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Idi Amin Como el Oso Yogi


[Wesley Morris] El macabro Idi Amin aparece tan tiránico como el Oso Yogi.
‘The Last King of Scotland' está ambientada en los años setenta durante el macabro gobierno del presidente de Uganda, Idi Amin, y en muchas de las primeras escenas de la película, la cámara pasa difíciles momentos tratando de encontrar una cara conocida en la que perderse.
Hay un montón de opciones. Pero debido a que la película es un confuso cuento con moraleja sobre lo que ocurre cuando extranjeros impresionables se dejan seducir por locaciones exóticas, se nos ofrecen, en lugar de eso, numerosas tomas de nuestro protagonista, un joven doctor blanco llamado Nicolas Garrigan (James McAvoy), que viene desde Escocia a hacer el bien.
Su hogar era frío y terriblemente aburrido. Este nuevo sitio, una ex colonia británica de la que Amin se acaba de apoderar mediante un golpe militar, es exótico, caliente, y se mueve rápido. (Poco después de llegar a suelo africano, Nick se encama con una mujer que conoce en un autobús).
Pronto se dirige hacia una gran asamblea pública y descubrimos que la película ha estado buscando esa cara conocida. Es la de Amin. Contenta, la cámara corre hacia Forest Whitaker, que hace de presidente, y lo enfoca de bastante cerca como para que podamos contar sus poros y admirar sus ojos encapotados. En ese eléctrico momento, se lanza un discurso que conmueve a la multitud.
Aquí entiendes inmediatamente cómo Amin pudo seducir y destruir un país, dejando casi medio millón de personas muertas. Hasta cierto punto, el inocente Nick se enamora a primera vista del obvio poder de Amin, y hasta otro cierto e inquietante punto, también lo hace la película, que Kevin Macdonald dirige con un guión basado en la novela de Giles Foden. ‘The Last King' se excita con el peligro que representa Amin, pero muestra sólo un interés pasajero en la dimensión de su malevolencia.
Después de que Nick se encuentra con un herido Amin y lo cuida a un lado del camino, el presidente termina por nombrarlo su médico personal y más tarde su asesor personal. (Si no fuera ugandés, dice Amin, sería escocés). A su vez, el doctor se mete en una horterada tras otra, aceptando el regalo que le hace Amin de un Mercedes descapotable y soltando frases que no entiende: "Esto es África. Aquí a la violencia se responde con violencia. ¡Otra cosa y te matan!"
Las vidas del doctor y del dictador se enredan. Nick espía a un colega de Amin en un club nocturno e le informa que el hombre debe estar planeando algo malo. Más tarde Nick empieza a encamarse con Kay (Kerry Washington), la esposa más joven y guapa de Amin. La aventura y su espeluznante desenlace se desarrolla en la segunda parte de la película, que se convierte en un ridículo bodrio.
Esta predilección por el romance de culebrón ilumina el mayor defecto de la película. Mientras Kay y Nick se ven a espaldas de Amin, Amin se dedica a sacrificar a miles detrás de las nuestras. La película no expone más que mínimos indicios de las atrocidades (rápidos montajes por aquí por allá) sin culpar directamente al régimen por esos crímenes. La única persona capturada que sufre verdaderamente es el pobre e imaginario Nick.
En este sentido, ‘The Last King of Scotland' se integra a las filas de las películas de pesadilla de inocentes en el extranjero, desde ‘El expreso de medianoche' [Midnight Express'] a ‘Hostel',en las que el desilusionado héroe lucha por volver a la civilización.
Como se trata de la versión africana, el director despliega todo tipo de salvajes adornos, incluyendo la visita de Nick a una casa hechizada que, mortificantemente, la hace acompañado por los eróticos gemidos de la banda sonora. La única persona en la película con algo de cordura es la rubia Gillian Anderson, la esposa británica del médico, a la que vemos por última vez en un autobús lleno de vecinos, saliendo de Dodge. Felices ellos.
En ‘One Day in September', el documental sobre la toma de rehenes en las Olimpíadas de Munich en 1972, y en la película de suspense ‘Tocando el vacío' [Touching the Void], Macdonald convirtió historias verídicas en convincentes docudramas. Aquí, carece de la firmeza moral que se necesita para contar una historia sobre la maldad humana.
Sólo un loco podría salir de esta película pensando que Amin era inocente. Pero sólo un loco podría hacer una película sobre Amin que tratara su inhumanidad como nada más que un defecto de carácter. (Caído en desgracia, en 1979 Amin huyó de Uganda hacia Ira y más tarde Arabia Saudí, donde murió, impenitente, en 2003).
Forest Whitaker tiene el don de desaparecer en el interior de los fracturados estados mentales de sus personajes -pensad en Charlie Parker en ‘Bird' o en el asesino de ‘El camino del samurai' [Ghost Dog]-, lo que lo hacía verse ideal para hacer de Amin.
Pero el guión, de Peter Morgan y Jeremy Brock, le falla, porque Amin carece de una psicología aparente, y sólo tiene el deseo de agradar. Whitaker transmite una intensa mezcla de tics faciales y ominosos manierismos. Pero ¿en qué está pensando? A menudo Whitaker transmite sagazmente una dimensión regresiva en los hombres que representa. Pero si el director quería mostrar el carácter despreocupado de Amin y su dependencia de sus asesores como signos de infantilismo (Nick lo acusa de eso), Whitaker envía al personaje al reino de las caricaturas. Es tan tiránico como Yogi Bear.
Amin puede haber sido un personaje completamente extrovertido. Pero que Macdonald lo filme repetidas veces como una estrella de rock quiere decir que se le ha escapado su propio cuento con moraleja. También refleja una curiosa verdad sobre el poder de Amin. La exposición prolongada a este hombre, incluso en la muerte, puede hacer enflaquecer el juicio de cualquiera. ‘The Last King of Scotland' se la pasa bien convirtiendo la mala educación en un titilante espectáculo de horror.

