Siga Ese Taxi
[Mariano Kairuz] Retrato de Lima.
Dispuesto a mostrar la Lima más negada por la cultura peruana, Gianfranco Quattrini dejó su rol de director de videoclips en Argentina (‘Spinetta', ‘Divididos', ‘Catupecu', ‘Vicentico') y volvió a Perú para filmar ‘Chicha tu madre', un retrato de una ciudad y una época marcadas a fuego por los años de Fujimori. Sin bajadas de línea, la película sobre un taxi manejado por un aficionado al Tarot ya es un éxito allá y ahora llega a Buenos Aires.
Gianfranco Quattrini pasó parte de su vida tironeado entre distintas identidades y nacionalidades, y su primer largometraje finalmente nacería, dice, de ese tironeo. Hijo de un abogado suizo y una psicóloga y asistente vocacional peruana, nació hace 34 años en el país de su madre, pasó su infancia en Chicago y los veranos de esa niñez en playas peruanas en las que él era el primo ‘gringo'; para, años después, pasar a ser en Argentina, por largo tiempo, ‘el peruano'. "Y mi escudo era decir que era suizo, porque tenía ese pasaporte", dice. La primera vez que el suizo-peruano-gringo pasó una temporada larga de corrido en el país en que nació fue en 2002, en plena crisis argentina, tras estudiar en la Universidad del Cine porteña y dirigir cerca de 80 videoclips (de ‘Spinetta', de ‘Catupecu Machu', de ‘Divididos'; 'Vicentico' boxeando y blandiendo un sable oriental en ‘Algo contigo'). Hacia allá se fue, explica, cuando la producción de clips había menguado por razones presupuestarias, pero antes que nada con el plan de "cerrar un capítulo de mi vida". Y de allá volvió con ‘Chicha tu madre', una película peruano-argentina.
Tarotaxi Driver
Chicha tu madre se originó en un par de experiencias y anécdotas que Quattrini recogió en poco más de un año, el tiempo que pasó "deambulando" por Lima. Su película está protagonizada por un taxista aficionado al Tarot, pero no se trata de una operación pop ni posmoderna ni de pura bizarría, sino que, dice, si uno quiere encontrarse con una buena historia en Lima, lo mejor que puede hacer es tomarse un taxi. "Los taxis funcionan así como se ve en la película. Uno regatea el precio, no hay ningún sistema de regulación. Lo que pasó fue que Fujimori echó a un montón de gente del estado y desreguló el transporte. Así que le ponías un cartelito al auto, y listo. De hecho, empezó a haber mucha gente que laburaba en la oficina y a la tarde era chofer. Además hay una relación con el taxista diferente: allá, lo normal es sentarse adelante y viajar conversando con el tipo, una interacción a la par. Y como todos los taxistas tenían otro universo alrededor de ellos aparte del taxi, yo tomaba apuntes de cosas que me iban contando".
