Blogia

pan y cine y el santo

En el Gimnasio Con el Santo


[A.S. Hamrah] Héroes, disfraces, y ahora Jack Black. Bienvenido al mundo del Santo.
Si la nueva comedia de Jack Black, ‘Nacho Libre', del director Jared Hess, de ‘Napoleón Dinamita', no provoca nada más, hará por lo menos recordar a los cinéfilos que hubo una vez en que voluminosos héroes recorrían la Tierra, al menos al sur de la frontera.
Estos nobles hombres luchaban contra el mal, el que se les aparecía bajo la forma de vampiros, momias y científicos locos. Lucharon contra estos males llevando máscaras. Y mallas. Y, a veces, capas. Hablaban español, excepto cuando sus voces eran dobladas al inglés.
Cualquiera fuera la lengua que hablaran, su verdadero idioma era el esperanto de las patadas en el aire y las llaves de asfixia. Se lo llama en México la ‘lucha libre'.
En las películas mexicanas desde principios de los años cincuenta a fines de los noventa, estos luchadores demostraron que la lucha profesional, como en las películas, era un lenguaje internacional capaz de transmitir una verdad fundamental: Dios patea el trasero del demonio.
Su corolario era que también lo podían hacer hombres, mitad atletas mitad showmen, envueltos en estrafalarios trajes. Luchadores mexicanos como el Santo se convirtieron en iconos latinoamericanos, los que, como muestra ‘Nacho Libre', todavía resuenan al norte de la frontera 30 años después de sus días de apogeo.
Los luchadores mexicanos luchan contra criminales y monstruos, pero no son superhéroes en el sentido norteamericano. No tienen poderes extraordinarios. Dependen de habilidades ganadas duramente durante años en el ring. En una película de lucha libre, cuando el Santo, llamado ‘el Hombre de la Máscara de Plata', salta para trepar una muralla, y no demasiado alta, lo hace de verdad, sin doble, ni efectos especiales ni montaje. Su esfuerzo lo vemos todos.
Tampoco tiene el Santo una identidad secreta. No es un Clark Kent que se convierte en Superman en una cabina telefónica. Cuando se le cae la máscara, lleva otra idéntica debajo. Sale enmascarado cuando lleva a una amiga a dar un paseo en su convertible Aston Martin. A veces lleva su capa, si la cita es algo más formal. Incluso cuando lleva una americana o un cuello de cisne, no se desprende de la máscara. El hombre y el luchador de película son uno solo.
A mediados de los años cincuenta en un ensayo titulado ‘El mundo de la lucha libre', el crítico francés Roland Barthes equiparó la lucha libre con el sufrimiento y la justicia. ¿Exigiría demasiada credulidad decir que el sufrimiento de México, y sus esperanzas de justicia, encontraron una salida subconsciente en esas películas baratas y populares destinadas al público mexicano?
Pueden ser infantiles y campy -para no decir manifiestamente, incluso ridículamente psicosexuales-, pero las películas de lucha libre mexicanas se ubican en el lugar donde coliden el folclore mexicano y la entretención de masas. En películas donde luchadores enmascarados aplastan a momias aztecas, la colisión puede ser literal. Santo, como Godzilla en Japón, es donde reside la versión en cultura popular del alma del país.
¿Quién era el Santo? Preguntar eso en América Latina es como preguntar quién es Elvis en Tennessee. La carrera del Santo es la historia de la lucha libre. Como Elvis, su éxito en su campo lo llevó a una segunda carrera en el cine.
Nacido como Rodolfo Guzmán Huerta, en Hidalgo, en 1917, El Santo empezó a pelear cuando era adolescente, primero como rudo, el púgil que hace de canalla en el ring, y luego como técnico, como se llama en la lucha libre al tipo bueno. Después de aparecer en una serie de fotonovelas en los años cincuenta, el Santo dio el salto hacia los largometrajes. Sus primeras películas fueron rodadas en Cuba justo antes de la revolución.
Durante las siguientes dos décadas, el Santo dominó las películas de lucha libre, a pesar de la competencia de coloridos luchadores como Blue Demon y Mil Máscaras. Trabajaba ocasionalmente en equipo con ellos pero en casi 60 películas se dedicó principalmente a pelear solo contra criminales, espías, mujeres vampiro y marcianos.
Sant se retiró en 1982. Se quitó su máscara en público por primera vez en un programa de televisión mexicano en 1984. Una semana más tarde tuvo un ataque al corazón y murió, dejando 11 niños, y fue enterrado en Ciudad de México, con su máscara.
Santo murió como un genuino fenómeno latinoamericano; miles de personas asistieron a su funeral. Debe su notoriedad en Norteamérica a un hombre llamado K. Gordon Murray, distribuidor de películas que, en los años sesenta, compró brazadas de películas mexicanas, las dobló al inglés y las distribuyó en el mercado de los drive-in y de la televisión.
Durante tres décadas estuvieron en los márgenes de la cultura popular americana, en canales UHF y en matinés para niños. Poco a poco se hicieron camino hacia las corrientes más subterráneas de la conciencia americana. Surgió un mercado de coleccionistas de recuerdos cinematográficos mexicanos, carteles de películas y postales. Para fines de los años ochenta, con la disponibilidad de las películas de Murray en VHS, la lucha libre empezó a influir en el mundillo de los cómics alternativos y el rock de garaje.
‘Love & Rockets', una serie de historietas de los hermanos Jaime y Gilbert Hernández, de Los Angeles, insertaron los personajes del luchador y la luchadora entre los protagonistas -adolescentes punk muy realistas- y cosecharon un gran éxito. Los Straijackets, un banda surf de Nashville, usaban máscaras cuando actuaban. Todavía recorren Estados Unidos y el año pasado actuaron para grandes multitudes en Ciudad de México, donde han sido importante en el ambiente del surf-rock mexicano.
La serie de historietas ‘¡Mucha Lucha!' está destinada a niños cuyos padres crecieron en la cultura indie, leyendo ‘Love & Rockets' y escuchando a bandas como Los Straitjackets. ‘¡Mucha Lucha!', el invento de los animadores Eddie Mort y Lili Chin, estrenado en el canal WB en 2002 y que empezó a aparecer en la Cartoon Network en 2004. El programa, el primero de televisión hecho con animación Flash, se desarrolla en una ciudad llamada Lucha Libre, donde sus jóvenes protagonistas Rikochet, Buena Girl, y The Flea, asisten a una escuela de lucha libre. Como los Spy Kids o los adolescentes de ‘Una escuela de altos vuelos' [Sky High], el trío aprende los rudimentos de los superhéroes de padres criados en la cultura pop.
En México, la lucha libre no es simplemente diversión de cajón de arena. Aunque la lucha libre es, sin ninguna duda, un rico campo de investigación académica, su estudio recuerda el modo en que un productor hollywoodense reprocha al guionista neoyorquino en la película ‘Barton Fink', 1991, de los hermanos Cohen:
"Esta es una película de lucha libre", ladra. "¡El público quiere ver acción, drama -lucha libre por montones! Estas son grandes películas. Giran sobre hombres grandes. En mallas. Mentalmente y físicamente. Pero sobre todo físicamente".

