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pan y cine y el santo

Hepburn, Más Allá de la Pantalla


[Janet Maslin] Historia de uno de los cuentos de hadas favoritos de Estados Unidos.
William J. Mann, el último biógrafo de Katharine Hepburn, dice que el padre de Hepburn todavía estaba pagando sus cuentas cuando este arisco y almidonado y práctico símbolo americano tenía 43 años. No que hubiese algo malo en ello: él simplemente usaba el sueldo de su hija para cubrir sus gastos. Y ella puede haber estado demasiado ocupada como para ocuparse de su administración. Lo que pasa es que este detalle, y muchos otros similares que Mann ha reunido en ‘Kate: The Woman Who Was Hepburn', contradice lo esencial de la imagen pública de Hepburn. Y según las evidencias de Mann la imagen pública interesaba mucho más a Hepburn de lo que dejaba ver.
Si el recuerdo de Katharine Hepburn fuera un producto, estaría ahora seriamente sobrevendido. Biógrafo tras biógrafo -entre ellos Garson Kanin, A. Scott Berg y Barbara Leaming- han tratado de empaquetar e inmortalizar la mística de Hepburn. Y todos ellos tenían alguna intención propia. Incluso Hepburn (la autora de ‘Me') no era nada de torpe a la hora de vender la historia de Hepburn.
Ahora todo el mundo con alguna noción incluso superficial del Hollywood clásico ha absorbido algo del folclore de Hepburn. Para empezar, su historia se cruzó con las de George Cukor, John Huston, John Ford, Howard Hughes, Leland Hayward y David O. Selznick. Su relación fuera de la pantalla con Spencer Tracy era tan bien conocida como sus películas.
Ha invitado tanto a la deificación como el rencor, con algo de la rabia extraordinariamente viciosa. Sobre la aparición de Hepburn en ‘Coco', en Broadway, a fines de los años sesenta, Cecil Beaton, el diseñador del espectáculo, escribió: "Es increíble, inverosímil que todavía se pueda exhibir en público".
Mann la exhibe una vez más en público, pero está consciente que es problemático. "Nadie necesita otra biografía más que cuente, otra vez, cómo Spencer Tracy -o Joe Mankiewicz- o algún otro juraron bajarle los humos a la Hepburn", escribe con grata franqueza. Ni nadie necesita reclamarse de una amistad íntima y fluida con la adorable e irascible estrella. Pero Mann tiene un objetivo más frío en mente: examinar razonablemente las diferencias en los modos en que Hepburn decidió presentarse a sí misma y los actos de su vida.
"La brillantez y singular devoción que dedicó a la creación y mantención de su imagen pública debería inspirar sobrecogimiento, especialmente cuando ves todo lo que había detrás", escribe.
Aunque Mann no modela su libro artificialmente como una pieza en tres actos, se convierte naturalmente en una. La primera parte tiene que ver con los años formativos, empezando con la juvenil encarnación de Hepburn de un niño de pelo corto llamado Jimmy. El libro ve esa presencia masculina como una parte fija de su identidad, y quizás la parte más importante.
"No creció para ser el tipo de mujer que es madre", escribe Mann. "Katharine Hepburn creció para ser el tipo de hombre que es padre".
‘Kate' disecciona el mito de la fogosa y combativa familia Hepburn y encuentra algo menos generoso. Sobre el temperamento de su padre, un amigo de Hepburn, Max Showalter, dijo una vez: "Kate cuenta muchas historias de su infancia en que la vemos subiendo a la copa de los árboles, negándose a bajar. ¿Te has preguntando que la hacía hacer eso?"
Aunque ‘Kate' se basa en nuevas e inusuales fuentes e investigaciones y cuenta con numerosas notas, el origen de esta afirmación no aparece especificado. Pero hay que mencionar que Mann no utiliza materiales de los que no pudo encontrar fuentes primarias.
'Kate' deduce que las relaciones posteriores de Hepburn con los hombres reflejaron el matrimonio de sus padres: una mujer aparentemente fuerte e independiente como la sumisa cuidadora de un hombre dominante. Y ve la auto-destrucción y la confusión sexual de su hermano mayor, Tommy (que murió a los quince, aparentemente por suicidio), como cualidades que moldearon los vínculos posteriores de Hepburn.
Mann atribuye bisexualidad a casi todos los hombres con los que Hepburn estuvo relacionada alguna vez. También otorga gran importancia a un hombre llamado Scotty, que gestionaba una gasolinera cerca de la casa de Cukor y dispensaba más que gasolina. Scotty dice incluso que Spencer Tracy fue una de sus parejas sexuales. El libro trata esas revelaciones con más curiosidad que lascivia. Mann sostiene plausiblemente que su verdadero interés es cómo se esculpió y mantuvo la gran fábula del romance Tracy-Hepburn.
El pulpo en el garaje, como lo describe el autor, es por supuesto el afecto de toda la vida de Hepburn por las mujeres. Desde su temprana amiga Laura Harding, que se describía a sí misma como ‘el marido de la señorita Hepburn', a Phyllis Wilbourn, una acompañante de 40 años sobre la que Hepburn dijo: "Phyllis y yo somos una sola", las mujeres figuran prominentemente en la mente de Mann. Su objetivo es menos detectar relaciones lésbicas que reiterar la enorme divergencia entre la imagen pública y privada de Hepburn.
‘Kate' es más interesante en su tercera parte. Describe la larga vida en el escenario de Hepburn después de que sus días de glamour en Hollywood habían terminado. "Las personalidades cinematográficas van y vienen, pero Khatahrine Hepburn tenía la intención que quedarse más tiempo", escribe. "El único modo de hacerlo era convirtiéndose en una institución". Si no hubiese decidido aparecer tan estratégicamente en ‘La reina de África' [The African Queen] (o, en otros momentos, ‘León en invierno' [The Lion in Winter], ‘Adivina quién viene esta noche' [Guess Who Is Coming To Dinner] y ‘En el estanque dorado' [On Golden Pond]), su historia habría sido bastante más corriente.
‘Kate' es un libro gordo y desigual. Y hay partes que se limitan a recapitular o disputar las interpretaciones de otros biógrafos. Pero los puntos fuertes de Mann son su capacidad analítica y sus ingeniosas búsquedas. Y escribe sin veneno; no está indecorosamente obsesionado con los pecados de Hepburn. Así que logra lo que se propone. ‘Kate' es la versión realista de uno de los cuentos de hadas favoritos de Estados Unidos.

Libro reseñado:
Kate. The Woman Who Was Hepburn
William J. Mann
Ilustrado, 621 páginas
Henry Holt & Company
$30