El Tarot ingresó en el guión no como un mero ornamento para el personaje sino reestructurando toda la narración. Durante un casting, se le presentó un hombre que declaró que no era actor, pero que podía, ya que estaban, leerle las cartas a todo el equipo. Y no con cualquier mazo, sino con el del satanista inglés Aleister Crowley. El hombre, dice Quattrini, encarnaba una "contradicción" que fue clave para crear a su protagonista: "Tenía una gran confianza en su oficio y a la vez parecía vivir una vida a la deriva; tiene un soporte espiritual y a la vez está obligado a ser práctico". La circularidad ‘tarótica' terminó de darle forma al guión, pero a pesar de su insistencia en hablar sobre el destino (y sobre el destino latinoamericano), y así como recorre ambientes populares sin pretender echar una mirada ‘iluminadora' sobre la pobreza ni mucho menos, ‘Chicha...' no es una historia de ribetes trágicos, sino que cuenta una anécdota pequeña sobre algunos personajes a la deriva. "No hay clímax ni grandes transformaciones", dice Quattrini. "Hay una conciencia de estar estancado, y estar estancado en el tarot es la carta del colgado. La que sigue es la de la muerte, cuando uno deja atrás algo. Puede ser un cambio tibio y que nada cambie realmente y uno vuelve a caer en el colgado." Estos destinos circulares penden no sólo sobre el protagonista sino también sobre los personajes secundarios de ‘Chicha...': argentinos que se instalan en Lima, limeños que se vienen a la Argentina. "El que vive acá sabe a dónde está viniendo el peruano, pero el que viene tiene otra ilusión. Hay unos 800 mil peruanos en la Argentina. Y hay un montón de argentinos en todo Perú. El argentino en Perú es como el personaje del DT en la película (Jean-Pierre Reguerraz), que parece recargado en su actuación, pero es así. En Lima yo vivía cerca de los bingos, y me los encontraba a Costas o al Patón Bauza, con mocasines sin medias, la camisa abierta y un medallón, jugando al black jack. Hay un arquetipo que el entorno le impone a uno cuando viaja; y el argentino va de canchero."
Diario y Popular
‘Chicha tu madre' fue un éxito en Perú, donde la vieron 160 mil espectadores, reafirmando el tipo de ‘comunicación popular' con la que Quattrini y la producción decidieron encararla y estrenarla. Decisiones tales como poner en el protagónico al actor de telenovelas (Jesús Aranda) o a vedettes como Tula Rodríguez y Karen Dejo. Ahí están, dice Quattrini y despliega los ejemplares que lo prueban, las primeras planas de diarios limeños que, bajo algún titular catastrófico que alerta sobre el virus que diezmará a la humanidad, se regodean en historias inventadas sobre las estrellas de la película. "Lima tiene un segmento de clase alta muy pequeño, con su núcleo de clase media alrededor y el resto es como otro país. Ese otro país es el que me interesaba contar", explica el director. "A ese país se lo niega: decir que algo es ‘chicha' es decir que es trucho, de mal gusto. La chicha es una bebida a base de maíz morado con limón, que toma todo el mundo. Pero por otro lado la cultura chicha es la cultura popular, efervescente, viva. Decir chicha tu madre es como decir la concha de tu madre; chicha también sos vos."
Dispuesto a mostrar la Lima más negada por la cultura peruana, Gianfranco Quattrini dejó su rol de director de videoclips en Argentina (‘Spinetta', ‘Divididos', ‘Catupecu', ‘Vicentico') y volvió a Perú para filmar ‘Chicha tu madre', un retrato de una ciudad y una época marcadas a fuego por los años de Fujimori. Sin bajadas de línea, la película sobre un taxi manejado por un aficionado al Tarot ya es un éxito allá y ahora llega a Buenos Aires.Gianfranco Quattrini pasó parte de su vida tironeado entre distintas identidades y nacionalidades, y su primer largometraje finalmente nacería, dice, de ese tironeo. Hijo de un abogado suizo y una psicóloga y asistente vocacional peruana, nació hace 34 años en el país de su madre, pasó su infancia en Chicago y los veranos de esa niñez en playas peruanas en las que él era el primo ‘gringo'; para, años después, pasar a ser en Argentina, por largo tiempo, ‘el peruano'. "Y mi escudo era decir que era suizo, porque tenía ese pasaporte", dice. La primera vez que el suizo-peruano-gringo pasó una temporada larga de corrido en el país en que nació fue en 2002, en plena crisis argentina, tras estudiar en la Universidad del Cine porteña y dirigir cerca de 80 videoclips (de ‘Spinetta', de ‘Catupecu Machu', de ‘Divididos'; 'Vicentico' boxeando y blandiendo un sable oriental en ‘Algo contigo'). Hacia allá se fue, explica, cuando la producción de clips había menguado por razones presupuestarias, pero antes que nada con el plan de "cerrar un capítulo de mi vida". Y de allá volvió con ‘Chicha tu madre', una película peruano-argentina.
