morir, esta vez para siempre.

1965 Dirección y Guión José Díaz Morales Historia Rafael García Travesí & Fernando Osés Reparto Santo (él mismo), Fernando Osés (Barón Brákola), Mercedes Carreño (Silvia), Antonio de Hud (Eduardo), Andrea Palma (madre de Rebeca), Ada Carrasco (Aurora), Susana Robles (Rebeca), Miguel Macía (don Fernando), Manuel Arvide (don Luis); Rosa Vinay (camarera), Jorge Fegan (criado), César Gay, Enrique Ramírez, Jorge Mateos, Roberto Porter
Luchadores: Quasimodo, Benny Galán, Juan Garza; Margarito Luna (espectador), Picoro (anunciador)


©dwilt

©traducción mQh
©ciudadela 60, agosto 2003