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Boris Karloff, el Hombre y la Bestia


[Terrence Rafferty] El famoso monstruo del cine de horror empezó su carrera como signo de interrogación. Homenaje en Nueva York.
En los créditos iniciales de la película que lo convertiría en estrella, fue anunciado como "?". Setenta minutos después, en los créditos finales de ‘Frankenstein’, de James Whale, 1931, se dio un nombre a un actor irreconocible que había encarnado (si esa es la palabra) la innatural creación del Dr. F., y era un apropiado nombre para una película de monstruos: Boris Karloff. El misterioso Karloff era de hecho Williams Henry Pratt, un actor de carácter inglés de edad mediana, medianamente exitoso, hábil y suficientemente profesional como para haber aparecido en docenas de películas en los 15 años previos, y sin embargo obstinadamente oscuro: Cuando lo propusieron como posible ‘Frankenstein’, Whale dijo: "Boris ¿qué?"
El Film Forum está celebrando el 75 aniversario de ese clásico del horror con una retrospectiva de una semana dedicad a la extravagante carrera de esta improbable estrella, que fue suficientemente versátil para evitar ser identificado exclusivamente con el papel que lo convirtió en un nombre familiar, pero que nunca fue capaz de zafarse del género de horror, el insalubre origen de su fama. La serie de Film Forum, que empieza hoy con dos películas de ‘Frankenstein’ y la demencial, espeluznante ‘La máscara de Fu Manchu’ (1932), consiste de 14 películas -alrededor de una décima parte de la intimidante obra de Karloff -y no se puede ignorar que las tres fueron producidas entre 1931 y 1935. Es decir, los últimos 34 años de su vida, durante los que apareció en más de 60 películas, son representados en la retrospectiva por una sola película por década: ‘El ladrón de cadáveres’ [The Body Snatchers] (1945), ‘El estrangulador fantasma’ [The Haunted Strangler] (1958) y ‘El héroe anda suelto’ [Targets] (1968).
Es triste, pero no es irrazonable. Después del breve auge del horror a principio de los años treinta, cuando las adaptaciones de Universal de ‘Drácula’ (1930) y ‘Frankenstein’ hicieran buenos negocios y los monstruos y científicos locos dominaran media década, el género se puso vago y chapucero con alarmante velocidad -hasta el punto que Karloff, su principal estrella, tendría finalmente que aceptar papeles en películas de Abbot y Costello y, más tarde, en películas de fiestas de playa, justo para ir tirando. En los años cincuenta y sesenta, fue más una figura decorativa que un monstruo viable: un anciano y, por entonces, más bien de aspecto frágil, que se ganaba la vida asustando a los niños.
Así esta serie se concentra correctamente en el Karloff de la era de ‘Frankenstein’, cuando el arte del género que fue su destino era al menos defendible y los actores podían concentrarse en la fructífera labor de crear un personaje antes que en la estéril, agotadora tarea de aferrarse a las deshilachadas hebras de su dignidad. Cuando tenía la oportunidad, Karloff era un acto bastante bueno. Su tambaleante, desconcertado monstruo recién nacido en ‘Frankenstein’, es una obra bella e imaginativa, un pequeño poema perfectamente económico de los peligros del descontrol. La asombrosa intensidad de esta mortal bestia fue una clara influencia para ‘King Kong’, que salió dos años después; también es el punto de contacto más cercano entre el ‘Frankenstein’ de Whale y la brillante novela de 1818 de Mary Shelley que fue -no demasiado fielmente- adaptada al cine.