2 de octubre de 2006
©new york times
©viene de mQh

El Regreso de Chandú 4


Capítulo 4: El Mal. [The Evil Eye]. El sacerdote de Lemuria y sus secuaces raptan a la princesa egipcia Nadji y la llevan a un templo de Suva para sacrificarla. Pero Chandú la salva en el último instante.
Quedamos en que el sacerdote maligno se ha subido a bordo del yate y está siendo sorprendido por Chandú y el capitán Wilson cuando secuestra a la princesa. Están en la cubierta. El sacerdote arrastra y mantiene misteriosamente en pie a la princesa dormida. La noche es oscura. La mar, picada. Es entonces que el sacerdote les dice: "¡Un paso más, y la mato!"
Pero en lugar de amilanarse, el brujo Chandú lo mira intensa y fijamente, los ojos negros convertidos en cuchillos que atraviesan al sacerdote, y repite varias veces: "Suelta el cuchillo, suelta el cuchillo". Ahí empieza un terrible tira y afloja entre la mano y el cuchillo, pues parece que el cuchillo quiere obedecer y dejarse caer al suelo, y la mano está muy enojada y lo quiere retener para clavárselo a la princesa dormida. Al final, el cuchillo tiene más fuerza y se deja caer ruidosamente a la cubierta. Parece que eso asusta al sacerdote, pues se queda mirando tiritón, moviendo los ojos.
En ese momento, la princesa empieza a abrir los ojos y, a pesar de la oscuridad reinante, reconoce a Chandler y se acerca a él, sonriendo, para exclamar: "¡Chándu!" Instantes que el sacerdote, que parece despertar, aprovecha para lanzarse al mar.
Felizmente están por ahí cerca los otros fieles de su rara religión que lo rescatan raudos de las embravecidas aguas.
Aparecen unos marinos corriendo por la cubierta y no sé quién, porque apenas se ve, les dice: "Llevadla al camarote".
Chandler y el capitán se quedan hablando sobre hipnotismo, hasta que el capitán pregunta: "¿Dónde está el príncipe Andrés?"
La cámara nos lleva a un camarote del yate. Vienen entrando unas mujeres. Hay un cuerpo tendido en el suelo. La mujer de blanco, mayor, dice: "Oh", agachándose sobre el hombre tendido. Luego se cubre la boca con la mano y envía a la rubia, vestida de negro y más joven, a buscar ayuda. La tercera mujer mira sin saber qué hacer.
Ahora estamos llegando al puerto de Suva, en los mares del Sur. Se ven montones de embarcaciones, esclavos, hombres blancos con sombreros de explorador y hombres con pañales. La cámara sigue a un hombre vestido de blanco y sombrero de explorador, que entra a un jardín y se acerca a dos mujeres que están sentadas a una mesa bajo la mirada vigilante de un loro. Una de ellas es la princesa. "Hola Nadji, te ves muy bien", dice el insolente, que resulta ser Bob, el sobrino de Chandler. Pregunta el tontorrón por él. La princesa dice que ha ido a la policía. Llega un camarero y le dice que a su Alteza la quiere ver el comisario de policía. Ella se preocupa de que al tío Frank le pueda haber pasado algo. Pero el sobrino dice: "Oh, no. Mi tío sabe cuidar de sí mismo". Ja. Llega un señor vestido de policía, igualmente con casco de explorador, y le entrega a la princesa un papel diciendo que es una carta de Chandler. Es una carta. Dice: "Por favor acompaña a la comisaría al comisario, que te quiere hacer unas preguntas". La firma "Chandler". Yo me creo que es una trampa del sacerdote maligno para volverla a raptar y clavarle un cuchillo en el pecho y sacarle el corazón.
"Es sólo una formalidad", dice el comisario. Pues bien, van saliendo de esa terraza que se topan -es decir, la princesa y la hermana del tonto, y el tonto mismo- con la señora mayor, Dorothy, que me parece que viene siendo la mujer del Príncipe Andrés. Entonces explica la princesa. Pero como la condesa mira intrigada, el tontorrón interviene para asegurarla que nada pasará, que el tío simplemente le escribió una carta encareciéndole que se acercara a comisaría.
Bien. ¡La mujer mayor es hermana de Chandler! El tontorrón y la chica rubia son sus hijos. "Me creo que les voy a acompañar", dice la condesa. "No os preocupéis", salta el policía. "Nada le va a ocurrir". "Igual iba de compras", dice la condesa, que parece muy zorra.
Pues suben entonces a una furgoneta de madera de esa época remota, quedándose en tierra el tonto y su hermana, la Betty.
Entretanto, como yo me lo suponía, se despide Chandler del verdadero comisario a la puerta de la comisaría. "Si necesita más información, no dude en llamarme", dice el barrigón, y se vuelve a meter en su madriguera.
En la furgoneta viajan pues el jefe de la policía, que es falso, y la princesa y la condesa. De pronto dice la princesa: "Aquí hay gato encerrao. ¡Siento peligro!" "¡Stop this car!", ordena la condesa. "Queremos bajarnos". La condesa lleva un sombrero muy pero muy parecido al que ando luciendo en estos días. ¡No sabía yo que entonces era modelo de mujer!
Entretanto va llegando a casa el tío Frank y lo recibe el tarado. "¿Qué no viene Nadji contigo?" "¿No están aquí?" "Oh, no. Mamá se fue con ella a la comisaría cuando la mandaste llamar", dice el imbécil. "¿Yo la mandé a llamar?", dice el brujo, que parece que no tiene memoria. "Claro, claro. Le escribiste esta nota", dice el memo, pasándole la nota manuscrita.
Tío Frank extrae la nota del sobre y se da vuelta como para salir, pero es para llamar por teléfono, que se encuentra convenientemente detrás de él.
Entretanto nos trasladamos a un cabaret, donde baila desenfrenada una mujer que blande cuchillos y que parece que se va desnudando a cuchilladas, rasgándose las ropas. Miran los hombres. El lugar parece ser una fachada de la terrible secta que persigue a la princesa. Ella y la hermana noble de Chandler se hallan sentadas en un camastro y una vieja cara de bruja parece estar vigilándolas. "Están bailando la danza de la muerte", dice la vieja.
Aparentemente en otro lugar del mismo tugurio, el sacerdote está sentado a un escritorio cuando entra un subalterno a informarle que está todo listo. No sé, me parece que le pregunta qué hace la policía, y el subalterno le dice que las embarcaciones en el puerto tienen orden de no zarpar. Entonces por un rato pareciera que el sacerdote se quiere levantar de la silla y no puede, y finalmente, pues parece que así se representaban en Lemuria entonces los esfuerzos del pensamiento, en lugar de apoyar la barbilla en el puño, como hacían los grecorromanos, y, digo, finalmente levanta la vista y dice: "Entonces yo mismo tendré que sacrificar a la princesa". Ah, tenía yo pues razón. "¡Y Chandú morirá con ella!" Y dice algo así como que su alma se echará a volar al alto templo de no sé qué.
Mientras, el tío Frank se pasea de lo más tranquilo con el idiota, aunque le dice: "No sé qué hacer, Bob". El sobrino para de repente la oreja. "¡Tambores de la selva, tío!" El tío también pues para su oreja y concluye: "Yes, deben de ser de algún rito mágico". "¡Vamos a investigar!", salta el infeliz, como si no hubiese nada mejor que hacer.
Lléganse pues al cabaret. Se ve a Chandler pasar fumando un puro junto a la bailarina exótica que trata de apuñalarse mientras se desmembra. Se sientan a una mesa y ordenan al camarero. Según yo, le dijo: "¡Tráeme una toalla negra!", pero no estoy seguro. "¿Has visto lo que yo?", le pregunta al mongólico. "¿Los tambores?" Tío Frank saca su estilográfica y escribe una nota en su libreta. "Entrégala al comisario y vuelve enseguida", le dice misterioso. "Pero, tío, déjame quedarme contigo. Se le daré a un mensajero allá afuera", dice el tonto. "¡Haz lo que te digo!", ordena Chandler. "Está bien", dice el estúpido, y sale del harén moviéndose de un lado a otro, la cabeza gacha, arrastrando los zapatos, como chiquilín enfadado.
Entretanto, en el templo del sacerdote ha empezado el rito que debe terminar con el sacrificio de la guapa e inocente princesa egipcia. "¡Oh, todopoderosa Ubasti! ¡Acepta este sacrificio!", resuena la voz en el templo. "¡Oh, todopoderosa Ubasti! ¡Acepta este sacrificio!", repiten a coro los otros malditos. El sacerdote lleva ahora un cucurucho de franjas y una capa y mira a la princesa, que está junto a la hermana de Chandler: "Naaadji, hiiija de Egipto. Al fin estás en el viejo templo de Ubasti. Ahora, ¡mira!" Pues todos miramos para atrás de la princesa y ella se vuelve, y ¿qué vemos? Lo que vemos son un montón de llamas y de entre las llamas parece que emerge una isla. Y en la isla hay un templo y podemos ver lo que pasa dentro. Y lo que pasa dentro es que hay un montón de gente y un sacerdote gritón debajo de un gato gigante y rodeado de dantescas llamas que suelta una sarta de incoherencias y que parece que pretende que la princesa Nadji le entregue su alma. O algo así.
De repente volvemos al templo más chico donde están nuestras prisioneras. El sacerdote, impasible, suelta otra sarta ininteligible: "Carapatunga ashbi pitunga, ¡oh sacerdotes de Ubasti! ¡Cataplún caranpuuuún! ¡Carapatunga urunda Chandú poronga!" No sé. Se me ocurre que las dos mujeres entienden de corrido lo que dice el descerebrado, porque abren enormes los ojos y se llevan las manos a la garganta.
Chandler se aburre de estar sentado y empieza a dar vueltas por el cabaret. Entra a un cuarto y sorprende a un tipo colocándose la capa de los fieles de la secta de Lemuria. Mira este sorprendido y asustado al brujo, que se acerca a él echando los pechos palante, para verse más grande y amenazante. Luego lo mira fijamente y le pasa la mano por la cara, como solían hacer los hipnotizadores de antaño. Se queda el otro profundamente dormido. Y entonces pregunta tío Frank: "¿Dónde tenéis a la princesa?"
De vuelta en la ceremonia, sigue el sacerdote con sus memeces. "¡Caratarepún purún, oh grande diosa de las tinieblas, recibe el alma de Nadji, princesa de Egipto, katarún runga, en el templo de Lemuria". Dicho esto, se empieza a arremangar.
Entretanto, Chandler le ha quitado la negra capa al dormido, y se ha encasquetado el cucurucho de orejas puntiagudas de los fieles de la diosa Ubasti. Baja por una escalera caracol y entra al templo. Debajo de un gato -otro gato, supongo, que el del templo de Lemuria- pide el sacerdote a sus dioses nuevamente que acepten el sacrificio. Un acólito le entrega una espada, que el sacerdote muestra a la audiencia y la levanta en el aire y dice: "Ooooh Nadji, ¡voy a liberar tonces tu alma!" Se abalanza entonces Chandler sobre el insensato y, naturalmente, se echan los encapuchados encima de él. En ese momento llega el sobrino al cabaret, seguido de un montón de agentes, y se desparraman por el templo dando de patadas y puñetas. Tío Frank le mete un puñetazo en el ojo al sacerdote. Este cae y coge la espada y trata de cortarle la cabeza a Chandler. El sobrino, cogido de la mano con su mamá y la princesa, miran la trifulca, hasta que Chandler, aburrido, le pega un empujón y cae el brujo rompiendo la baranda del primer piso, donde se encontraban, y se hunde en una de las piras encendidas y tal parece muere achicharrao. Bien, caen todos los egipcios presos.
Ahora estamos en casa de la hermana de Chandler y, oh no, ahí está el tonto con su hermana y su mamá rellenando un puzzle. Suena el teléfono. Contesta el tonto, que para eso ha de pararse y caminar hasta el artefacto que está pegado a una pared. "Un momento. Iré por mister Chandler", dice. Nos asomamos por el balcón y vemos al tío Frank sentado junto a la princesa haciéndole tocaciones íntimas. En realidad, parece que la quiere tocar la almeja y ella le coge la mano, pero complacida. El tonto mira enternecido y vuelve al teléfono. "¿Puede llamar después? Mister Chandler está muy ocupado ahora".
De vuelta en el jardín, suelta la princesa: "Al fin toy segurra". Claro, dice Chandler, para eso maté al sacerdote Vindhyan y sus seguidores están tras las rejas. "Se acabarron mis prroblemas", prosigue ella.
Entretanto, en la isla de Lemuria un montón de hombres en pañales abren las hojas del enorme portón del templo, que según me entero es el mismo portón que se usó en ‘King Kong' y quemaron luego para las escenas de incendio de ‘Lo que el viento se llevó'. Entran en procesión los fieles encapuchados y con antorchas y se dirigen al altar del gato grande. Se echan al suelo y levantan los brazos, como invocando. En un trono entre las patas del gato hay un viejo. Creo que es la misma vieja guardiana que custodiaba a la princesa secuestrada en el cabaret. A los pies del gato hay una mujer tendida, aparentemente muerta, vestida de blanco. "Continente perdido de Lemuria: despierta, tenemos que hablar", dice el viejo insolente. Pero, obviamente, no pasa nada. "¡Ossana!", gritan los figurantes. "¡Catarapunga Vitras!", dice, mirando a un tipo con turbante que está parado frente a él, aparentemente haciendo el saludo nazi, con el brazo derecho extendido arriba pa delante. "Vete a buscar a la princesa Nadji". El tipejo Vitras se vuelve y camina hacia el portón de salida, que los esclavos en pañales vuelven a abrir trabajosamente.