11 de junio de 2006
©boston globe
viene de mQh

Paria en el Ring


[Carina Chocano] Jack Black en excelente forma como paria y torpe luchador.
Lanzado a través de la pantalla en estirados pantalones azul celeste debajo de calzoncillos rojo manzana, Jack Black causa una perdurable impresión. Rebosa vitalidad. Es cinético. Vuela y se estrella contra objetos sólidos con enorme violencia. Días después de verlo en ‘Nacho Libre', la dulce y estúpidamente divertida secuela de ‘Napoleón Dinamita' de Jared Hess (la que también escribió con su mujer Jerusha Hess), sigo imaginando a Black como una gigantesca Super Bola. De niño adoraba las super bolas, y las consideraba como la asombrosa apoteosis de un importante avance científico de algún tipo, tal como me decía el texto de la caja. De todos modos, eran tiempos más sencillos.
‘Nacho Libre' está ambientada en esos tiempos -específicamente en los años setenta- en un monasterio en el campo en las afueras de Oaxaca, México. Black es el Hermano Ignacio, un reluctante fraile que trabaja como cocinero en el orfelinato donde fue educado, pero que tiene sueños de fama y gloria en el acolchado ring de la lucha libre. Sin embargo, desde el momento en que vive su primer y pequeño triunfo, sabemos que lo hace realmente por los niños. Cultivando su pasión en secreto, con la ayuda de un golfo llamado Esqueleto (Héctor Jiménez), utiliza lo que gana en mejorar la vida de los huérfanos, redoblando su consumo diario de comidas, y sueña con comprarles un bus para hacer viajes al campo. También abriga la romántica idea de casarse con la bella monja Sor Encarnación (Ana de la Reguera), que ha llegado al orfelinato a dar clases. Eso es, si pudiera convencerla de que deje de ser monja.
Aunque, en comparación, ‘Nacho Libre' es una estúpida producción kitsch, me hizo recordar las viejas películas de Cantinflas, y no solamente porque el rival de Ignacio luce el característico mostacho tipo comillas de Cantinflas. Cantinflas era la conocida personificación del actor y cómico mexicano Mario Moreno, cuyos personajes eran todos variaciones de un extraño sin dinero que usa su talento para crear ofuscamiento y confusión para salir de apuros. Ignacio no es el astuto Cantinflas, y ‘Nacho Libre' no tiene nada parecido a la mordaz sátira de las películas de Moreno, que aguijonea juguetonamente a la sociedad mexicana.
Pero hay una cualidad en el personajes de Black que evoca un cierto tipo de paria común a las comedias latinoamericanas e italianas de los años cincuenta y sesenta: el mequetrefe que es apreciado precisamente porque es ridículo, patético e inocente, no a pesar de ello. Su humanidad le otorga dignidad, y su calidez y generosidad le conquistan el cariño de los demás. Las historias de parias son también relativamente corrientes en las películas estadounidenses, pero la felicidad de sus personajes depende habitualmente de un triunfo final, usualmente logrado mediante una narcisista búsqueda obsesivo-compulsiva, suma cero, del éxito. Lo que es raro de ver, y lo que a fin de cuentas hace de ‘Nacho Libre' una película tan adorable, es la historia de un paria al que se le permite seguir siendo un humilde clown todo el tiempo hasta que se convierte en héroe.
Black es un talentoso comediante físico con ojos asombrosamente expresivos y una vena sorprendentemente tierna, y Hess hace amplio uso de esto en las escenas de ensayo y de lucha, así como en las escenas con los niños y Sor Encarnación. En una escena, él la invita a su cuarto para una velada de tentempiés, tras lo cual hablan sobre sus colores favoritos. Como Esqueleto, el idiota compinche de Ignacio, Jiménez es asilvestrado y mimoso del modo más lunático imaginable, y Ana de la Reguera es encantadora como la monja que llega a apreciar al púgil de pecho y corazón generosos.
Hess y su diseñador de producción Gideon Ponte también dotan a la película con un estilo visual que es raro en las comedias de estudio y hace un maravilloso uso de la partitura de Danny Elfman, viejas canciones pop mexicanas y música de Beck. La película presta mucha atención a los detalles, hace un excelente uso de las locaciones e incorpora todo tipo de rasgos locales. (Una exquisitez local -una mazorca de maíz en un pincho, untada en mayonesa y ají- es utilizada con mortíferos fines en una escena especialmente espeluznante).
Gran parte de ‘Nacho Libre' ocurre en el ring, donde Ignacio y Esqueleto se enfrentan a un grupo de luchadores vestidos estrafalariamente cuyas movidas características incluyen cosas como golpear a sus oponentes con sillas plegables y, digas lo que digas, Black y Jiménez tienen mucha resistencia. Pero el encanto de ‘Nacho Libre' se encuentra sobre todo en las reflexiones de los dos amigos (Esqueleto cree en la ciencia) sobre la fe, el amor, los sueños y la comida. Si alguna vez una película rindió homenaje a las verduras frescas y a la fruta, es este. Y si alguna vez un perdedor nato se pareció mucho a un triunfador en el futuro, ese es Nacho.

Distribución Paramount Pictures Producción Nickelodeon Movies/Black & White Director Jared Hess Guión Jared Hess, Jerusha Hess, Mike White Productores Julia Pistor, David Klawans Director de Fotografía Xavier Pérez Grobet Montaje Billy Weber Música Danny Elfman Duración 1 hora, 31 minutos.