wmorris@globe.com

4 de octubre de 2006
©boston globe
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Hepburn, Más Allá de la Pantalla


[Janet Maslin] Historia de uno de los cuentos de hadas favoritos de Estados Unidos.
William J. Mann, el último biógrafo de Katharine Hepburn, dice que el padre de Hepburn todavía estaba pagando sus cuentas cuando este arisco y almidonado y práctico símbolo americano tenía 43 años. No que hubiese algo malo en ello: él simplemente usaba el sueldo de su hija para cubrir sus gastos. Y ella puede haber estado demasiado ocupada como para ocuparse de su administración. Lo que pasa es que este detalle, y muchos otros similares que Mann ha reunido en ‘Kate: The Woman Who Was Hepburn', contradice lo esencial de la imagen pública de Hepburn. Y según las evidencias de Mann la imagen pública interesaba mucho más a Hepburn de lo que dejaba ver.
Si el recuerdo de Katharine Hepburn fuera un producto, estaría ahora seriamente sobrevendido. Biógrafo tras biógrafo -entre ellos Garson Kanin, A. Scott Berg y Barbara Leaming- han tratado de empaquetar e inmortalizar la mística de Hepburn. Y todos ellos tenían alguna intención propia. Incluso Hepburn (la autora de ‘Me') no era nada de torpe a la hora de vender la historia de Hepburn.
Ahora todo el mundo con alguna noción incluso superficial del Hollywood clásico ha absorbido algo del folclore de Hepburn. Para empezar, su historia se cruzó con las de George Cukor, John Huston, John Ford, Howard Hughes, Leland Hayward y David O. Selznick. Su relación fuera de la pantalla con Spencer Tracy era tan bien conocida como sus películas.
Ha invitado tanto a la deificación como el rencor, con algo de la rabia extraordinariamente viciosa. Sobre la aparición de Hepburn en ‘Coco', en Broadway, a fines de los años sesenta, Cecil Beaton, el diseñador del espectáculo, escribió: "Es increíble, inverosímil que todavía se pueda exhibir en público".
Mann la exhibe una vez más en público, pero está consciente que es problemático. "Nadie necesita otra biografía más que cuente, otra vez, cómo Spencer Tracy -o Joe Mankiewicz- o algún otro juraron bajarle los humos a la Hepburn", escribe con grata franqueza. Ni nadie necesita reclamarse de una amistad íntima y fluida con la adorable e irascible estrella. Pero Mann tiene un objetivo más frío en mente: examinar razonablemente las diferencias en los modos en que Hepburn decidió presentarse a sí misma y los actos de su vida.
"La brillantez y singular devoción que dedicó a la creación y mantención de su imagen pública debería inspirar sobrecogimiento, especialmente cuando ves todo lo que había detrás", escribe.
Aunque Mann no modela su libro artificialmente como una pieza en tres actos, se convierte naturalmente en una. La primera parte tiene que ver con los años formativos, empezando con la juvenil encarnación de Hepburn de un niño de pelo corto llamado Jimmy. El libro ve esa presencia masculina como una parte fija de su identidad, y quizás la parte más importante.
"No creció para ser el tipo de mujer que es madre", escribe Mann. "Katharine Hepburn creció para ser el tipo de hombre que es padre".