¿Logrará Vitras secuestrar a la princesa para llevarla al templo de Lemuria y sacrificarla?

El Retorno de Chandú. Capítulo 4: El Mal [The Evil Eye]. 1934 Director Ray Taylor Guión Harry A. Earnshaw Vera M. Oldham R.R. Morgan Adaptación Barry Barringer Reparto Bela Lugosi María Alba Lucien Prival Clara Kimball Young Deane Benton Phyllis Ludwig Cyril Armbrister Murdock Wilfred Lucas McQuard Wilfred Lucas Joseph Swickard Jack Clarck

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Bettie


[Stephen Hunter] Su cuerpo y ella. Biografía pone al desnudo fantasías sobre las chicas de calendario de los años cincuenta.
La directora Mary Harron puede tener más coraje que talento, pero vaya qué dosis de talento. Después de encargarse intrépidamente de la detestable ‘American Psycho' en su última película, su nueva producción gira sobre otro estadounidense notorio, pero no demente. En realidad, su punto es la ausencia de ratones en la cabeza de su personaje: ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre la reina de las chicas de calendario de los años cincuenta y dice cosas que no se dicen habitualmente. Gira sobre la exhibición y venta del cuerpo femenino y no cree que sea una idea tan deleznable.
Esta es una propuesta radical. De hecho, hay un pequeño pero distintivo género cinematográfico dedicado al tema de las fotografías de desnudos, que es casi siempre A) negativo y B) generoso en los cuerpos que muestra. La plantilla de la historia es siempre la del chulo y la prostituta, esa vilipendiada relación de manipulación emocional con crueles propósitos: Un charlatán zalamero engatusa a una chica de pueblo chico, de limitado talento pero de despampanante belleza y busto, para que se desnude frente a la cámara. Después de esto nada bueno puede pasar -como testimonian en particular las películas sobre la pobre Playmate Dorothy Stratten, cuyo psicótico marido la mató a balazos. Tal como en las películas de horror, las chicas rápidas muren primero.
Pero ‘The Notorious Bettie Page', con la casi estrella Gretchen Mol en el rol protagonista, argumenta que nadie obligó a Bettie a desnudarse para el señor Speed Graphic; lo hizo porque quería hacerlo, y porque era su modo de expresión. Una y otra vez la película traza mordaces paralelos entre su frustrada carrera de actriz y su exitosa carrera como modelo. Como actriz, Bettie es endeble y torpe y tímida y el método Zen que se le predicó no le hizo nada de bien. Como modelo desnuda es increíblemente impactante y autoexpresiva, tan liberada que, voilá, impregna mágicamente de color sus películas cada vez que se saca la ropa. Olas de melocotón, crema, caramelo inundan la pantalla. La película nos muestra que, incluso de niña, Bettie tenía una apasionada relación con las cámaras. Harron la muestra en su conservadora ciudad natal de Knoxville, Tennessee, en los castos años treinta cuando era adolescente: Cuando sale la cámara, sin más trámite la guapa chiquilla en su vestido de domingo no solamente se anima, sino que se calienta. Repentinamente es una vampiresa, dobla las caderas, se pasa los dedos por sus tirabuzones color caoba, estira los labios y los engorda como si estuvieran picados por avispas.
Y el retrato de Harron de los ‘pornógrafos' que facilitaron la desnudez de Bettie es extremadamente blando. Perdemos el tiempo esperando que alguno de ellos la presione, deslice alguna droga en su bebida, la extorsione emocionalmente de uno u otro modo, y la viole y la haga prostituirse. Eso no ocurre nunca. En lugar de eso, sus mejores amigos son los fotógrafos. Son gente sencilla, incluyendo a un Jerry Tibbs (Kevin Carroll) que hace sesiones fotográficas acompañado de su hija, que va a la escuela básica; el equipo formado por los hermanos sado-masoquistas, Irving y Paula Klaw (Chris Bauer y Lili Taylor), que suministran a la desconcertada Bettie varios artilugios y restricciones a petición de clientes ricos que quieren algo "fuera de lo común"; y finalmente Bunny Yeager (Sarah Paulson), que lleva el famoso Welcome a la postal de Miami Beach. También es Bunny la que toma la foto del cartel que hizo de Bettie un temprana Playmate, aunque Harron no parece ser una fan de Hef y no la convence su auto-promoción. Le ofrece a Playboy, y a todas esas olvidadas revistuchas de los años cincuenta, simplemente otra portada, junto con Tattler y Kitten. Playboy es simplemente la que se olvidó de morir.
Lástima que la historia de Bettie no sea más dramática, pero, en serio, el único momento desesperado que puede evocar la película es el día en que Bettie casi tuvo que declarar ante la Comisión Kefauver.
De otro modo, según dice Harron, la vida de Bettie es bastante tranquila, una vez que puso distancia entre ella y su estricto padre (¿Oímos un susurro de incesto cuando él le dice que suba al primer piso? De cualquier modo, Harron deja el asunto de lado) y de un primer marido con un rápido gancho de derecha. Pero después de llegar a Nueva York, es suficientemente lista como para encontrar trabajo y mantenerse alejada de las camas; todas sus relaciones profesionales son castas. Se desenvuelve con aplomo en el extraño mundo del modelaje amateur en ‘clubes fotográficos', y no pierde tiempo a la hora de deshacerse de sus ropas, avergonzando de paso a un camarógrafo necio. Simplemente se traslada de contacto a contacto en la pintoresca idea de los cincuenta acerca de qué es pasarla bien, que es subir al primer piso y entrar a la tienda de fotos Klaws' Brooklyn. Cuando la siempre jovial Klaws empieza a emperifollarla con accesorios de Sade, no lo entiende. ¿Es un genio? Bueno, difícilmente. Para ella es un chiste, la mala actuación en las películas semi-porno, la atracción del elástico, la tensión del nailon, el látigo y la fusta. Ella, simplemente, no asocia este tipo de juegos de época con las aberraciones sexuales. No puede dejar de reír.
Mol, ciertamente, está hecha para el papel, y aunque está en todas las escenas, de algún extraño modo no lo parece. Puede ser que la película se niega resueltamente a fijarla en su neurosis. En lugar de eso, la ve como un avatar de la auto-determinación que conoce su mejor producto y tiene la intención de estrujarlo al máximo, antes que ver cómo desaparece en manos de algún manipulador codicioso. A este respecto, ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre el control de los medios de producción; ella es su propia materia prima, y no está dispuesta a que a cederla a otros.
Yo también diría que como colección de materiales de archivos sobre Nueva York en los años cincuenta -una legendaria época cuando el mundo de la publicidad estaba a la punta, todo el mundo bebía martini y fumaba y las luces de neón nunca fueron tan brillantes, ni las calles más húmedas ni las fajas más fundacionales-, la película es una obra maestra en cuanto a llevarte a esa época. Las fotografías blanco y negro (las escenas con desnudas son en color) de Mott Hupfel, sin embargo, se ven débiles; no tiene la luminosidad del trabajo de Robert Elswit en ‘Buenas noches y buena suerte' [Good Night, and Good Luck], y mucho menos la de esa pieza maestra de la fotografía, ‘El dulce sabor del éxito' [The Sweet Smell of Success], de 1957, cortesía de James Wong Howe, donde Burt Lancaster podía mirar callejones y tachos de basura y el lejano brillo del neón y hacerte creerlo cuando proclamaba: "Dios mío, adoro esta sucia ciudad".
Bettie también la amaba. La hizo incluso, hay que decirlo, todavía más sucia. Pero a su modo, y sólo en su propio beneficio.