16 de junio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
rss

Fray Tormenta Sin Restricciones


[Stephen Hunter] Jack Black gana por las malas como púgil en ‘Nacho Libre'.
'Nacho Libre', la nueva película de Jared Hess, que dirigió ‘Napoleón Dinamita' es, eh, peculiar.
La ‘eh' de la frase anterior revela que no sé de qué modo llamarla.
¿Divertida? A veces. ¿Estúpida? Mucho. ¿Racista? Posiblemente. ¿Fea? Profundamente. ¿Disparatada? Sin ninguna duda. ¿Estrafalaria? Completamente.
La película es el lanzamiento o el despegue de una tradición atlética y de diversión mexicana llamada ‘lucha libre', una especie de circuito profesional de lucha libre exagerada que estimula a sus participantes, llamados luchadores, a usar máscaras. Estos colosos, en envoltorios de brillantes colores, con llamas bordadas y fundas de cabeza de satén (te harán recordar al Hombre Enmascarado o a Batman), vuelan por el ring sacándose unos a otros los mocos a mamporros para edificación de las masas, ganando de paso enormes sumas de dinero. ¿Son más extravagantes que nuestros propios luchadores profesionales, esa excéntrica tribu de personajes hechos de masas de músculos, de venas hinchadas y que chupan esteroides que hacen lo mismo aquí? Bueno, las máscaras dan a la empresa una extraña vibración de perversidad (se ven como estrellas porno de los años cincuenta), pero de otro modo son bastante similares.
La pregunta clave es el tono: ¿Está Hess explorando la lucha libre desde abajo, es decir, entregándose a sus excesos, a sus vulgaridades satinadas, a su extravagancia, junto con el público, porque es tan divertida? ¿O está trabajando desde arriba, riéndose por lo bajo del negocio debido a que representa la imaginación popular de un proletariado rural ignorante e inculto?
La película misma no ofrece concesiones a los que buscan una respuesta. Y uno podría, por ejemplo, sacar a los mexicanos del asunto y hacer el mismo tipo de película sobre otras poco reputadas formas de diversión que parece que las masas adoran, mientras la gente más refinada se ríe disimulada y desaprobatoriamente, como los culebrones, la caza de venados, las carreras de coches, las comedias picantes y Larry the Cable Guy.
Pero Hess parece encontrar a los mexicanos extraordinariamente divertidos; después de todo, fue Pedro, el mexicano ignorante, el que fue la fuente de montones de risotadas en ‘Napoleón Dinamita' y el mexicano despistado, como arquetipo, parece ser la fuente de gran parte del humor en ‘Nacho Libre': la mirada en blanco, incomprensiva, de un mexicano que mira pero no reacciona ante algo, a veces bizca, siempre con la boca abierta, pasmado.
La trama presenta a un estadounidense, Jack Black, oculto detrás de un enorme y pésimo acento mexicano y una permanente hecha en el infierno, y un montón de mexicanos -casi todos pasmados. Black es Ignacio, apodado Nacho, un monje en un orfelinato encargado de cocinar los frijoles para los niños. ¿Frijoles? ¿Chistes con frijoles? Te puedes dar cuenta de adónde vamos, pero antes de llegar allá la película extrae un montón de humor de las posibilidades cómicas del frijol, en un ungüento parduzco con unos pocos pedazos de Doritos flotando en un superficie licuada pero densa, todo este escuálido pajote contenido en un poco profundo cuenco de barro. Le encanta mostrar a Nacho sirviendo un plato coagulado con semejante pajote a niños decepcionados, con una especie de ruido acuoso. Okay, los frijoles son divertidos, cuando tienes doce.
La trama también atribuye poderosos sentimientos sexuales, así como conspiraciones políticas, a una orden religiosa. De nuevo, dada la fealdad de la naturaleza humana, esto es probablemente verdad, y al menos los sentimientos de Nacho por la encantadora Sor Encarnación (la guapa Ana de la Reguera) no llegan a consumarse, aunque ella accede a ir a su cuarto para... una tostada.
Pero la lucha es el verdadero centro de la película. Nacho, formando un equipo con un colega representado por un tipo que parece tener unos trescientos dientes, llamado Esqueleto (Héctor Jiménez), firma en secreto un contrato para un match con el fin de reunir dinero para comprar lechuga para las ensaladas y tener algún respiro de la monotonía de los frijoles y quizás nos ofrece un santuario de todos esos chistes con frijoles.
La película sigue entonces la carrera secreta de Nacho Libre, el luchador, yuxtaponiéndola con la banalidad del monje Ignacio, que es el hazmerreír de todo ese gracioso reparto del monasterio, incluso cuando trata de seducir a Sor Encarnación. Oh, y también, para los verdaderos fanáticos, se traslada de un lugar a otro en un cortacésped eléctrico.
Black es una figura curiosa. Su atractivo es que, dotado de una de las anatomías más feas de Estados Unidos, no se avergüence de mostrarla y no se reprime a la hora de moverla. Gran parte de ‘Nacho Libre' gira en realidad sobre Nacho libre, liberado de los confines de la cogulla de monje, arrojándose en el ring con total abandono. Esto es divertido: Black tiene tanta gracia como un Volkswagen al que le falta una rueda, pero también es descarado. Simplemente la cede para la película, y la película, subversivamente, nos estimula a reírnos de los torpes, arrítmicos, culones, patosos tumbos de sus movidas. (Es un truco que Hess aprendió en ‘Napoleón Dinamita', donde el desgarbado Jon Heder, repentinamente, empieza a bailar cómicamente y es increíblemente... desgarbado). De nuevo, no tenemos problemas en intuir dónde se encuentra la excusa primitiva de la trama: Nacho ganará y perderá (sin embargo, siempre le pagarán, de modo que pueda servir lechuga a sus críos) hasta que al final lo unen a un canalla de caricatura, un campeón con máscara rosada llamado Ramsés (César González es un luchador de verdad).
Sin embargo, algunas opciones de Hess son extremadamente inusuales. Por ejemplo, ha alentado al fotógrafo Xavier Pérez Grobet a usar la paleta más chillona imaginable, de modo que la película parece siempre hortera y sobreexpuesta. Sus rojos y verdes te sacan los ojos de los cuencos. Esto no corresponde con la suciedad del México rural, el tiñoso abandono, las viejas pinturas descascaradas y la vieja madera pudriéndose que se encuentra en todas partes.
La película parece ser la visión de México de un maldito gringo borracho, con todos sus aspectos grotescos exagerados, con toda su fealdad acentuada, con toda su sordidez enfatizada. Es como ‘Bajo el volcán' para niños.

16 de junio de 2006
©washington post
©traducción mQh
rss

Mujeres en el Ring


[Vanessa E. Jones] Apela a las masas. Estadounidenses aman el deporte, y el ring.
[Allston, Boston, Estados Unidos] Sentada en el suelo del Rock City Body Pilates Studio en Allston, Carrie D'Amour está sacando los recuerdos que ha estado coleccionando en los últimos diez años que conmemoran su amor por la versión mexicana de la lucha: la lucha libre.
El deporte, que empezó a seducir a los fans mexicanos en los años treinta, ha conquistado un pequeño pero ferviente grupo de seguidores entre estadounidenses que se han enamorado de luchadores legendarios como el Santo, Blue Demon, Mil Máscaras y Fray Tormenta. El público mexicano toca cornetas y agita matracas con entusiasmo, mientras los enmascarados púgiles exhiben un estilo de lucha que se caracteriza por sus movidas acrobáticas aéreas. A menudo la acción desborda el ring y se traslada a las primeras hileras de la audiencia.
Los fans acogen el deporte de una variedad de maneras. Hace casi diez años, Keith Rainville, nativo de Whithinsville, empezó a introducir la lucha a audiencias de habla inglesa en todo el mundo a través de su revista From Parts Unknown. Después de convertirse en una apasionada de la lucha gracias a From Parts Unknown, D'Amour reclutó hace casi dos años a otras cuatro mujeres para participar en La Gata Negra: La Liga de Mujeres Luchadoras Enmascaradas, un grupo de lucha alternativo, inspirado fuertemente en la lucha libre, que ha actuado en el T.T. the Bear's, el Coolidge Corner Theatre, y en el College of Art de Massachusetts. También hay luchadoras locales profesionales, como Nikki Roxx y Ariel, que viajan a México, donde pelean en la Lucha Libre Femenil, la liga mexicana de mujeres luchadoras.
Pero la lucha libre se extiende por todo el país. El Lucha Va Voom, de Los Angeles, ofrece una mezcla de burlesque y lucha libre con importantes púgiles de México. Fans en St. Louis, Chicago, y Los Angeles, pueden disfrutar de auténticos luchadores protagonistas mexicanos.
Ahora la lucha libre está tratando de salir de la marginalidad con ‘Nacho Libre', que se estrena el viernes, una película basada libremente en la historia de Fray Tormenta. El sacerdote mexicano trabajó durante 23 años como un popular luchador para reunir dinero para su orfelinato. Algunos piensan que la película -que reúne a Jared Hess, director de ‘Napoleón Dinamita', con Mike White, el guionista de ‘Escuela de rock' [School of Rock]- puede sacar a la lucha libre de la subcultura y convertirla en un fenómeno pop.
Como es normal en estos casos, la transición no ha sido muy fluida. Algunos fans cotillean sobre la insensibilidad de los directores de poner en el reparto a un anglosajón (el actor Jack Black es un batallador cocinero que lucha por reunir dinero para alimentar a los huérfanos de su monasterio) como mexicano; de hecho, dice Hess, que dirigió ‘Nacho Libre' y co-escribió el guión, el personaje de Black es el hijo huérfano de una misionera escandinava y un diácono mexicano.
Otros fans temen perder el control de su venerado deporte a medida que se hace más popular.
"Sabes", dice D'Amour, una vecina de Pawtucket, Rhode Island, de 25 años, "creo que vas a tener sentimientos mezclados... con cualquier cosa que tenga que ver con un culto marginal. Quieres que la gente que hace la lucha libre reciba lo que es debido y hagan dinero y sean más accesibles, incluso para ti. Pero al mismo tiempo, corres el riesgo de una saturación y comercialización excesivas".