‘Kate' disecciona el mito de la fogosa y combativa familia Hepburn y encuentra algo menos generoso. Sobre el temperamento de su padre, un amigo de Hepburn, Max Showalter, dijo una vez: "Kate cuenta muchas historias de su infancia en que la vemos subiendo a la copa de los árboles, negándose a bajar. ¿Te has preguntando que la hacía hacer eso?"
Aunque ‘Kate' se basa en nuevas e inusuales fuentes e investigaciones y cuenta con numerosas notas, el origen de esta afirmación no aparece especificado. Pero hay que mencionar que Mann no utiliza materiales de los que no pudo encontrar fuentes primarias.
'Kate' deduce que las relaciones posteriores de Hepburn con los hombres reflejaron el matrimonio de sus padres: una mujer aparentemente fuerte e independiente como la sumisa cuidadora de un hombre dominante. Y ve la auto-destrucción y la confusión sexual de su hermano mayor, Tommy (que murió a los quince, aparentemente por suicidio), como cualidades que moldearon los vínculos posteriores de Hepburn.
Mann atribuye bisexualidad a casi todos los hombres con los que Hepburn estuvo relacionada alguna vez. También otorga gran importancia a un hombre llamado Scotty, que gestionaba una gasolinera cerca de la casa de Cukor y dispensaba más que gasolina. Scotty dice incluso que Spencer Tracy fue una de sus parejas sexuales. El libro trata esas revelaciones con más curiosidad que lascivia. Mann sostiene plausiblemente que su verdadero interés es cómo se esculpió y mantuvo la gran fábula del romance Tracy-Hepburn.
El pulpo en el garaje, como lo describe el autor, es por supuesto el afecto de toda la vida de Hepburn por las mujeres. Desde su temprana amiga Laura Harding, que se describía a sí misma como ‘el marido de la señorita Hepburn', a Phyllis Wilbourn, una acompañante de 40 años sobre la que Hepburn dijo: "Phyllis y yo somos una sola", las mujeres figuran prominentemente en la mente de Mann. Su objetivo es menos detectar relaciones lésbicas que reiterar la enorme divergencia entre la imagen pública y privada de Hepburn.
‘Kate' es más interesante en su tercera parte. Describe la larga vida en el escenario de Hepburn después de que sus días de glamour en Hollywood habían terminado. "Las personalidades cinematográficas van y vienen, pero Khatahrine Hepburn tenía la intención que quedarse más tiempo", escribe. "El único modo de hacerlo era convirtiéndose en una institución". Si no hubiese decidido aparecer tan estratégicamente en ‘La reina de África' [The African Queen] (o, en otros momentos, ‘León en invierno' [The Lion in Winter], ‘Adivina quién viene esta noche' [Guess Who Is Coming To Dinner] y ‘En el estanque dorado' [On Golden Pond]), su historia habría sido bastante más corriente.
‘Kate' es un libro gordo y desigual. Y hay partes que se limitan a recapitular o disputar las interpretaciones de otros biógrafos. Pero los puntos fuertes de Mann son su capacidad analítica y sus ingeniosas búsquedas. Y escribe sin veneno; no está indecorosamente obsesionado con los pecados de Hepburn. Así que logra lo que se propone. ‘Kate' es la versión realista de uno de los cuentos de hadas favoritos de Estados Unidos.