20 de abril de 2006
©washington post
viene de mQh

La Dalia Negra


[Carina Chocano] Adaptación de De Palma es demasiado negra.
Nada más que por horror gótico, su interés como cuento con moraleja sobre sueños rotos en Hollywood y permanente misterio, el espeluznante asesinato de Elizabeth Short, una candidata a estrella del cine cuyo cuerpo mutilado fue encontrado partido por la mitad a unas pulgadas de la acera en un sitio eriazo en el centro de Los Angeles en 1947, continúa ejerciendo una macabra fascinación sobre nuestra psique. O quizás se deba a las campañas de promoción. Como quiera que sea, ayuda a explicar por qué James Ellroy utilizó la historia de la Delia Negra, como llegó a ser conocida, como un trampolín para una novela, pero no por qué emergió de ella en un túrgido pudín de convenciones negras, escabroso melodrama, personajes estereotipados y endebles tramas secundarias más inverosímiles que un cementerio de Praga.
Como el libro que la inspiró, ‘The Black Dahlia', de Brian de Palma, "parece gato por liebre. Los archiconocidos detalles históricos, empapados en grueso y brillante ámbar (¿es una película o un panqueque?), tienen aires de muñecos de cera de mal gusto, completo con el tipo de voz recia de los años cuarenta que, sin duda, convirtió a Edward G. Robinson en un popular invitado de fiestas. Las breves escenas en que vemos a la Dalia Negra misma, tanto como horripilante cadáver en las fotos policiales como la chica triste de una miríada de pruebas cinematográficas, son las cosas más convincentes de la película. Pero incluso ella se pierde en el rebosante enjambre de personajes terminalmente obsesivos y dudosa moralidad, cada uno cargando un bizantino pasado y buques de florido equipaje.
Josh Hartnett, un inocente con corte de pelo Alfalfa, es Dwight ‘Bucky' Bleichert, ex boxeador convertido en poli que accede a participar en un match de publicidad para el Departamento de Policía de Los Angeles, contra otro púgil convertido en poli llamado Lee Blanchard (Aaron Eckhart). Bucky es un niño pobre de Lincoln Heights, y si se ve demasiado joven y demasiado guapo como para sentirse tan cruelmente desilusionado, bueno, no hay más que conocer a su chiflado padre. Se divierte disparándole a las palomas desde su ventana. La muy publicitada pelea les reporta a Bucky y Lee otras peleas publicitarias y marca el comienzo de su amistad, su asociación profesional, su platónico ménage-à-trois y su viaje por la conejera del más puro gótico de Los Angeles.
La chica con suéter en el centro de la trama es Kay Lake (Scarlett Johansson), con la que vive Lee en sospechoso lujo y aparente pecado, aunque nada resulta ser lo que parece. De hecho, poco es lo que parece en la película. Gracias a la persistente voz en off, cada pulgada de espacio entre los personajes es enmasillado con información biográfica y otros rellenos de la trama. Parece que un poli no puede investigar un homicidio en esta ciudad sin abrir una enorme lata de gusanos personales y psicológicos. El resultado es vertiginosamente difícil de seguir, y demuestra ser demasiado para Lee, que poco después de pedir su traslado desde otro caso, al del asesinado de la Dalia, desciende en una espiral de bencedrina que lo envía girando, como una peonza, a una tercera obsesión y derechamente fuera de la película.
Bucky desciende en un mundo de tinieblas de su propia invención, donde conoce a la misteriosa look-alike de la Dalia Negra, llamada Madeleine Linscott (Hilary Swank). Para ser más fatal, a Madeleine sólo le falta disparar rayos letales con sus ojos. El papel es ridículamente vampiresco, y Swank, mascullando con un incongruente acento escocés, lo explota a tope. Una heredera bisexual seducida por los bajos fondos, vive en casa con su corrupto padre autócrata, Emmet (John Kavanagh), un ambicioso inmigrante convertido en millonario de la propiedad inmobiliaria; una madre desquiciada y adicta a los barbitúricos, Ramona (Fiona Shaw); y su perversa hermana menor, Martha (Rachel Miner). Pero ella prefiere gastar el tiempo en bares de lesbianas en Hollywood, y metiéndose con marinos para variar, tal como la chica muerta con la que, según la dicen, se parece. Y Madeleine no es la única con un problema de personalidad: la cordura es realmente escasa. Su prominente familia, por ejemplo, está decadente y extravagantemente en la calle; tan en bancarrota se revela en una escena después de una copiosa cena en la que Shaw, siempre chupando pantalla, ventila los trapos sucios de la familia con la ayuda de un fuerte martini.
Mientras más escarba Bucky, más se hunde en el pantano de corrupción y engaño, perversidad sexual y traiciones que componen el clásico género negro de Los Angeles. (Al menos, no lo obligan a ir al barrio chino). Y mientras más alejados parezcan estos personajes del misterio central, más difícil se torna para la película traerlos de vuelta al sitio del suceso -o más bien, más difícil se le hace expandir el sitio del suceso hasta implicar a todo el mundo. Fue culpa de la sociedad.
Por supuesto que lo fue. El asesinato de Betty Short obtuvo la condición de leyenda como el típico homicidio de Los Angeles, pero proporciona una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar, de culpar a la ciudad por el crimen. Es tarea del pobre Bucky encontrar las piezas dispersas y hacerlas adquirir sentido, lo que hace obedientemente, distrayéndonos de vez en vez con un melodramático floreo. Unas escenas valen el precio de la entrada, por su inspirado camp; en dos de ellas aparece Shaw. Johansson no tiene tanta suerte. No tiene mucho que hacer, aparte de hacer pucheros con unos labios pintados a la perfección y rellenar un suéter, aunque le otorgan una escena de amor en la que un pollo asado de aspecto simpático es sacrificado en el altar de su pasión. Sin embargo, a pesar de algunas divertidas distracciones, ver avanzar la película no es muy diferente a mirar cómo alguien completa un rompecabezas gigante. Eventualmente todo cae en su lugar, pero ya habías visto la imagen en la caja.