Camp Con Tortazos
Hess, 26, que tomó contacto con la cultura de la lucha libre hace unos diez años en la escuela secundaria cuando vio de casualidad una película del Santo en Galavisión, no comparte los temores de D'Amour. Ha coleccionado unos 25 DVDés de películas con luchadores como protagonistas, películas B de los días de apogeo de las películas de luchadores que empezaron en los últimos cincuenta años, y habla tan apasionadamente como cualquier otro fan.
La lucha, dice Hess, "es algo que, en México, será siempre lo que es... Aunque devenga popular aquí en Estados Unidos, no creo que pueda ser cambiada de manera fundamental".
De vuelta en los estudios Pilates, D'Amour se rodea de su colección de recuerdos de la lucha libre. Un diminuta figurita de Mil Máscaras con su capa roja y máscara blanca. Un pequeña pila de la revista From Parts Unknown. Programas de las actuaciones de Lucha Va Voom. Un puñado de DVDés de lucha libre clásicos.
From Parts Unknown se concentraba pesadamente en películas que, de acuerdo a Rainville, los mexicanos consideran "un género barato". Entre 1996 y 2000, la revista vendió entre tres mil y cinco mil ejemplares al año (ahora se encuentra online en www.frompartsunknown.net). Los creadores de la caricatura ‘¡Mucha Lucha!' leyeron From Parts Unknown; Rainville se convirtió en un personaje lo suficientemente influyente como para que el grupo que elaboró la primera Lucha Va Voom lo contratara como consultor.
"El cine clásico -eso era la mitad de lo que cubríamos", dice Rainville, que ahora vive en Los Angeles. "Hay más de 140 o 150 o más películas B hechas entre mediados de los años cincuenta y ochenta en México. Son las películas más maravillosas que he visto en mi vida".
Con sus imágenes visuales de luchadores vestidos con trajes nuevos de hombres de negocios y máscaras de lucha color de caramelo, las películas son camp de alto nivel mezcladas con una impresionante fisicalidad. Pero no hay que confundir la lucha libre con la popular lucha americana, que Rainville cree que ha estado en decadencia después de alcanzar su apogeo en los años noventa. La lucha es algo de lo que pueden disfrutar familias enteras, a diferencia de World Wrestling Entertainment, que D'Amour y cohortes se quejan de que presenta a las mujeres de manera exageradamente sexual.
"Espero que la gente no vea ‘Nacho Libre' y diga: ‘¿Qué es esto, Hulk Hogan?'", dice Rainville. "La lucha libre es algo enteramente diferente. No trata de esteroides e índices de rating gigantes y patrocinadores comerciales. Se trata de seis tipos en un ring en un mercadillo en Juárez con 150 personas de público que están, al mismo tiempo, comiendo churros y bebiendo cerveza Corona".

Convertirlo En Algo Propio
En estos días no tienes que ser mexicano para convertirte en un púgil de lucha libre.
Nicole Raczynski, que pelea bajo el nombre de Nikki Roxx, viajó a México durante 2004 a 2005 para pelear en la Lucha Libre Femenil. Pasaba algunas semanas en su casa en New Hampshire para luego volar a Monterrey, México, donde los organizadores le pagaban su nuevo apartamento. Raczynski no habla español, así que después de aprobar el examen físico para obtener su permiso, aprendió la mecánica de la lucha libre en el ring.
"Es mucho más rápido" que la lucha americana, dice Raczynski, "con muchas más acrobacias aéreas... y mayor impacto. Nosotras, los estadounidenses, nos sorprendemos cuando las luchadoras mexicanas nos pegan, porque son tan chicas. ‘Esto no me va a doler'. Pero duele".
Las lonas de los rings son también más duras que los de Estados Unidos.
"Es igual de duro que un suelo de tierra", dice Raczynski. "Concreto. Había algunos rings que estaban tan mal que hacía todo lo posible para no caerte; tenías que pelear a tope para que no te empujaran".
Los cinco miembros de la tripulación de La Gata Negra pelean en colchonetas. Las lenguas de las damas permanecen firmemente encerradas en sus mejillas mientras traman batallas para su loca colección de personajes de la lucha libre. Han creado un dúo de monjas llamado los Malos Hábitos contra dos colegialas sureñas que llaman las Gemelas Irlandesas. Para otro espectáculo, las luchadoras extranjeras St. Brawley Girl [La Chica de San Braulio] y la Swiss Fist [El Puño Suizo] lucharon por sus tarjetas verdes contra las americanas GI Jane Doe y Missy America. Entregan información sobre las biografías de sus personajes en www.lagatanegra.com
Las mujeres crean sus movidas estudiando las luchas en películas clásicas. Ama Allara, 35, miembro de La Gata Negra y propietaria del estudio Allston Pilates donde el grupo practica, se asegura de que lo hagan sin incidentes. Pero su presencia no ha impedido que las mujeres sufran su parte de fracturas y rosetones. D'Amour se quebró el tobillo durante un match; Lisa Magnani, 26, una recluta de las clases de Allara, se abrió una vez su barbilla.
Luego están las ocasionales fallas de guardarropa. Durante un match, el traje de Mistress Cheetah [Amante Chita] de Allara se deslizó, mostrando al público su pecho desnudo.
"Carrie me había hecho una llave y me tenía agarrada con mis brazos sobre mi cabeza", cuenta Allara. "No había nada que yo pudiera hacer".
¿Qué hace que las mujeres vuelvan a por más a las colchonetas?
"Te sientes realmente fuerte", dice la vecina de Allston, Alissa Grenman, 25, otra recluta de las clases de Allara. "Te siente como: ‘Oh, Dios mío, esto es divertido, son mujeres fuertes y montan estos estupendos espectáculos y todos mis amigos pueden verme... Te da poder'".