Libro reseñado:
Kate. The Woman Who Was Hepburn
William J. Mann
Ilustrado, 621 páginas
Henry Holt & Company
$30

2 de octubre de 2006
©new york times
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Bettie


[Stephen Hunter] Su cuerpo y ella. Biografía pone al desnudo fantasías sobre las chicas de calendario de los años cincuenta.
La directora Mary Harron puede tener más coraje que talento, pero vaya qué dosis de talento. Después de encargarse intrépidamente de la detestable ‘American Psycho' en su última película, su nueva producción gira sobre otro estadounidense notorio, pero no demente. En realidad, su punto es la ausencia de ratones en la cabeza de su personaje: ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre la reina de las chicas de calendario de los años cincuenta y dice cosas que no se dicen habitualmente. Gira sobre la exhibición y venta del cuerpo femenino y no cree que sea una idea tan deleznable.
Esta es una propuesta radical. De hecho, hay un pequeño pero distintivo género cinematográfico dedicado al tema de las fotografías de desnudos, que es casi siempre A) negativo y B) generoso en los cuerpos que muestra. La plantilla de la historia es siempre la del chulo y la prostituta, esa vilipendiada relación de manipulación emocional con crueles propósitos: Un charlatán zalamero engatusa a una chica de pueblo chico, de limitado talento pero de despampanante belleza y busto, para que se desnude frente a la cámara. Después de esto nada bueno puede pasar -como testimonian en particular las películas sobre la pobre Playmate Dorothy Stratten, cuyo psicótico marido la mató a balazos. Tal como en las películas de horror, las chicas rápidas muren primero.
Pero ‘The Notorious Bettie Page', con la casi estrella Gretchen Mol en el rol protagonista, argumenta que nadie obligó a Bettie a desnudarse para el señor Speed Graphic; lo hizo porque quería hacerlo, y porque era su modo de expresión. Una y otra vez la película traza mordaces paralelos entre su frustrada carrera de actriz y su exitosa carrera como modelo. Como actriz, Bettie es endeble y torpe y tímida y el método Zen que se le predicó no le hizo nada de bien. Como modelo desnuda es increíblemente impactante y autoexpresiva, tan liberada que, voilá, impregna mágicamente de color sus películas cada vez que se saca la ropa. Olas de melocotón, crema, caramelo inundan la pantalla. La película nos muestra que, incluso de niña, Bettie tenía una apasionada relación con las cámaras. Harron la muestra en su conservadora ciudad natal de Knoxville, Tennessee, en los castos años treinta cuando era adolescente: Cuando sale la cámara, sin más trámite la guapa chiquilla en su vestido de domingo no solamente se anima, sino que se calienta. Repentinamente es una vampiresa, dobla las caderas, se pasa los dedos por sus tirabuzones color caoba, estira los labios y los engorda como si estuvieran picados por avispas.
Y el retrato de Harron de los ‘pornógrafos' que facilitaron la desnudez de Bettie es extremadamente blando. Perdemos el tiempo esperando que alguno de ellos la presione, deslice alguna droga en su bebida, la extorsione emocionalmente de uno u otro modo, y la viole y la haga prostituirse. Eso no ocurre nunca. En lugar de eso, sus mejores amigos son los fotógrafos. Son gente sencilla, incluyendo a un Jerry Tibbs (Kevin Carroll) que hace sesiones fotográficas acompañado de su hija, que va a la escuela básica; el equipo formado por los hermanos sado-masoquistas, Irving y Paula Klaw (Chris Bauer y Lili Taylor), que suministran a la desconcertada Bettie varios artilugios y restricciones a petición de clientes ricos que quieren algo "fuera de lo común"; y finalmente Bunny Yeager (Sarah Paulson), que lleva el famoso Welcome a la postal de Miami Beach. También es Bunny la que toma la foto del cartel que hizo de Bettie un temprana Playmate, aunque Harron no parece ser una fan de Hef y no la convence su auto-promoción. Le ofrece a Playboy, y a todas esas olvidadas revistuchas de los años cincuenta, simplemente otra portada, junto con Tattler y Kitten. Playboy es simplemente la que se olvidó de morir.