The Black Dahlia
Distribución Universal Pictures Dirección Brian De Palma Guión Josh Friedman, basedo en una novela de James Ellroy

15 de septiembre de 2006
©los angeles times

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Después del Ciudadano Kane


[Gary Giddins] Welles tenía más talentos de los que podía manejar.
¿Qué tiene Orson Welles que vuelve locos a sus cronistas? Todos emergen de la desordenada vida, y todavía más caótico legado del gran hombre convencidos de haber encontrado la clave de su interpretación. El misterio que se sienten obligados a explicar no es cómo pudo sobrevivir Welles como director independiente, haciendo grandes películas que no fueron mutiladas por los productores, sino más bien cómo el que había sido un genio de la radio, teatro y cine, amigo de presidentes y adalid de los derechos civiles, terminó convertido en un obeso presentador de televisión haciendo publicidad a vinos baratos? Los biógrafos de Welles se agrupan como las aves de rapiña de ‘La dama de Shanghai' [The Lady From Shanghai], devorándose unos a otros.
La reputación de su colega de antaño, John Houseman, ha pasado de la de un poderoso productor, elitista profesional y cómplice de la inversión financiera a la de un memorialista poco fiable con un hacha clavada en el cráneo de Welles. ‘Raising Kane', de Pauline Kael, perdió todo el respeto que pudo haber ganado como académica, no sólo porque se equivocó en tantas cosas sino porque se negó a corregir o reconocer los errores. En su diatriba psicológica ‘Rosebud', David Thomson expresó el deseo de que ‘Don Quijote' de Welles no fuera lanzada porque, dada su "malograda" leyenda, su "proyección sería muy desalentadora". El crítico británico Clinton Heylin ha escrito una defensa de Welles, ‘Despite the System', que es tan violentamente grosera que hace indigerible su buena investigación.
También tenemos numerosos relatos del propio Welles sobre su vida y carrera, más especialmente en entrevistas con la biógrafa Barbara Leaming y con Peter Bogdanovich (en la colaboración publicada póstumamente, ‘This Is Orson Welles'), que son encantadoras e informativas y que prueban que a Welles le gustaba una buena historia tanto como una buena comida y una mujer guapa. ‘Citizen Welles', de Frank Brady, sigue siendo la biografía de un solo tomo más fiable (a pesar de casi veinte años de investigaciones posteriores), pero está agotada. Sin embargo, la más voluminosa es la extravagancia de Simon Callow, de la que el tomo dos, ‘Orson Welles: Hello Americans', cubre apenas siete años -desde el lanzamiento de ‘Ciudadano Kane', en 1941, a la compleción de ‘Macbeth', en 1948.
Callow dice que terminará su biografía en un tercer tomo. Eso no parece ni posible ni deseable. Todavía le quedan 38 años, que incluyen gran parte de los mejores trabajos de Welles y muchas controversias por resolver. Una mirada al índica de ‘Hello Americans', sugiere que Callow ya ha estado demasiado tiempo ocupado de lo mismo: el tranquilo capítulo y los títulos de la sección en su primer tomo, ‘The Road to Xanadu' (1996), ha hecho hueco para juegos de palabras: ‘Welleschmerz', ‘Wellesafloppin', ‘The Welles of Onlyness'. Atisbos adicionales de cansancio son una serie de errores menores, párrafos incoherentemente largos, una obsesión por los detalles insignificantes (describe lo que ha sido presentado como prueba de la participación de Welles en los asesinatos de la Dalia Negra, antes de desecharlo como demencia) y excesivos fragmentos de reseñas y documentos previamente desconocidos.
Sin embargo, ‘Hello Americans' es un trabajo mucho más sensato y revelador que su predecesor. En ‘The Road to Xanadu', Callow adoptó a menudo un tono de irónico desdén. Muy influido por John Houseman, estaba determinado a hacerle mella a Welles, castigándolo por su arrogancia y fanfarronería, poniendo en duda sus logros, triviales o importantes. Aunque no reconoce su cambio de actitud en el libro, es inconfundible.
Después de haber descrito a Welles como poco más que un mirón de la transmisión en 1938 de ‘La guerra de los mundos', ahora parece considerarla un importante logro de Welles. Acepta como hecho una ("famosa") anécdota sobre Welles, que implica vudú y la muerte del crítico Percy Hammond, que había rechazado previamente como dudosa. Ahora se apoya frecuentemente en la veracidad de las entrevistas de Bogdanovich, sugiriendo que Welles, como Jelly Roll Morton, era un mentiroso inveterado cuyas afirmaciones más escandalosas a menudo resultaban ser verdad.
De mucho más importancia, Callow ya no define el arco de la carrera de Welles como una caída. En el pródigo tributo a Houeseman en sus primeros trabajos, descarta a Welles como "la incontestada gran esperanza blanca del teatro americano que al final terminó en nada". Ahora, después de haber estudiado detenidamente las películas de los años cuarenta de Welles -especialmente ‘El extraño' [The Stranger], ‘La dama de Shanghai' y ‘Macbeth'- se ve obligado a aceptar que Welles pecó menos él mismo de lo que se pecó contra él. Admite que Welles nunca se interesó en Hollywood y que su trabajo más satisfactorio pudo haberse más tarde en sus años de exilio voluntario. Defiende ‘Otelo' y ‘Campanadas a medianoche' [Chimes at Midnight], una debilidad que podría sorprender a lectores de ‘The Road to Xanadu'.
Pues aquí se encuentra el quid del acertijo de Welles, reducido a una sola pregunta: ¿Cuál es su logro más impresionante? Un talentoso joven recibe una compañía cinematográfica, todos sus técnicos y sus fondos casi ilimitados para hacer las películas que quiera, y produce ‘Ciudadano Kane'. Un artista de edad mediana, maduro y con experiencia, testarudamente original, trabajando con poco más que el dinero del alquiler y saliva, hace ‘Campanadas a medianoche' [Chimes at Midnight]. La primera película provocó una revolución en el cine, aunque sólo sugiere lo subliminal de sus obras posteriores. La pregunta implica -como lo hace ‘Hello Americans'- que el debate de Welles ha cambiado de lugar. Normalmente se centraba en la causa de su ocaso: ¿Era culpa de Welles, de las estrellas, del sistema? Ahora es el ocaso mismo es la pregunta.
El problema es que la mayoría de los lectores no pueden responderla, porque ‘Campanadas a medianoche' no se encuentra en ninguna parte -es rara vez proyectada y casi imposible de encontrar en video. ‘Don Quijote' ha sido producida como DVD en una versión editada después de la muerte de Welles, y ‘Al otro lado del viento' [The Other Side of the Wind] no ha sido editado en absoluto. El documental ‘Filming Othello', que no ha sido distribuido nunca ni en teatros ni en videos, es la película que propone una alternativa creativa a la sosería de cabezas parlantes: Welles reunió sus cabezas en un banquete y los dejó beber y la camaradería soltó sus lenguas. Por otro lado, recientes ‘restauraciones' de ‘Toque de maldad' [Touch of Evil] y ‘Mr. Arkadin' demuestran que aunque las versiones de Welles eran mucho mejores que las de los productores, las películas son siempre innegablemente wellesianas.
Callow llega a su evaluación más generosa con algo de reluctancia. En las primeras secciones del libro, cuando trata la carnicería de ‘El cuarto mandamiento' [The Magnificent Ambersons] y la oposición a la película brasileña no terminada de Welles, ‘Todo es verdad' [It's All True], denuncia la sugerencia "ampliamente fomentada por algunos de los defensores de Welles, de que era víctima de una industria cinematográfica cínica y despiadada". Sin embargo, unas páginas después describe las indulgencias en RKO como "aberrantes" y concede que "si no hubiese filmado nada en su vida" excepto el metraje de los pescadores en Brasil, "los fragmentos que sobrevivieron lo habrían marcado como un extraordinario artista del cine". Para cuando detalla la demolición de ‘El extraño' -que Callow provocativa y convincentemente describe como una catástrofe similar a la de ‘El cuarto mandamiento'-, se ha convertido en un defensor burlón.
Incluso así, hay un hoyo en la penosa interpretación de ‘El cuarto mandamiento', la segunda película de Welles, el paraíso perdido del cine estadounidense. El último tercio fue no sólo cortado sino que entregado a las llamas. En la versión de Callow, la renombrada ira de Welles, la ofendida indignación, es apagada casi al punto de su no existencia. Abandonó un rollo completo en Brasil (ahora perdido) y no hizo ningún intento por recuperarlo. El lector espera que Welles aúlle, pero él sigue adelante, mansamente.
Tampoco puede Callow explicar las ambiciones políticas de Welles, que durante tres años lo alejaron de su trabajo como director de cine y teatro mientras trataba de reinventarse a sí mismo como cómico del tipo de Fred Allen, orador liberal y columnista político (para el New York Post). La posición de Welles contra el racismo es genuinamente valiente (Callow lo cuenta mejor y con más detalles que todos los demás) -su cruzada a favor de un veterano negro agredido por un agente de policía en Carolina del Sur condujo a la detención del agente, al mismo tiempo que apresuró su destierro de la radio. Sin embargo, un hombre que terminaba sus transmisiones con la frase espantosamente falsa: "Como siempre, quedo a vuestra entera disposición", no estaba destinado a ser un hombre del pueblo. La mera inmensidad de sus necesidades lo socava. Tiene que hacer siempre más, ser más, exigir más, dar más, crecer más. En un momento, Callow apenas puede amañárselas con todas las bolas que Welles mantiene en el aire: dirige y actúa en ‘El extraño' al mismo tiempo que escribe su legendario y económicamente catastrófica épica en Broadway, ‘La vuelta al mundo en ochenta días' [Around the World in Eighty Days], transmite semanalmente, escribe una columna para el diario y especula con Bertolt Brecht y Charles Laughton sobre la producción de ‘Galileo'. No era un holgazán.
Inexplicablemente, cuando Welles finalmentese puso a rodar una película, ‘Macbeth', con todos los elementos de un estudio, dejó el país antes de empezar el montaje, retrasando su lanzamiento, rehusándose a promoverlo y sin embargo aceptando una versión de dos rollos -fanfarroneándose de que había sido él el que lo había estropeado y no "algún idiota" de Hollywood. El lector se queda sorprendido. Sin embargo, Callow es comprensivo. Ve a Europa como una solución a la difícil vida de Welles en casa, donde los críticos y los estudios por igual lamentan rutinariamente sus abandonos. El gran crimen de Welles fue su genialidad, que estaba obligado a llevar como un hábito de penitencia.
Callow dice poco sobre la vida personal de Welles, incluyendo su matrimonio con Rita Hayworth, que uno podría pensar que le encantaría volver a ver en casa por la noche o en la tarde o en la mañana o a cualquier hora del día. Welles prefería la constante circulación de prostitutas en casa de su productor. Parece haber ignorado completamente a sus dos hijas, aunque incluyó a una en el reparto como el hijo de Macduff. Callow no trata los informes de que Welles quería que una de sus amantes fuera la protagonista de ‘La dama de Shanghai', no la Hayworth. Tampoco agrega nada nuevo a los rumores sobre la supuesta aventura de Welles con Billie Holiday, aunque hace algunas insignificantes referencias a una aventura con Judy Garland.
Sin embargo, sin darse cuenta, hace más deseable ese libro de Orson Welles que no tenemos: la colección de sus escritos: sus discursos (no estaba por encima de la demagogia de Kane), ensayos, columnas, guiones, memoranda, cartas y otros. Callow incluye fragmentos suficientes como para sugerir que el genio tenía más talento que el que podía manejar.