12 de junio de 2006
©boston globe
©traducción mQh
rss

video en washington post

Zombis y Caníbales Zarrapastrosos


[James Parker] El remake de ‘Las colinas tienen ojos’ [The Hills Have Eyes], de 1977, no es otra película sangrienta más. Pero la original tampoco lo era.
Nos gusta mirar películas B porque la vida es una película B: la vida, con sus sucios bordes, sus aburridas pausas, su incapacidad de sostener un ambiente o de ser tan completamente convincente como un guión. Y una película B de horror, especialmente de la variedad con salpicones de sangre, satisface nuestra intuición profana de que todos esos escenarios baratos han sido levantados con la mera intención de que sean aplastados por un maníaco o un zombi.
O por una familia de caníbales, como en ‘Las colinas tienen ojos’, de Wes Craven. Rodada en 1977 por 300 mil dólares, ‘Las colinas’ es todavía en realidad más que una película B: El absurdo guión y torpes efectos obligatorios del género no pueden impedir que se traspase una cierta calidad artístico-técnica.
La familia Carter -Big Bob, el poli jubilado; Ethel, la que teme a Dios; los tres niños grandes; un yerno; y una nieta chica- viven en una caravana en el desierto y pasan entre los blancos de una base de la Fuerza Aérea y sitios de pruebas nucleares. La fatalidad se cierne sobre ellos como una gárgola.
Cuando la enorme barcaza de clase media con aire acondicionado entra a una remota gasolinera, se puede oír el vacío a su alrededor. Los viajeros emergen parpadeando y desperezándose, pronunciando cortas frases, lanzando pequeños tufos de personalidad en el seco aire; están en el clásico estado pre-horroroso, recreado expertamente por el guionista y director Craven -en una especie de trance de normalidad, de cotidianidad, inconscientes de que esta ha sida suplantada. A unos kilómetros, en una curva equivocada, y un parachoques más tarde, los Carter son agredidos por un jefe caníbal de nariz partida, y su prole.
Una nueva versión de ‘Las colinas’, producida por Craven pero escrita por el director francés Alexandre Aja y Grégory Levasseur, está siendo proyectada actualmente en los teatros. Aja y Levasseur hicieron sus huesos, por decirlo así, con ‘Alta tensión’ [Haute Tension] en 2003, en la que los miembros de una simpática familia francesa son silenciosamente cortados en pedazos en su acogedora casa de campo. Para la presunción central de ‘Las colinas’ de Craven -el empate entre la civilización (los Carter) y la barbarie (los caníbales)- los directores han introducido ciertos tintes y tonos contemporáneos.
La violencia es generosa: Aja hace la coreografía de las escenas con hacha con toda la destreza y lustrosa sensualidad de un video de Pussycat Dolls. El arisco patriarca Big Bob es republicano ahora, y su yerno, Doug, un quejumbroso demócrata al que no le gustan las armas. Brenda, la hija menor de Bob (Emilie de Ravin) es una bomba sexual: La cámara ronda sobre su dorado cuerpo de un modo que en 1977 todavía no se inventaba -haría falta ‘Noche de Halloween’ [Halloween] y ‘Viernes 13’ [Friday the 13th] de los ochenta para consolidar la conexión entre la exhibición de un cuerpo joven y el ataque inminente.
Y aunque se ha amplificado la pulcritud, también se ha aumentado la monstruosidad. Los caníbales de la nueva ‘Las colinas’ ya no son simplemente feos, ahora son oficialmente mutantes (por las pruebas nucleares). Por supuesto, en la versión de 1977 había un notable elemento de demencia física, pero se concentraba en la extraordinaria persona de Michael Berryman (Pluto), cuyo largo y melancólico cráneo, delicada nariz, ojos sin pestañas y ausencia de uñas le daba el aire de una madre reptil que ha confundido a sus huevos. Los paletos radioactivos de Aja tienen las orejas en los lugares equivocados, y un pelín de rencor: "Vosotros nos habéis hecho como somos", croa un ser al estilo del Hombre Elefante desde su silla de baño.
El crítico de cine Robin Wood declaró estupendamente en su introducción a ‘American Nightmare: Essays on the Horror Film’ (1979) que "el verdadero tema del género de horror es la lucha por reconocimiento de todo lo que nuestra civilización reprime y oprime". Wood era un gran aficionado de Craven, encontrando todo tipo de significados en la primera película de Craven, ‘Última casa a la izquierda’ [Last House on the Left] (1972), y también en ‘Las colinas tienen ojos’, en la que, escribió, "la ‘normal’ familia varada es asediada por su oscura imagen en el espejo, la terrible familia de sombras de las colinas, que quiere matar a los hombres, violar a las mujeres y comerse al bebé".
Mirando ‘Las colinas’ original ahora, a la desgastada luz de 2006, surge la sospecha de que Wood y críticos como él fueron embaucados por el astuto Craven -un bien educado y estratégicamente pretencioso escritor que agrandaba sus guiones con referencias a mitos como si buscara precisamente este tipo de inflamada y erudita respuesta. El papi caníbal se llama Júpiter; sus hijos son Marte y Pluto; los Carter tienen dos pastores alemanes llamados Bella y Bestia (Bella es una de las primeras bajas), etc.
Por simpático que pueda parecer imaginar que los artistas baratos como Craven tienen un hueco en el lado oscuro de las cosas, generalmente no lo tienen; es por eso que son artistas baratos. Lo que tienen (o tenían) son pocas ambiciones y poco presupuesto, y el talento para hacer algo con esta coincidencia. Con ‘Las colinas’, Craven se movió rápido, no se acobardó y estrujó a sus actores para que actuasen con una demente clase de intensidad. La película, que fue sellada con la sensacional clasificación de X antes de unos cortes de última hora la colocaran dentro de la pálida R, fue un enorme éxito en los drive-ins en el país, remplazada al final por un Burt Reynolds contrabandista de cerveza en la avasalladora ‘Dos pícaros con suerte’ [Smokey and the Bandit].
Reynolds todavía está con nosotros, pero los drive-ins y la X desaparecieron, tragados por la industria pornográfica. Cuando las películas ‘adultas’ empezaron a anunciarse a sí mismas triunfantemente con doble y hasta triple X, la Asociación Cinematográfica de América se vio obligada a crear la clasificación N-17 -sexo o violencia explícita pero con significado, contenido, y alguna suerte de redención intelectual. La película ‘Las colinas’ original no tiene ninguna de estas cosas, era una perfecta X, excitación meramente vulgar. La excitación barata es más difícil de obtener de lo que uno cree, y extrañamente, mientras ‘Las colinas’ de 2006 (R) proporciona sacudida tras sacudida a nuestros corroídos receptores del horror, nos ponemos cada vez más nostálgicos de la zaparrastrosa sensación de 1977.

26 de marzo de 2006
©boston globe
©traducción mQh

Extraterrestres con Hambre


[Manohla Dargis] Zombis salidos de la mente retorcida de un erutido director.