Lástima que la historia de Bettie no sea más dramática, pero, en serio, el único momento desesperado que puede evocar la película es el día en que Bettie casi tuvo que declarar ante la Comisión Kefauver.
De otro modo, según dice Harron, la vida de Bettie es bastante tranquila, una vez que puso distancia entre ella y su estricto padre (¿Oímos un susurro de incesto cuando él le dice que suba al primer piso? De cualquier modo, Harron deja el asunto de lado) y de un primer marido con un rápido gancho de derecha. Pero después de llegar a Nueva York, es suficientemente lista como para encontrar trabajo y mantenerse alejada de las camas; todas sus relaciones profesionales son castas. Se desenvuelve con aplomo en el extraño mundo del modelaje amateur en ‘clubes fotográficos', y no pierde tiempo a la hora de deshacerse de sus ropas, avergonzando de paso a un camarógrafo necio. Simplemente se traslada de contacto a contacto en la pintoresca idea de los cincuenta acerca de qué es pasarla bien, que es subir al primer piso y entrar a la tienda de fotos Klaws' Brooklyn. Cuando la siempre jovial Klaws empieza a emperifollarla con accesorios de Sade, no lo entiende. ¿Es un genio? Bueno, difícilmente. Para ella es un chiste, la mala actuación en las películas semi-porno, la atracción del elástico, la tensión del nailon, el látigo y la fusta. Ella, simplemente, no asocia este tipo de juegos de época con las aberraciones sexuales. No puede dejar de reír.
Mol, ciertamente, está hecha para el papel, y aunque está en todas las escenas, de algún extraño modo no lo parece. Puede ser que la película se niega resueltamente a fijarla en su neurosis. En lugar de eso, la ve como un avatar de la auto-determinación que conoce su mejor producto y tiene la intención de estrujarlo al máximo, antes que ver cómo desaparece en manos de algún manipulador codicioso. A este respecto, ‘The Notorious Bettie Page' gira sobre el control de los medios de producción; ella es su propia materia prima, y no está dispuesta a que a cederla a otros.
Yo también diría que como colección de materiales de archivos sobre Nueva York en los años cincuenta -una legendaria época cuando el mundo de la publicidad estaba a la punta, todo el mundo bebía martini y fumaba y las luces de neón nunca fueron tan brillantes, ni las calles más húmedas ni las fajas más fundacionales-, la película es una obra maestra en cuanto a llevarte a esa época. Las fotografías blanco y negro (las escenas con desnudas son en color) de Mott Hupfel, sin embargo, se ven débiles; no tiene la luminosidad del trabajo de Robert Elswit en ‘Buenas noches y buena suerte' [Good Night, and Good Luck], y mucho menos la de esa pieza maestra de la fotografía, ‘El dulce sabor del éxito' [The Sweet Smell of Success], de 1957, cortesía de James Wong Howe, donde Burt Lancaster podía mirar callejones y tachos de basura y el lejano brillo del neón y hacerte creerlo cuando proclamaba: "Dios mío, adoro esta sucia ciudad".
Bettie también la amaba. La hizo incluso, hay que decirlo, todavía más sucia. Pero a su modo, y sólo en su propio beneficio.