El modo tenebroso, pero simpático, fue a menudo efectivo para Karloff, cuyos ojos eran más bien sensibles, cuya voz era suave y sonora y cuya dicción ceceante era siempre conmovedoramente precisa. En esta serie verás ese tipo de actuación no sólo en ‘Frankenstein’ y en la salvaje y cómica secuela de Whale, ‘La novia de Frankenstein’ [Bride of Frankenstein] (1935), sino también en la atroz ‘El cuervo’ [Raven] (1935), en la que Karloff, como actos secundario, desplaza sin esfuerzo, a su colega del horror de la Universal, Bela Lugosi, y en ‘El estrangulador fantasma’, un poco elegante Jekyll-y-Hyde en la que alterna fluidamente entre una desconcertada decencia y la imponente rabia homicida. Pero cuando se necesitaba el mal puro, mal puro era lo que Karloff entregaba conscientemente. Sería un reto encontrar su humanidad redentora en su implacable Fu Manchu, o en el sádico arquitecto adorador del demonio Hjalmar Poelzig (ese es un nombre del cine de horror) de la barrocamente divertida ‘El gato negro’ [Black Cat] (1934), de Edgar G. Ulmer. La ominosa quietud de su actuación en ‘La momia’ [Mummy] (1932), de Karl Freund, está en el lado inquietantemente terrorífico, aunque la implacable malevolencia del personaje es quizás en parte excusable por haber sido metido en una cripta durante varios miles de años: su falta de habilidades sociales y la general vileza de su carácter son, en las circunstancias, comprensibles.
Y lo mejor de Karloff, la actuación más profundamente inquietante, creo, está más cercana al extremo de mal absoluto de la escala, que del extremo tenebroso pero simpático. En un respiro demasiado breve del fango, hizo en los años cuarenta tres películas para el muy inteligente productor de películas de horror, Val Lewton, la más impresionante de las cuales, ‘El ladrón de cadáveres’, de Robert Wise, se proyecta el martes con un maravillosa función triple con ‘El gato negro’ y la hilarante comedia negra de Whale, ‘El caserón de las sombras’ [The Old Dark House] (1932). En ‘El ladrón de cadáveres’, Karloff es un taxista de Edimburgo llamado Gray, que roba tumbas para entregar cadáveres frescos a una facultad de medicina. (Es 1831, no mucho después del escándalo de los famosos ladrones de tumbas, Burke y Hare). Lo más alarmante sobre Gray, sin embargo, no es tanto su espeluznante ocupación como el regocijo con el que atormenta a su cliente favorito, un doctor MacFarlane (Henry Daniell), y el idealista asistente de MacFarlane. Gray afecta un tipo de descarado servilismo, una actitud de es-suficientemente-bueno-para-gente-como-yo, mientras se divierte espantosamente en recordar a los médicos su complicidad en sus crímenes. La verdadera vocación de este hombre (y es claramente una labor de amor) es la de corruptor, y lleva consigo el hedor de las tumbas donde quiera que vaya. Karloff trabaja aquí con tupidas cejas, fríos ojos y una repentina y sepulcral risa para crear al canalla de pesadez y complejidad shakespeareanas: un monstruo del resentimiento, como Richard III, y un hombre que sólo puede hacer algo bueno haciendo algo malo.
Pero roles como estos no fueron frecuentes para Boris Karloff, y consiguió de algún modo evitar ser consumido por la amargura. En una de sus últimas películas, ‘El héroe anda suelto’ [Targets], de Peter Bogdanovich, hace de vieja estrella del horror llamado Byron Orlok, quien finalmente, tras años de películas cada vez más malas, se prepara para colgar en la percha su traje de monstruo. Eso es algo que Karloff no hizo nunca: trabajó hasta el final -que llegó en 1969, cuando tenía 81- y siguió siendo, hasta el final, un obediente y resignado embajador del horror. Un extraño destino, quizás, para un ser humano corriente, pero Karloff era un actor, con la peculiar sabiduría de los actores. Lo puedes sentir, el escrupuloso oficio y conmovedora corrección que insuflaba en sus papeles menos agradecidos un tipo de humilde gratitud, un conocimiento de que había, al menos, logrado esquivar lo más horroroso del horror de su profesión. Ser Boris Karloff, sinónimo de corrupción, muerte y maldad, pueden haber tenido sus apuros, pero superó la de ser un signo de interrogación.

www.filmforum.org

6 de febrero de 2006

©new york times©traducción mQh

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