Se supone que las babosas y pequeñas criaturas que se contraen en la boca de los personajes seriamente dementes de la película de horror ‘Slither’ [La Plaga] provienen del espacio. A decir verdad, estos bichos deliciosamente repugnantes, que parecen sanguijuelas que se mueven a gran velocidad, salieron del retorcido cerebro del guionista y director de la película, James Gunn, un sabio del horror que obviamente se ha dedicado a coleccionar las películas de George A. Romero y David Cronenberg. El país de los zombis de Romero viven en las sombras en ‘La plaga’, una película sobre un fecundo extraterrestre con un insaciable apetito por la carne. Pero parece ser el interés de principios de la carrera de Cronenberg en orificios chorreantes y protuberancias puntiagudas lo que causó el mayor impacto en Gunn.
Hay un montón de orificios, protuberancias y chorreadas en ‘La plaga’, junto con bastante carne cruda como para sugerir que, a pesar del descargo habitual de que durante la producción no se causó dolor a ningún animal, PETA estará pronto en las calles. El monstruo que engendra todos esos asquerosos bichos reptantes tiene el apetito del vaquero por el filete mignon. (¿Qué hay para cenar? Una vaca). Al monstruo también le gustan los perros y los gatos, y muestra un profundo cariño por el cuerpo prestado de la menuda señora, un matón de provincia llamado Grant (Michael Rooker -Henry, en ‘Henry: Retrato de un asesino’ [Henry: Portrait of a Serial Killer]) que fue obligado a dejar atrás. Su nombre es Starla (Elizabeth Banks) y la sonrisa de Starla brilla incluso después de que su marido Grant se ha transformado en un look-alike bastante desconcertante de Jabba the Hutt. "El matrimonio", dice, "es un vínculo sagrado".
También las películas; al menos, es la idea. El placer del horror no es simplemente que las mejores películas te hagan doblar los dedos de los pies y te obliguen a controlar las cerraduras, sino además requieren un conexión particularmente fuerte entre la audiencia y el director. Como la comedia, el horror es difícil de dominar porque requiere matices. Muchas películas de hoy simplemente se deleitan en la sangre y el sadismo; es absurdamente fácil fijar la atención de la audiencia en nada más que cercenar un brazo. El horror verdadero exige más que retozar en un osario; requiere terror, misterio, pavor. También requiere que la audiencia, una ruda multitud acostumbrada a todo tipo de carnicería hecha arte, suspenda su frialdad lo suficiente como para que el director demuestre lo que vale.
Gunn escribió el guión de un muy buen remake del clásico de zombis de Romero, ‘Amanecer de los muertos’ [Dawn of the Dead], que no debió tener éxito, pero que lo tuvo porque acató las reglas del género y las torció, principalmente haciendo a los zombis espeluznantemente más rápidos, como en la película ‘28 días después’ [28 Days Later], de Danny Boyle. El acelerado ritmo puede haber parecido herético (y Romero mismo sigue siendo un firme adherente de los muertos vivientes lentos), pero fue justo el tipo de pellizco que transforma en familiar un escenario fresco. De manera similar, mientras ‘La plaga’ parece a veces un puré de monstruos, lo que hace que funcione es la destreza con la que se desliza de puaj en puaj, pasando del horror a la comedia y al revés sobre sus sangrientos fundamentos.
El humor tiende a torcerse hacia lo obvio y lo torpe, aunque algunos de los mejores chistes son también los más subentendidos, como cuando el candidato a héroe, el jefe de policía Bill Pardy (el muy elegante Nathan Fillion, de ‘Serenity’), que se dirige a su encuentro con el monstruo acompañado de un grupo de alguaciles fuertemente armados, se detiene para bloquear su coche con un chirriante control remoto. Este nimio, inane gesto pone la acción efectivamente en pausa, desinflándola, y subraya lo ordinario del bueno de la película designado (incluso sugiriendo que puede no estar a la altura del desafío). También te hace pensar sobre logística, un componente crítico del género que exige un cierto desparpajo práctico de sus personajes.
Los personajes que salen vivos de una película de horror parecen venir equipados con un tipo de manual de supervivencia: saben cómo hundir una estaca en el corazón de un vampiro y cuándo disparar una bala de plata. Los hombres y mujeres de ‘La plaga’ parecen bastante desafortunados en comparación: sus armas no funcionan, y la granada que el departamento de policía guarda bajo llave parece que ha estado acumulando polvo desde la caída de Saigón. Gunn no parece estar interesado en revolver la trama con política, pero poco antes del gran final, querrá ser recordado como el héroe de esta historia. Incluso cuando el monstruo está a punto de arrasar la ciudad, este tipo sólo piensa en su imagen.

Slither
Guión y Dirección James Gunn Fotografía Gregory Middleton Montaje John Axelrad Música Tyler Bates Diseño de Producción Andrew Neskoromny Producción Paul Brooks y Eric Newman Distribución Universal Pictures.
Duración
: 96 minutos.

Reparto: Nathan Fillion (Bill Pardy), Elizabeth Banks (Starla Grant), Gregg Henry (Jack MacReady), Michael Rooker (Grant Grant) y Tania Saulnier (Kylie Strutemyer).

1 de abril de 2006
©new york times

Retorno de los Zombis


[Warren St. John] Y llegaron para quedarse por un largo rato.
Nuevamente, están en todas partes. Recorren las calles en trajes de hombres de negocios, con la sangre deslizándose por la barbilla. Salvándose por un pelo, en los parques de la ciudad, de las balas que dispara un ejército invasor de colegialas somalíes. Causan estragos en una cárcel de mujeres experimental. Saliendo a arañazos de sus tumbas, para iniciar una homicida marcha para reunirse con el Cegador de Vidas.
Etcétera.
Por supuesto, estamos hablando de zombis. Si no has prestado atención -y si realmente no has estado prestando atención, que Dios se apiade de ti-, los zombis están de vuelta. En películas, libros y videojuegos, los no-muertos están nuevamente en camino, dándose de codazos con hombres-lobos, vampiros, seres de los pantanos y momias, para convertirse en los monstruos del momento de después del cambio de milenio. Y aunque todavía puedas estar inconsciente de la proliferación de zombis, los fans del horror hablan de la locura de los zombis como un hecho de la vida, del mismo modo que nosotros hablamos de la gasolina a tres dólares.
"Estamos asistiendo al retorno de los zombis", dice Don D’Auria, el editor ejecutivo de Leisure Books, que publica libros de horror. "Hace tres años no nos veía nadie. Luego empezaron a aparecer por todas partes. Como monstruo, empezamos a atraer a la gente".
Si aceptas que los zombis han vuelto de la muerte, parece razonable preguntar: ¿Qué está pasando?
Pero ante de entrar en las teorías, contemos los cadáveres.
Este mes que viene Thunder’s Mouth Press publicará ‘Monster Island’, de David Wellington, un novela de zombis ambientada en Manhattan. Este verano, Max Brooks, el autor de la exitosa guía ‘Zombie Survival Guide: Complete Protection From the Living Dead’, publicará ‘World War Z: An Oral History of the Zombie War’ (Crown). Uno de los títulos mejor vendidos de Leisure Books en los últimos años fue ‘The Rising’, la novela de Brian Keene sobre zombis inteligentes. Incluso Stephen King ha escrito sobre zombis: su última novela, ‘Cell’, gira sobre un grupo de bostonianos que se convierten en zombis cuando de sus celulares emana un misterioso pulso que se apodera de sus cerebros.
Los zombis también han llegado a los teatros. En 2004 se recibió muy bien el remake de ‘Amanecer de los muertos’ [Dawn of the Dead], del legendario director de cine zombi, George A. Romero. Después de una pausa de 20 años, tras hacer clásicos como ‘Día de los muertos’ [Day of the Dead] y ‘La noche de los muertos vivientes’ [Night of the Living Dead], Romero mismo lanzó su cuarta película, ‘La tierra de los muertos vivientes’ [Land of the Dead], el año pasado, adelantándose a películas de zombis menores, como ‘Zombie Honeymoon’ y ‘Shadow: Dead Riot’.
Y luego están los juegos con zombis: videojuegos, juegos online, numerosos juegos de tablero, como Urban Dead, y, por supuesto, Zombies 1, 2, 3, 3.5 y otros más.
En círculos zombis -y sí, existen los círculos zombis; consulta AllThingsZombie para una introducción- hay en estos días una discusión sobre la renacida popularidad de los monstruos.
La discusión da por sentado que algunos monstruos se ponen de moda y dejan de estarlo, dependiendo de los aires culturales. Monica Kuebler, editora de la revista Rue Morgue, que cubre el género del horror, dice que los hombres-lobo fueron populares en los años ochenta, y los vampiros en los noventa, antes de que los zombis volvieran a la escena.
"Estas cosas tienden a volver en ciclos", dijo Kuebler.