20 de abril de 2006
©washington post
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La Dalia Negra


[Carina Chocano] Adaptación de De Palma es demasiado negra.
Nada más que por horror gótico, su interés como cuento con moraleja sobre sueños rotos en Hollywood y permanente misterio, el espeluznante asesinato de Elizabeth Short, una candidata a estrella del cine cuyo cuerpo mutilado fue encontrado partido por la mitad a unas pulgadas de la acera en un sitio eriazo en el centro de Los Angeles en 1947, continúa ejerciendo una macabra fascinación sobre nuestra psique. O quizás se deba a las campañas de promoción. Como quiera que sea, ayuda a explicar por qué James Ellroy utilizó la historia de la Delia Negra, como llegó a ser conocida, como un trampolín para una novela, pero no por qué emergió de ella en un túrgido pudín de convenciones negras, escabroso melodrama, personajes estereotipados y endebles tramas secundarias más inverosímiles que un cementerio de Praga.
Como el libro que la inspiró, ‘The Black Dahlia', de Brian de Palma, "parece gato por liebre. Los archiconocidos detalles históricos, empapados en grueso y brillante ámbar (¿es una película o un panqueque?), tienen aires de muñecos de cera de mal gusto, completo con el tipo de voz recia de los años cuarenta que, sin duda, convirtió a Edward G. Robinson en un popular invitado de fiestas. Las breves escenas en que vemos a la Dalia Negra misma, tanto como horripilante cadáver en las fotos policiales como la chica triste de una miríada de pruebas cinematográficas, son las cosas más convincentes de la película. Pero incluso ella se pierde en el rebosante enjambre de personajes terminalmente obsesivos y dudosa moralidad, cada uno cargando un bizantino pasado y buques de florido equipaje.
Josh Hartnett, un inocente con corte de pelo Alfalfa, es Dwight ‘Bucky' Bleichert, ex boxeador convertido en poli que accede a participar en un match de publicidad para el Departamento de Policía de Los Angeles, contra otro púgil convertido en poli llamado Lee Blanchard (Aaron Eckhart). Bucky es un niño pobre de Lincoln Heights, y si se ve demasiado joven y demasiado guapo como para sentirse tan cruelmente desilusionado, bueno, no hay más que conocer a su chiflado padre. Se divierte disparándole a las palomas desde su ventana. La muy publicitada pelea les reporta a Bucky y Lee otras peleas publicitarias y marca el comienzo de su amistad, su asociación profesional, su platónico ménage-à-trois y su viaje por la conejera del más puro gótico de Los Angeles.
La chica con suéter en el centro de la trama es Kay Lake (Scarlett Johansson), con la que vive Lee en sospechoso lujo y aparente pecado, aunque nada resulta ser lo que parece. De hecho, poco es lo que parece en la película. Gracias a la persistente voz en off, cada pulgada de espacio entre los personajes es enmasillado con información biográfica y otros rellenos de la trama. Parece que un poli no puede investigar un homicidio en esta ciudad sin abrir una enorme lata de gusanos personales y psicológicos. El resultado es vertiginosamente difícil de seguir, y demuestra ser demasiado para Lee, que poco después de pedir su traslado desde otro caso, al del asesinado de la Dalia, desciende en una espiral de bencedrina que lo envía girando, como una peonza, a una tercera obsesión y derechamente fuera de la película.
Bucky desciende en un mundo de tinieblas de su propia invención, donde conoce a la misteriosa look-alike de la Dalia Negra, llamada Madeleine Linscott (Hilary Swank). Para ser más fatal, a Madeleine sólo le falta disparar rayos letales con sus ojos. El papel es ridículamente vampiresco, y Swank, mascullando con un incongruente acento escocés, lo explota a tope. Una heredera bisexual seducida por los bajos fondos, vive en casa con su corrupto padre autócrata, Emmet (John Kavanagh), un ambicioso inmigrante convertido en millonario de la propiedad inmobiliaria; una madre desquiciada y adicta a los barbitúricos, Ramona (Fiona Shaw); y su perversa hermana menor, Martha (Rachel Miner). Pero ella prefiere gastar el tiempo en bares de lesbianas en Hollywood, y metiéndose con marinos para variar, tal como la chica muerta con la que, según la dicen, se parece. Y Madeleine no es la única con un problema de personalidad: la cordura es realmente escasa. Su prominente familia, por ejemplo, está decadente y extravagantemente en la calle; tan en bancarrota se revela en una escena después de una copiosa cena en la que Shaw, siempre chupando pantalla, ventila los trapos sucios de la familia con la ayuda de un fuerte martini.
Mientras más escarba Bucky, más se hunde en el pantano de corrupción y engaño, perversidad sexual y traiciones que componen el clásico género negro de Los Angeles. (Al menos, no lo obligan a ir al barrio chino). Y mientras más alejados parezcan estos personajes del misterio central, más difícil se torna para la película traerlos de vuelta al sitio del suceso -o más bien, más difícil se le hace expandir el sitio del suceso hasta implicar a todo el mundo. Fue culpa de la sociedad.
Por supuesto que lo fue. El asesinato de Betty Short obtuvo la condición de leyenda como el típico homicidio de Los Angeles, pero proporciona una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar, de culpar a la ciudad por el crimen. Es tarea del pobre Bucky encontrar las piezas dispersas y hacerlas adquirir sentido, lo que hace obedientemente, distrayéndonos de vez en vez con un melodramático floreo. Unas escenas valen el precio de la entrada, por su inspirado camp; en dos de ellas aparece Shaw. Johansson no tiene tanta suerte. No tiene mucho que hacer, aparte de hacer pucheros con unos labios pintados a la perfección y rellenar un suéter, aunque le otorgan una escena de amor en la que un pollo asado de aspecto simpático es sacrificado en el altar de su pasión. Sin embargo, a pesar de algunas divertidas distracciones, ver avanzar la película no es muy diferente a mirar cómo alguien completa un rompecabezas gigante. Eventualmente todo cae en su lugar, pero ya habías visto la imagen en la caja.

The Black Dahlia
Distribución Universal Pictures Dirección Brian De Palma Guión Josh Friedman, basedo en una novela de James Ellroy

15 de septiembre de 2006
©los angeles times

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