Libro reseñado
Orson Welles. Hello Americans.
Simon Callow
Ilustrado
507 páginas
Viking
$32.95

Otros libros recientes de Gary Giddins son ‘Natural Selection: Gary Giddins on Comedy, Film, Music, and Books' y ‘Weather Bird'.

3 de septiembre de 2006
©new york times
viene de mQh

Murió Glenn Ford


Conocido por su papel en ‘Semilla de maldad' [Blackboard Jungle] y ‘La casa de té de la luna de agosto' ['Teahouse of the August Moon], muere a los noventa.
Glenn Ford, el larguirucho y lacónico actor con una larga y prolífica carrera en el cine y la televisión, que representaba a personajes que iban desde galantes protagonistas hasta golfos de silla de montar, murió el miércoles. Tenía 90 años.
Ford, en los años cincuenta un taquillero actor cuya carrera se prolongó durante más de cinco décadas y más de cien películas, fue encontrado muerto en su casa en Beverly Hills por paramédicos de los bomberos poco antes de las cuatro de la tarde.
En gran parte oculto a ojos del público desde principio de los años noventa, Ford fue festejado por Cinemateca Americana en el Teatro Egipcio de Hollywood en mayo con ocasión de su noventa aniversario. Ford, que había sufrido varios derrames, era esperado para el homenaje pero debió finalmente suspender su asistencia debido a su frágil salud.
En su época, Ford actuó en una serie de memorables películas, incluyendo 'Gilda', ‘Los sobornados' [The Big Heat], ‘Semilla de maldad' [Blackboard Jungle], ‘El tren de las 3:10' [3:10 to Yuma], ‘La casa de té de la luna de agosto' ['Teahouse of the August Moon], ‘Vaya marineros' [Don't Go Near the Water,], ‘El noviazgo del padre de Eddie' [The Courtship of Eddie's Father], ‘Un gángster para un milagro' [Pocketful of Miracles] y ‘Los desbravadores' [The Rounders].
Podía hacer de ambicioso y torcido jugador de cartas, con un redimidor sentido del honor ('Gilda') o de idealista, aunque duro, maestro (‘Semilla de maldad').
De joven, Ford retrató a un dependiente en la época de la Depresión que viajaba a dedo hacia el oeste en ‘Heaven With a Barbed Wire Fence', su primer largometraje en 1939. Como actor dramático de edad mediana, fue el padre putativo de ‘Superman' (1978), en la primera versión fílmica del personaje del cómic.
Y aunque no fue nunca nominado para un Oscar, fue toda la vida un favorito de Hollywood.
Ford, que tuvo un contrato con Columbia Pictures durante muchos años, se llevaba bien con el patrón de su estudio, Harry Cohn, que era famoso por su mezquindad en cuanto al dinero y su encendido temperamento.
Ford contó en una entrevista de 1981 que Cohn lo mandó a llamar cuando él dejó Columbia tras el fin de su contrato y que el patrón del estudio le dio un cariñoso apretón de manos y le dijo: "¿Sabes por qué nos llevamos tan bien siempre, Glenn? Porque nunca me tuviste miedo".
En los años setenta Ford empezó a concentrarse en la televisión, representando al alguacil Sam Cade en ‘Cade's County', y haciendo de narrador en la serie para niños ‘Friends of Man', y del reverendo Tom Holvak, el mísero predicador en ‘"The Family Holvak'.
Su último personaje, en la serie de 1975-1977, se basó, según contó Ford al Times en 1975, en su abuelo Thomas Ford, un pastor rural en Quebec, Canadá, el país natal del autor.

Nació con el nombre de Gwyllyn Samuel Newton Ford el 1 de mayo de 1916, hijo de un ejecutivo de ferrocarriles y dueño de un molino y sobrino de Sir John MacDonald, un antiguo primer ministro de Canadá y descendiente de Martin Van Buren, el octavo presidente de Estados Unidos.
Ford pasó sus primeros años en Glenford, la ubicación de la fábrica de papel de la familia, de donde Ford tomó su nombre profesional.
Cuando su familia se mudó a California tenía siete años, y ya había adquirido el gusto por la actuación. En la Escuela Secundaria de Santa Mónica se destacó como atleta, jugaba lacrosse , y sobresalía en inglés y teatro.
Ford trabajó con numerosos pequeños grupos de teatro y en compañías itinerantes californianas como actor y director de escena antes de incorporarse a la pieza ‘Soliloquy', que terminaría en Broadway, en la que el actor principal era John Beal, en 1938.
Pero cuando la pieza llegó a Broadway, las funciones se suspendieron después de dos actuaciones. Ford volvió a Los Angeles, y 20th Century Fox lo contrató para un papel de cuatro cifras en la película de bajo presupuesto ‘Heaven With a Barbed Wire Fence'.
No fue el inicio más auspicioso.
En una entrevista de 1985 con el Times, Ford recordó que el director Ricardo Cortez le dijo que él nunca llegaría a ser un actor de cine. Pero poco después Ford firmó un contrato con Columbia. Participó en una serie de papeles en películas B hasta su intermedio en el servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial.
Ford se enlistó en el Cuerpo de Marines en diciembre de 1942, después de haber sido miembro de la Guardia Costera Auxiliar durante un año. Tras su licenciamiento en 1945, volvió al año siguiente a la gran pantalla con tres extraordinarias películas: ‘Gilda'‘, ‘Una vida robada' [A Stolen Life], en la que actuó con Bette Davis, y ‘Gallant Journey', una biografía del pionero de la aviación del siglo 19, John Montgomery.
En ‘Gilda', en la que Rita Hayworth descuella con uno de los bailes más eróticos de la historia del cine, Ford fue elogiado por Variety como "un actor mucho mejor de lo que permite el guión".
En 1953, Ford hizo rescribir su contrato con Columbia para poder trabajar con otros estudios. Metro-Goldwyn-Mayer lo presentó como el doctor-marido de ‘Melodía interrumpida' [Interrupted Melody], la historia de la estrella de la ópera Marjorie Lawrence, una víctima de la polio. Esa película, y otras como ‘Rapto' [Ransom] y ‘Vaya marineros' ["Don't Go Near the Water], le significaron delirantes reseñas sobre sus "recientes papeles, maduros y reflexivos" y su actuación "inteligente y profesional".
Fuera de la pantalla Ford jugaba al polo -había aprendido a montar mientras cuidaba los ponis de polo de Will Rogers cuando era adolescente en los años treinta- y fue amigo de toda la vida de William Holden y Hayworth. También trabajó con Actores y Otros Pro-Animales [Actors and Others for Animals], un grupo de defensa de los derechos de los animales.