Así que, ¿por qué los zombis? La mayoría de los fanáticos de los zombis concuerdan en que el renacimiento de los zombis tiene algo que ver con las ansiedades de la vida después del 11 de septiembre de 2001.
"En estos momentos la gente tiene el apocalipsis en su cabeza", dice Brooks. "Por el terrorismo, la guerra, los desastres naturales como Katrina". Varios aficionados a los zombis dijeron que la propagación del virus aviar tenía algo de ultratumba.
Los zombis, dice Brooks, son los duendes perfectos para estos tiempos, en parte debido a que sugieren un colapso social generalizado, cuando cualquiera -un agente de policía, una enfermera, un amigo- se convierte en una fuerza del mal. Con un hombre-lobo o vampiro, todo el mal se concentraba en una criatura: con los zombis, el mal está en todas partes.
"Van de la mano con las ideas apocalípticas", dice Brooks. "No puedes tener solamente un zombi. Los zombis son millones. Suponen el derrumbe de la sociedad. Y los zombis no se restringen a ambientes de horror convencionales. Ellos van donde ti. Sale el sol, y están todavía ahí. Llamas a la poli, y todavía están ahí. Crean una reacción en cadena del derrumbe de la sociedad".
Bryan Smith, autor de ‘Deathbringer’, está de acuerdo. "Apela al miedo subyacente que siente un montón de gente de que el mundo se está volviendo loco repentinamente", dice.
Si necesitas repasar tu conocimiento de los zombis, aquí hay algunas informaciones. Los zombis se originan en el vudú caribeño; se piensa que son cadáveres reanimados, controlados por los brujo que los hacen revivir.
En la literatura moderna y en películas, los zombis son normalmente criaturas estúpidas que se mueven lerdamente (debido a la rigidez de los tejidos necróticos, escribe Brooks) con un solo objetivo en mente: comer carne humana. Y no son demasiado exigentes en cuanto a quién comerse.
"Los zombis son consumidores", dice Wellington. "Comen y comen, y los mueve una sola cosa: su hambre. Más que nada, obedecen a un impulso".

Wellington dice que la calidad genérica de los zombis permite que los lectores proyecten en ellos sus temores particulares, y los escritores personalizan a sus zombis, que normalmente son un libro en blanco. En algunos libros, los zombis pueden hablar o pensar; en otros, simplemente farfullan sin sentidos y son completamente estúpidos.
En algunos libros y películas, los zombis transmiten el virus de los no-muertos a los humanos por mero contacto, como el virus de la influenza; en otros, el virus se parece más a la rabia y sólo puede contagiarse mediante una mordedura.
Quizás el debate más serio en el mundo de los zombis es si los zombis tienen que moverse lentamente, como en las películas de Romero, o si pueden correr. Algunos de los primeros zombis veloces aparecieron en la película de 2002, ‘28 Días después’ [Days Later]. En ‘The Rising’, los zombis de Keene pueden correr e incluso conducir vehículos, cualidades que algunos puristas de los zombis objetan.
"Los actualicé", dice Keene.
D’Auria dice que los escritores han utilizado a los zombis durante largo tiempo para abordar temas sociales amplios. Esos escritores caen en dos categorías, dijo: los que ven a los zombis como metáforas de la cultura americana y los que ven a los zombis como representantes de fuerzas extrañas que amenazan a la sociedad.
En las películas de Romero, los zombis a menudo representan el feroz consumismo americano. ‘Amanecer de los muertos’ [Dawn of the Dead], por ejemplo, está ambientada en un centro comercial de Filadelfia, donde a la gente la condena su propia codicia, mientras los humanos de ‘Día de los muertos’ [Day of the Dead], de 1985, transcurre en un búnker que algunos han comparado con las amuralladas comunidades de los suburbios americanos.
"Él ve al parte zombi de nosotros", dice D’Auria.
Por otro lado, no hay que exagerar demasiado para ver los paralelos entre los zombis y los terroristas anónimos que tratan de convertir a otros dentro de su sociedad a su mortífera causa. El temor de que cualquiera puede ser un terrorista suicida o un secuestrador de aviones corre paralelo a un tema común de las películas de zombis, en las que gente sana se zombifica por contacto con otros zombis y se convierten en asesinos.
"Eso es lo que yo quería captar: que tu mujer, tu hijo, tu mejor amigo, tu cura, cualquiera se podría convertir repentinamente en una de esas cosas", dice Keene. "Es xenofobia. Los americanos no confían en los musulmanes, y los musulmanes desconfían de Occidente. Todo el mundo anda paranoico".
En muchos libros y películas el humor negro es reforzado en estos días por la ausencia de capacidades tecnológicas entre los zombis. En un mundo donde la muerte se causa rápidamente, con satélites y bombas inteligentes guiadas por rayos láser, hay algo cómicamente ridículo en una máquina homicida que camina sobre dos pies con la habilidad de un niño de un año.
"No sería justo decir que todos los trabajos relacionados con el tema de los zombis sean serios", dice Kuebler, de Rue Morgue. "Cuando algo se convierte en moda, alguna gente creará cosas dentro del género para hacer un comentario social o político, mientras otros simplemente se subirán al carro porque saben que los zombis están de moda".
Brooks dijo que piensa que los zombis llegaron para quedarse por un rato.
"Cada vez que quiero oír que el género de los zombis está muerto, llamo a mis agentes", dice. "Ellos se equivocan consistentemente, porque todos los días sale alguna nueva película de zombis, o una película de televisión, o un nuevo libro, un nuevo videojuego, un nuevo juego de mesa. Esa es la cosa divertida de los zombis: que no se están muriendo".

26 de marzo de 2006
©new york times
viene de mQh

¿Por Qué Hay Directores Como David Lynch?