Tarotaxi Driver
Chicha tu madre se originó en un par de experiencias y anécdotas que Quattrini recogió en poco más de un año, el tiempo que pasó "deambulando" por Lima. Su película está protagonizada por un taxista aficionado al Tarot, pero no se trata de una operación pop ni posmoderna ni de pura bizarría, sino que, dice, si uno quiere encontrarse con una buena historia en Lima, lo mejor que puede hacer es tomarse un taxi. "Los taxis funcionan así como se ve en la película. Uno regatea el precio, no hay ningún sistema de regulación. Lo que pasó fue que Fujimori echó a un montón de gente del estado y desreguló el transporte. Así que le ponías un cartelito al auto, y listo. De hecho, empezó a haber mucha gente que laburaba en la oficina y a la tarde era chofer. Además hay una relación con el taxista diferente: allá, lo normal es sentarse adelante y viajar conversando con el tipo, una interacción a la par. Y como todos los taxistas tenían otro universo alrededor de ellos aparte del taxi, yo tomaba apuntes de cosas que me iban contando".
El Tarot ingresó en el guión no como un mero ornamento para el personaje sino reestructurando toda la narración. Durante un casting, se le presentó un hombre que declaró que no era actor, pero que podía, ya que estaban, leerle las cartas a todo el equipo. Y no con cualquier mazo, sino con el del satanista inglés Aleister Crowley. El hombre, dice Quattrini, encarnaba una "contradicción" que fue clave para crear a su protagonista: "Tenía una gran confianza en su oficio y a la vez parecía vivir una vida a la deriva; tiene un soporte espiritual y a la vez está obligado a ser práctico". La circularidad ‘tarótica' terminó de darle forma al guión, pero a pesar de su insistencia en hablar sobre el destino (y sobre el destino latinoamericano), y así como recorre ambientes populares sin pretender echar una mirada ‘iluminadora' sobre la pobreza ni mucho menos, ‘Chicha...' no es una historia de ribetes trágicos, sino que cuenta una anécdota pequeña sobre algunos personajes a la deriva. "No hay clímax ni grandes transformaciones", dice Quattrini. "Hay una conciencia de estar estancado, y estar estancado en el tarot es la carta del colgado. La que sigue es la de la muerte, cuando uno deja atrás algo. Puede ser un cambio tibio y que nada cambie realmente y uno vuelve a caer en el colgado." Estos destinos circulares penden no sólo sobre el protagonista sino también sobre los personajes secundarios de ‘Chicha...': argentinos que se instalan en Lima, limeños que se vienen a la Argentina. "El que vive acá sabe a dónde está viniendo el peruano, pero el que viene tiene otra ilusión. Hay unos 800 mil peruanos en la Argentina. Y hay un montón de argentinos en todo Perú. El argentino en Perú es como el personaje del DT en la película (Jean-Pierre Reguerraz), que parece recargado en su actuación, pero es así. En Lima yo vivía cerca de los bingos, y me los encontraba a Costas o al Patón Bauza, con mocasines sin medias, la camisa abierta y un medallón, jugando al black jack. Hay un arquetipo que el entorno le impone a uno cuando viaja; y el argentino va de canchero."