Se casó cuatro veces. El primer matrimonio, con la bailarina Eleanor Powell en 1943, terminó en divorcio en 1959. Tuvieron un hijo, Peter. Ford se casó con la actriz Kathryn Hays en 1966, pero el matrimonio sólo duró un año. En 1977 se casó con la actriz Cynthia Hayward, una unión que terminó en divorcio en 1984. En 1993 se casó con Jeanne Baus.
Ford pasó un mes en Vietnam del Sur como comandante de la Reserva Naval em 1967. Acompañado por un equipo de filmación del Cuerpo de Marines, filmó locaciones de combate para ‘Global Marine', un documental para el adiestramiento de reclutas.
"La gente que viene aquí de visita y vuelve con opiniones hechas sobre cómo se debe ganar la guerra, está loca", dijo Ford al Times al final de su viaje a la zona de guerra.
"Esta es una guerra viciosa, una guerra única, sin respuestas simples, pero creo que el complicado problema al que hacemos frente aquí no puede ser evaluado y juzgado por nadie que no haya estado aquí".
A mediados de los años sesenta, Ford creó tres roles fílmicos de nivel que enriquecieron su reputación: el desenfadado vaquero de ‘Los desbravadores' [The Rounders], el poli bueno que se torció en ‘La trampa del dinero' [The Money Trap] y en el colono tratando de rescatar a su familia de manos de los indios en ‘Las armas del diablo' [Day of the Evil Gun].
Ford se inclinó hacia un solo género en sus últimos años: las películas de vaqueros, donde los diálogos simples y escasos encajaban bien con él. "No tienes que hablar inglés para saber qué está pasando", dijo una vez al Times. "Siempre he dicho que en el cine sonoro se habla demasiado".
Además, agregó, "las cosas sofisticadas no son mi fuerte. Me siento incómodo con esmoquin".

31 de agosto de 2006
©los angeles times
[viene de mQh

Muere Joseph Stefano


[Dennis McLellan] A los 84 muere el guionista de ‘Psicosis' [Psycho] y ‘Rumbo a lo desconocido' [Outer Limits].
Joseph Stefano, que escribió el guión de la clásica película de suspenso de Alfred Hitchcock, ‘Psicosis' [Psycho] y fue el influyente productor-escritor de la primera temporada de la antología de la serie de ciencia ficción para la televisión ‘Rumbo a lo desconocido' [Outer Limits], ha muerto. Tenía 84 años.
Stefano, que fue operado de un cáncer al pulmón en 2001, murió de un ataque al corazón el viernes en el Hospital y Centro Médico Los Robles, en Thousand Oaks, dijo su mujer Marilyn, 52.
Ex compositor y libretista que se convirtió en guionista y autor de televisión a fines de los años cincuenta, los primeros trabajos de Stefano incluyen ‘Orquídea negra' [The Black Orchid], un drama de televisión de 1958 dirigido por Martin Ritt y con la actuación estelar de Sophia Loren y Anthony Quinn; y un episodio de ‘Playhouse 90' sobre los prejuicios raciales, ‘Made in Japan'.
Después de Hitchcock comprara la opción de la novela ‘Psicosis', de Robert Bloch, 1959, Stefano recibió un ejemplar del libro la noche antes de una reunión con el director para discutir su adaptación a la pantalla.
En una entrevista de 1990 para la revista Media Scene Prevue, Stefano dijo que, con la excepción del final, pensaba que la historia era "débil como narrativa y en personajes".
La novela, dijo, empieza con Norman Bates, el dueño del motel dominado por su madre, y se "concentra demasiado en él. Estoy seguro de que Norman no le iba a gustar a ninguna audiencia el tiempo suficiente como para soportarlo toda la película".
Pero mientras conducía hacia Paramount para su reunión con Hitchcock, Stefano encontró una solución: empezar el guión con el personaje de Marion Crane, que roba 40 mil dólares a su empleador de Phoenix para empezar una nueva vida con su amante, pero que es asesinada después de parar en el Motel Bates.
"El público se engancharía con un personaje que hizo algo mal, pero que era realmente una buena persona", dijo Stefano. "Se sentirían como si ellos, no Marion, hubiera robado esos 40 mil dólares. Cuando ella muere, el público sería la víctima".
Y eso es justamente lo que pasó, dijo.
"Con tanto énfasis inicial en Marion, nadie piensa que la van a matar", dijo. "Cuando ocurre, la gente se queda de una pieza... La idea le gustó a Hitch. Y me dio el trabajo. Matar a la protagonista de los primeros veinte minutos era algo que no se había hecho nunca antes.
"Hitch propuso a una actriz para el papel de Marion porque mientras más conocida la estrella, más inverosímil parecería que la matáramos".
‘Psicosis', con el papel estelar de Janet Leigh como Marion Crane y Anthony Quinn como Norman Bates, fue una sensación, causando impacto entre el público cuando el personaje de Leigh es apuñalada hasta la muerte en la famosa escena de la ducha.
"Creo que ‘Psicosis' inquietaba a la gente de una manera que las películas de horror de antes y después nunca intentaron", dijo Stefano al Times en 1990.
Después de ‘Psicosis', la mayoría de las ofertas que recibió Stefano fue para escribir películas de suspenso, incluyendo la última película de Gary Cooper, ‘Sombras de sospecha' [The Naked Edge], en 1961.
Entre sus otras obras se encuentran la película de horror de 1969, ‘La gata en la terraza' [Eye of the Cat], la película de horror de ciencia ficción de 1987 ‘The Kindred', 1972, la película de misterio y suspenso para la televisión ‘Home for the Holidays', con Jessica Walter y Sallyd Field, y la película dramática de 1995, ‘Un verano para recordar' [Two Bits], con Al Pacino. También volvió a Norman Bates con la película de televisión de 1990, ‘Psicosis IV: El comienzo', con Perkins en el rol protagónico.
"Creo que escribir el guión de ‘Psicosis' me ha hecho más mal que bien", dijo Stefano en 1990. "Después de ‘Psicosis' me ha costado mucho recibir otro tipo de películas que me habría gustado hacer".
Stefano poseía una parte de ‘Rumbo a lo desconocido', que fue transmitida originalmente de 1963 a 1965, y que relanzada en Showtime en los años noventa.
Él produjo la serie original, que fue creada por Leslie Stevens en su primera temporada, y escribió muchos de los epsodios.
"Él hizo que el programa, que había empezado como una serie de ciencia ficción bastante normal, se convirtiera en horror gótico, con pesados trasfondos freudianos", dijo al Times esta semana el periodista cinematográfico independiente Steve Biodrowski, que hizo la entrevista con Stefano para la revista Media Scene Prevue.
Entre los jóvenes actores que aparecieron en varios episodios de ‘Rumbo a lo desconocido' estuvieron Robert Culp, Cliff Robertson, Martin Sheen, Martin Landau, Bruce Dern, William Shatner y Sally Kellerman.
Kellerman, de hecho, dice que Stefano la descubrió.
Estaba todavía trabajando como camarera cuando Stefano la vio en una pieza de teatro y, observando los progresos que había hecho desde que la había visto por última vez en un escenario, le dijo que podría trabajar en una serie de televisión y que le buscaría un papel.
"Seis meses después, sin siquiera saber quién era ni haberlo visto, recibí el guión de ‘Rumbo a lo desconocido' en el correo", dijo Kellerman al Times esta semana. Incluía una nota de Stefano que decía: "Tu papel es Ingrid; la magia es tuya".
"Fue increíble. ¿Cuándo pasan cosas como estas?", dijo Kellerman, que siguió siendo amiga de Stefano. "Joe era tan amable y tan cariñoso. Si Joe decía algo, es que lo pensaba realmente".
Stefano nació el 5 de mayo de 1922, en Filadelfia. Cantaba y bailaba -y escribía sus propios materiales- en la escuela secundaria y montaba pequeñas producciones teatrales. Abandonó la secundaria semanas antes de la graduación, se mudó a Manhattan y empezó su carrera.
Después de recorrer el país como cantante y bailarín en operetas, volvió a la Ciudad de Nueva York y escribió una comedia musical para el circuito alternativo, ‘It's Your Move'.
Stefano, cuyo tímpano roto lo eximió del servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, escribió más tarde canciones para artistas de cabarets y para las revistas del director y coreógrafo Donn Arden. Entre sus canciones que fueron registradas se encuentran ‘One Dream Tells Me' y ‘Heartbeat'.
Durante media docena de años en los cincuenta, también escribió musicales para Ford y otros fabricantes de coches como un modo de introducir nuevos modelos a concesionarios de coches de todo el país de manera entretenida y divertida. En las producciones, que fueron montadas en un teatro en Detroit, participaron Chita Rivera, Phyllis Newman y otros grandes nombres de la comedia musical e incluyeron canciones como ‘Comfort, Convenience and Safety'.
Stefano deja a su mujer y un hijo, Dominic.