[Terrence Rafferty] ¿Por qué hay películas como ‘Terciopelo azul’?
Una de las muy, muy pocas reglas en el arte que puedes aplicar es que el escándalo envejece mal. Pero ‘Terciopelo azul’ [Blue Velvet], de David Lynch, soltado contra un público en gran parte inocente hace veinte años, está, me alegre decirlo, rompiendo esa regla tan despreocupada y decisivamente como, una vez, rompió la mayoría de las otras. Incluso después de dos décadas de excentricidades y trastornos sensuales de Lynch -años, además, en que el umbral para provocar serios escándalos en la cultura popular se ha elevado a alturas inalcanzables-, ‘Terciopelo azul’ se ve tan rara y bella como siempre, y sigue causando impacto.
Film Forum, en Manhattan, está celebrando su aniversario con un festival de dos semanas que empezó en febrero. Es una nueva copia, pero la misma vieja ‘Terciopelo azul’, porque Lynch no revisa nunca trabajos ya hechos; para él, ese proceso sería tan carente de sentido como tratar de rellenar las lagunas de un sueño, después de soñarlo. Lo que las audiencias ven, entonces, es exactamente la misma pesadilla que vieron los cinéfilos de 1986, con toda su escabrosa y lírica, testaruda e irracional gloria, y el contexto hace tan poca diferencia como la que hace la experiencia de un sueño potente: cuando despiertas, puedes tomar un minuto recordar donde estás.
La frase que define a ‘Terciopelo azul’, dicha primero por su héroe, el detective amateur Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), es "Es un mundo raro" -una frase que los espectadores de los años ochenta saludaron complacientes, y a la que los críticos se aferraron agradecidamente como a la única declaración irrefutable que se podía hacer sobre la película. ‘Terciopelo azul’ es una historia de misterio -Lynch ama los misterios- pero no precisamente de búsqueda del culpable: seguir la hebra simple, inevitable, que otorgará sentido a un desconcertante conjunto de claves claramente no es el punto aquí. A pesar del denso portento de la silenciosa, ávidamente y acechante atmósfera, la trama, de hecho, es extremadamente simple, tan brutalmente funcional como los trazos del dibujo de un niño.
Desde la universidad, Jeffrey vuelve a casa a su nativa Lumberton, una pequeña ciudad donde su padre posee una ferretería; pero el señor Beaumont, tras desmayarse en la entrada, está en el hospital, conectado a una espantosa máquina, y Jeffrey se encarga del negocio de la familia. Un día, atravesando un campo, se encuentra una oreja humana, mohosa y llena de insectos, e informa diligentemente a la policía, que se lo agradece pero no dicen nada sobre la pesquisa. La hija del detective, Sandy (Laura Dern), sin embargo, se encarga de contarle a Jeffrey lo que oyó decir a su padre sobre el caso, y poco después el pulcro estudiante universitario se está escondiendo en el armario de una demacrada cantante local llamada Dorothy Vallens (Isabella Rossellini). Allá mira fascinado -y quizás con menos horror del que esperarías- como Dorothy es insultada, golpeada y finalmente violada por un violento matón al que ella llama Frank (Dennis Hopper), un traficante de drogas que, aparentemente, ha secuestrado a su marido e hijo.
Eso es, y no se desvía para nada de un misterio convencional: la solución queda clara en el primer tercio de la película. Pero a medida que ‘Terciopelo azul’ avanza más profundamente en la nocturna suciedad y diurna incomodidad de Lumberton, se hace claro (si acaso) que los aparejos de historia de detectives de la película eran nada más que los medios de otro fin: la estratagema del director para seducir a una pareja de gente atractiva, y normal, como Sandy y Jeffrey, al enfermizo y extraño mundo de un hombre llamado Frank. La idea de Lynch es no establecer nuevas conexiones como harían los detectives, sino cortar todo lo posible muchas de las antiguas.
Eso es lo que hacen los surrealistas. Y una de las razones, creo yo, por las que ‘Terciopelo azul’ pareció tan sorprendentemente fresca en esa época es que no había, para decirlo generosamente, una tradición surrealista fuerte en el cine comercial estadounidense.

Casi los únicos precedentes del método deliberadamente desorientador de su película se pueden encontrar en algunas de las películas posteriores de Alfred Hitchcock: en ‘Vértigo’ (1958), ‘Los pájaros’ (1963) y especialmente ‘Marnie, la ladrona’ (1964), que comparte con ‘Terciopelo azul’ un peculiar, torpe formalismo de tono y galopante trasfondo de anormalidad psico-sexual, y que no fue recibido calurosamente por la audiencia habitualmente leal de Hitchcock. Lynch había hecho tres largometrajes previos, sólo una de los cuales -su brillante debut, la fantasía de horror doméstico en blanco y negro, ‘Cabeza borradora’ (1977)- fue surrealismo lyncheano del más puro. En los otros, el delicadamente grotesco ‘El hombre elefante’ (1980) y la desgarbada épica de ciencia ficción ‘Dunas’, sus fantasías más extravagantes fueron mantenidas, al menos en parte, a raya.
Así, para la mayoría de los miembros de la audiencia, ‘Terciopelo azul’ era un tipo de experiencia cinematográfica completamente nueva. Su sórdido tema desconcertaba a la gente menos, creo, que sus modos extraños, y por tanto vagamente amenazadores. Después de todo, la mayoría de los cinéfilos habían visto muchas más escenas de violencia explícita que cualquier cosa en ‘Terciopelo azul’, habían oído muchas más obscenidades en películas prestigiosas, como por ejemplo ‘Toro salvaje’ y habían probablemente visto, con algún interés y quizás con algo de placer, uno o dos cuerpos desnudos. (Aunque rara vez, hay que decirlo, de manera tan cruda y expuestos de manera tan poco elegante como se muestra aquí a Rossellini). Lo que es difícil de tratar, especialmente si no estás acostumbrado, es la volatilidad del tono de la película: las abruptas y poco marcadas alternancias entre la ternura de una película para niños y el abyecto horror, entre la inocencia y las experiencias más extremas.
Y finalmente es la inocencia la que hace de ‘Terciopelo azul’ genuina y extraordinariamente chocante. Mel Brooks, cuya compañía produjo ‘El hombre elefante’, describió una vez a Lynch como ‘el Jimmy Stewart de Marte"; y hay algo de incredulidad y de saludable y de completamente americano en Lynch, que es real y, me parece, la improbable y última fuente de su capacidad para perturbar y horrorizar.
La pregunta central en ‘Terciopelo azul’, expresada con encantadora brusquedad por Jeffrey, es: "¿Por qué hay gente como Frank?" Frank, representado con insano entusiasmo por Hopper, es un monstruo de obscenidad tan único en su género, que la pregunta te podría hacer reír. Pero es una pregunta sincera, porque en la imaginación de Lynch sí existen. Frank es, cuando te paras a pensarlo, la visión que tiene un niño de los adultos, la personificación en caricatura de todas las cosas que un niño curioso puede imaginar que hacen los adultos cuando están solos y fuera de la vista: usan drogas, dicen tacos, tienen fiestas con amigos incomprensibles (como en esta película el indeleblemente raro Ben, representado por Dean Stockwell como el epítome de la suavidad), y, cuando se presenta la oportunidad, tienen sexo rápido, ruidoso y feo.
Se necesita un ojo inocente para ver al mundo de esa manera: de una manera que, aunque genera monstruos, mantiene la vida cotidiana interesante, sorprendente y eternamente extraña. De eso se trata en las películas de Lynch, y por qué tienen, a su modo demente, esa especie de calidad de Peter Pan: están hechas por alguien que ha decidido no salir del carácter inmediato ni de las locas arbitrariedades de las percepciones de un niño, y aceptar los asuntos realmente espantosos tal como se acepta la realidad menos espantosa.
El país-de-nunca-jamás de Lynch, se llame Lumberton o Twin Peaks o Mulholland Drive, es aposta eterno, fundamentalmente impertérrito a las perspectivas de los adultos y nos deja a la mayoría de nosotros asimilar nuestras experiencias como algo parecido a una historia de detectives tradicional: una historia que explica el pasado y nos permite seguir adelante, aunque sea aburrido. El mundo que crea ‘Terciopelo azul’ es estático, una imaginativa ciudad de la simultaneidad en la que todo, malo o bueno, está presente al mismo tiempo.
Por supuesto, eso es chocante. ‘Terciopelo azul’, que en 1986 deleitó a muchos y repelió a otros tantos, es probable que provoque hoy en general la misma mezcla de reacciones, y las mismas que provocará en 20 años más. No se puede asimilar su visión, no se pueden explicar sus misterios, no existe un término cómodo para clasificarlo: no está de moda, no tiene filo. ¿Por qué hay películas como ‘Terciopelo azul’? Porque el mundo es misterioso, y el misterio no desaparecerá nunca.

26 de febrero de 2006

©new york times
©traducción mQh