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pan y cine y el santo

Bettie


[Stephen Hunter] Su cuerpo y ella. Biografía pone al desnudo fantasías sobre las chicas de calendario de los años cincuenta.
La directora Mary Harron puede tener más coraje que talento, pero vaya qué dosis de talento. Después de encargarse intrépidamente de la detestable ‘American Psycho' en su última película, su nueva producción gira sobre otro estadounidense notorio, pero no demente. En realidad, su punto es la ausencia de ratones en la cabeza de su personaje: ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre la reina de las chicas de calendario de los años cincuenta y dice cosas que no se dicen habitualmente. Gira sobre la exhibición y venta del cuerpo femenino y no cree que sea una idea tan deleznable.
Esta es una propuesta radical. De hecho, hay un pequeño pero distintivo género cinematográfico dedicado al tema de las fotografías de desnudos, que es casi siempre A) negativo y B) generoso en los cuerpos que muestra. La plantilla de la historia es siempre la del chulo y la prostituta, esa vilipendiada relación de manipulación emocional con crueles propósitos: Un charlatán zalamero engatusa a una chica de pueblo chico, de limitado talento pero de despampanante belleza y busto, para que se desnude frente a la cámara. Después de esto nada bueno puede pasar -como testimonian en particular las películas sobre la pobre Playmate Dorothy Stratten, cuyo psicótico marido la mató a balazos. Tal como en las películas de horror, las chicas rápidas muren primero.
Pero ‘The Notorious Bettie Page', con la casi estrella Gretchen Mol en el rol protagonista, argumenta que nadie obligó a Bettie a desnudarse para el señor Speed Graphic; lo hizo porque quería hacerlo, y porque era su modo de expresión. Una y otra vez la película traza mordaces paralelos entre su frustrada carrera de actriz y su exitosa carrera como modelo. Como actriz, Bettie es endeble y torpe y tímida y el método Zen que se le predicó no le hizo nada de bien. Como modelo desnuda es increíblemente impactante y autoexpresiva, tan liberada que, voilá, impregna mágicamente de color sus películas cada vez que se saca la ropa. Olas de melocotón, crema, caramelo inundan la pantalla. La película nos muestra que, incluso de niña, Bettie tenía una apasionada relación con las cámaras. Harron la muestra en su conservadora ciudad natal de Knoxville, Tennessee, en los castos años treinta cuando era adolescente: Cuando sale la cámara, sin más trámite la guapa chiquilla en su vestido de domingo no solamente se anima, sino que se calienta. Repentinamente es una vampiresa, dobla las caderas, se pasa los dedos por sus tirabuzones color caoba, estira los labios y los engorda como si estuvieran picados por avispas.
Y el retrato de Harron de los ‘pornógrafos' que facilitaron la desnudez de Bettie es extremadamente blando. Perdemos el tiempo esperando que alguno de ellos la presione, deslice alguna droga en su bebida, la extorsione emocionalmente de uno u otro modo, y la viole y la haga prostituirse. Eso no ocurre nunca. En lugar de eso, sus mejores amigos son los fotógrafos. Son gente sencilla, incluyendo a un Jerry Tibbs (Kevin Carroll) que hace sesiones fotográficas acompañado de su hija, que va a la escuela básica; el equipo formado por los hermanos sado-masoquistas, Irving y Paula Klaw (Chris Bauer y Lili Taylor), que suministran a la desconcertada Bettie varios artilugios y restricciones a petición de clientes ricos que quieren algo "fuera de lo común"; y finalmente Bunny Yeager (Sarah Paulson), que lleva el famoso Welcome a la postal de Miami Beach. También es Bunny la que toma la foto del cartel que hizo de Bettie un temprana Playmate, aunque Harron no parece ser una fan de Hef y no la convence su auto-promoción. Le ofrece a Playboy, y a todas esas olvidadas revistuchas de los años cincuenta, simplemente otra portada, junto con Tattler y Kitten. Playboy es simplemente la que se olvidó de morir.
Lástima que la historia de Bettie no sea más dramática, pero, en serio, el único momento desesperado que puede evocar la película es el día en que Bettie casi tuvo que declarar ante la Comisión Kefauver.
De otro modo, según dice Harron, la vida de Bettie es bastante tranquila, una vez que puso distancia entre ella y su estricto padre (¿Oímos un susurro de incesto cuando él le dice que suba al primer piso? De cualquier modo, Harron deja el asunto de lado) y de un primer marido con un rápido gancho de derecha. Pero después de llegar a Nueva York, es suficientemente lista como para encontrar trabajo y mantenerse alejada de las camas; todas sus relaciones profesionales son castas. Se desenvuelve con aplomo en el extraño mundo del modelaje amateur en ‘clubes fotográficos', y no pierde tiempo a la hora de deshacerse de sus ropas, avergonzando de paso a un camarógrafo necio. Simplemente se traslada de contacto a contacto en la pintoresca idea de los cincuenta acerca de qué es pasarla bien, que es subir al primer piso y entrar a la tienda de fotos Klaws' Brooklyn. Cuando la siempre jovial Klaws empieza a emperifollarla con accesorios de Sade, no lo entiende. ¿Es un genio? Bueno, difícilmente. Para ella es un chiste, la mala actuación en las películas semi-porno, la atracción del elástico, la tensión del nailon, el látigo y la fusta. Ella, simplemente, no asocia este tipo de juegos de época con las aberraciones sexuales. No puede dejar de reír.
Mol, ciertamente, está hecha para el papel, y aunque está en todas las escenas, de algún extraño modo no lo parece. Puede ser que la película se niega resueltamente a fijarla en su neurosis. En lugar de eso, la ve como un avatar de la auto-determinación que conoce su mejor producto y tiene la intención de estrujarlo al máximo, antes que ver cómo desaparece en manos de algún manipulador codicioso. A este respecto, ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre el control de los medios de producción; ella es su propia materia prima, y no está dispuesta a que a cederla a otros.
Yo también diría que como colección de materiales de archivos sobre Nueva York en los años cincuenta -una legendaria época cuando el mundo de la publicidad estaba a la punta, todo el mundo bebía martini y fumaba y las luces de neón nunca fueron tan brillantes, ni las calles más húmedas ni las fajas más fundacionales-, la película es una obra maestra en cuanto a llevarte a esa época. Las fotografías blanco y negro (las escenas con desnudas son en color) de Mott Hupfel, sin embargo, se ven débiles; no tiene la luminosidad del trabajo de Robert Elswit en ‘Buenas noches y buena suerte' [Good Night, and Good Luck], y mucho menos la de esa pieza maestra de la fotografía, ‘El dulce sabor del éxito' [The Sweet Smell of Success], de 1957, cortesía de James Wong Howe, donde Burt Lancaster podía mirar callejones y tachos de basura y el lejano brillo del neón y hacerte creerlo cuando proclamaba: "Dios mío, adoro esta sucia ciudad".
Bettie también la amaba. La hizo incluso, hay que decirlo, todavía más sucia. Pero a su modo, y sólo en su propio beneficio.

20 de abril de 2006
©washington post
viene de mQh

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