31 de agosto de 2006
©chicago tribune
[viene de mQh ]

El Regreso de Chandú 3


Capítulo 3: En Alta Mar. Chandú rescata a la princesa hipnotizada y la aleja de sus enemigos refugiándose en alta mar. Mientras intenta despertarla, el sacerdote de Lemuria trata de volver a secuestrarla.
Efectivamente el coche rompe la barrera y parece que cae al vacío. Pero la verdad es que, a pesar de la velocidad, Chandler logra frenar y el coche queda colgando sobre el precipicio.
"¿Vas a llamar a ***, tío Frank?", pregunta el sobrino. Chandler se pasa la mano por sobre el anillo y empieza a hablar aparentemente solo, aunque se escucha una vez lejana que pareciera ser la de un guía espiritual o dios suyo que le dice que no tema. "Los verdaderos fieles no conocen el temor, hijo mío", le dice la voz. Le pregunta a su dios dónde está la princesa, pero este le dice solamente que tenga fe. De repente, antes de que la voz le revele el lugar donde se encuentra la princesa egipcia, se queda dormido con la cabeza apoyada sobre el volante.
Al despertar el coche empieza a retroceder autónomamente y se aleja del borde del precipicio. Sin que él haga nada, el coche se desliza a toda velocidad por la carretera. Y así, a los pocos segundos, llegan a la casa donde retienen a la princesa. Chandler se acerca a la puerta. Pone la oreja, la empuja, y, como está abierta, entra al vestíbulo. Lo cruza y abre otra puerta. Ahí está el hombre de turbante negro, con dos secuaces a su lados, inclinado sobre la princesa que ya metió en un sarcófago. "Ahora al despertar sólo me obedecerás a mí", la dice.
Ordena a los ayudantes llevar el sarcófago al puerto. "Voy a hacer las preparaciones para zarpar de inmediato", dice, y sale por otra puerta. Los dos ayudantes, que llevan dos monos gorros de orejas puntiagudas, empiezan su tarea. Chandler, que ha vuelto al vestíbulo, vuelve a pasar la mano sobre su anillo y esta vez, en lugar de comunicarse con su dios, se hace invisible.
Entra así a la recámara. Parece que para deslumbrar a los encargados, hace que la tapa de una vasija se deslice sola por los aires. Los tipos se quedan pasmados, pegados al suelo. Para cuando el mago se deja ver y destapa el sarcófago, los dos fieles están inmovilizados. El mago coge en sus brazos a la princesa durmiente y escapa del santuario.
"¡Qué rápido eres, tío!", le dice el robinesco sobrino. Salen a toda prisa. En eso, vuelve el sacerdote, cruza el vestíbulo, entra a la recámara y encuentra embalsamados a los dos ayudantes. Los despierta. "¡Fue Chandú!", gritan, los ojos despavoridos.
A la costa se acerca una embarcación. Aparentemente lleva dentro a Chandú y a la princesa, que sigue durmiendo. En la cubierta una pareja, él el capitán y ella quién sabe, mientras son atendidos por un camarero a la mesa, comentan la situación de la princesa. Lleva cinco días durmiendo, y las artes de Chandú no la han podido sacar de su sopor. "¿Magia negra?", dice ella. El camarero, curiosamente, lleva un turbante y por los ojitos que hace cuando atiende a la pareja queda claro que es un espía de los malos. Chandú/Chandler le pasa la mano por encima de la cara una y otra vez, pero ella no despierta. Digamos de paso que hace cinco días que no se muda, porque luce el mismo vestido que cuando estaba en el sarcófago. "Nadji. Chandú te ordena que despiertes", la dice por enésima vez, mirándola fijamente a los ojos. Y ella, oh milagro, empieza a respirar más pesadamente. Pero no despierta.
En la cubierta, entretanto, un marinero le entrega unos objetos a alguien que no vemos. Un tipo de bigotes, en eso, se asoma por la puerta de la cabina. Justo en ese momento, Chandler se levanta de junto al lecho, se calza una gorra marinera y sale.
En el pasillo se topa con sus dos sobrinos. "¿Llamaste a ***, tío Frank?", pregunta él, mientras el bandido embigotado espía desde otra puerta. Llega el capitán y se marchan. A la sobrina se le ocurre una idea brillante: "¡Vamos a mirar a los peces voladores!", grita entusiasmada.
En la cabina del capitán, Chandler confiesa su incapacidad. En cubierta, los dos sobrinos atisban unas misteriosas luces en la oscuridad de alta mar.
Entretanto, el camarero entra a la recámara donde duerme la princesa. Es seguido por el espía de negro de los bigotes, que se lanza por detrás sobre él y parece que tiene ganas de estrangularlo. Lo arrastra fuera, entran a los empujones por otra puerta y le pega un puñetazo. El camarero se desmaya. El bigotudo le pone una mordaza.
Vuelve el bandido a la cabina de la princesa, cierra la puerta, apaga la luz y se pone a escudriñar por la ventana. Se acerca una lancha blanca. El bandido hace señas con una linterna. "Rómpeles el motor", dice el malo. Se saca la gorra y oh, es nada menos que el sacerdote. Se sienta al borde de la cama y la empieza a hablar a la princesa en una lengua ininteligible, como de mago enloquecido y paranoico.
Entretanto, despierta el camarero. Entretanto, un acólito del sacerdote trata de romper los motores de la embarcación. El sacerdote pasa una mano por sobre la cara de la princesa y esta, oh, despierta finalmente. Se levanta zombi y se dirige a la ventana. Pero el sacerdote prefiere sacarla por la puerta. El camarero termina de desatarse y corre por los pasillos del barquito gritando: "¡Amo! ¡Amo! ¡Vindhyan!" A buen entendedor, pocas palabras. Se echan a correr. En la cubierta, sorprenden -Chandú, el capitán, el camarero y otro señor- al pontífice con la princesa en brazos. Pero el malo saca un puñal y dice: "¡Un paso más, y la mato!"

¿Podrá Chandú salvar a la princesa? ¿La llevará el sacerdote a quién sabe qué tormentos en la misteriosa isla de Lemuria?

El Retorno de Chandú. Capítulo 3: En Alta Mar. 1935 Director Ray Taylor Guión Harry A. Earnshaw Vera M. Oldham R.R. Morgan Adaptación Barry Barringer Reparto Bela Lugosi María Alba Lucien Prival Clara Kimball Young Deane Benton Phyllis Ludwig Cyril Armbrister Murdock Wilfred Lucas McQuard Wilfred Lucas Joseph Swickard Jack Clarck

episodio en moviefix

episodio en netbroadcaster