Diario y Popular
‘Chicha tu madre' fue un éxito en Perú, donde la vieron 160 mil espectadores, reafirmando el tipo de ‘comunicación popular' con la que Quattrini y la producción decidieron encararla y estrenarla. Decisiones tales como poner en el protagónico al actor de telenovelas (Jesús Aranda) o a vedettes como Tula Rodríguez y Karen Dejo. Ahí están, dice Quattrini y despliega los ejemplares que lo prueban, las primeras planas de diarios limeños que, bajo algún titular catastrófico que alerta sobre el virus que diezmará a la humanidad, se regodean en historias inventadas sobre las estrellas de la película. "Lima tiene un segmento de clase alta muy pequeño, con su núcleo de clase media alrededor y el resto es como otro país. Ese otro país es el que me interesaba contar", explica el director. "A ese país se lo niega: decir que algo es ‘chicha' es decir que es trucho, de mal gusto. La chicha es una bebida a base de maíz morado con limón, que toma todo el mundo. Pero por otro lado la cultura chicha es la cultura popular, efervescente, viva. Decir chicha tu madre es como decir la concha de tu madre; chicha también sos vos."
12 de noviembre de 2006
©página 12

Murió Jack Palance, el actor de voz grave y cara de cuero que fue nominado a una Academy Award por ‘Miedo súbito' [Sudden Fear] y ‘Raíces profundas' [Shane], y que finalmente obtuvo el Oscar casi cuarenta años después como el cascarrabias capataz en la comedia western ‘Cowboys de ciudad' [City Slickers]. Tenía 87 años.
Periodista
Princeton, Estados Unidos. A la sombra de Mount Wachusett, una suave llovizna ha empezado a caer sobre un cementerio a un costado del camino donde John Stimpson está escudriñando una lápida del siglo 18 que se encuentra curiosamente muy bien preservada.
Uno. Hay un pálido consuelo a la hora de saberse víctima de un engaño. Y ese leve alivio es el de que uno recién se sabe estafado (no importa desde cuándo, si fue por un tiempo largo o breve) en el instante preciso en que ese engaño muere. Es decir: la propia noción de la estafa sufrida consume y requiere de apenas unos pocos segundos, y su súbita conciencia duele lo que una inyección que, si hay suerte, inmunizará para la próxima. Después, claro –y aquí vienen las malas noticias–, dedicaremos minutos, horas, días, semanas, meses, años y hasta décadas al cómo es posible que hayamos sido tan idiotas. Lo que me lleva –a partir de aquí hablo a título personal, aunque estoy seguro de que no soy ni seré el único– a la joven actriz Scarlett Johansson.
El director italiano Gillo Pontecorvo, que dirigió el clásico en blanco y negro ‘La batalla de Argel', murió en Roma, informaron el viernes empleados del hospital. Tenía 86 años.
En la cúspide de los locos años veinte, el magnate de la prensa William Randolph Hearst construyó para su amante rubia, la actriz Marion Davies, una extravagante casa en un terreno de cinco acres en la playa en Santa Mónica.
La casa principal de tres pisos y estilo revival georgiano, tenía forma de U, con dieciocho columnas helénicas en la parte de atrás. Davies y Hearst tenían suites conectadas por una puerta secreta. Otras cuatro casas estaban ocupadas por la familia de Davies, huéspedes y más de 30 criados de tiempo completo. En total, el complejo contaba con 110 dormitorios y 55 cuartos de baño.
En los primeros días de la casa de la playa, el ánimo alegre de Davies ocultaba el pánico que sentía por el surgimiento del cine sonoro. En una función en Nueva York de la película ‘The Singing Fool', de Al Jonhson, de 1927, Davies empezó a sollozar, estropeando su maquillaje y susurrando a su acompañante: "¡Es mi ruina! ¡Es mi ruina!"
Wallis Annenberg, la heredera y filántropa de TV Guide, ha prometido casi 28 millones de dólares para el proyecto de la Fundación Annenberg. Annenberg recuerda que, cuando era joven, pasaba gloriosos días de verano en el Sand & Sea Club, donde muchos de sus miembros, como ella, eran judíos. Otros clubes privados tendían a excluir a los judíos.
‘The Last King of Scotland' está ambientada en los años setenta durante el macabro gobierno del presidente de Uganda, Idi Amin, y en muchas de las primeras escenas de la película, la cámara pasa difíciles momentos tratando de encontrar una cara conocida en la que perderse.