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pan y cine y el santo

Un Cura Pedófilo


[Gina Piccalo]'Líbranos del mal' [Deliver Us From Evil], que hace la crónica del legado de abusos de Oliver O'Grady, lo ha convertido en un paria en su tierra.
‘Líbranos del mal', un documental sobre el sacerdote pedófilo Oliver O'Grady y su devastador legado, le ha significado a su director múltiples premios y una nominación al Oscar. Ahora la película está levantando nuevas controversias y litigios desde Los Angeles hasta Irlanda, donde O'Grady vive ahora.
Estrenada en Estados Unidos en otoño pasado, ‘Líbranos del mal' detalla los veinte años de abusos que cometió el irlandés O'Grady en la zona de Stockton, desde 1971 hasta su detención en 1993, y concluye que el cardenal Roger M. Mahony, entonces obispo de Stockton, sabía de los abusos, pero de todos modos trasladó y promovió a O'Grady.
La película muestra a O'Grady dando al director Amy Berg lo que él llama "la confesión más honesta de toda mi vida". Su éxito cinematográfico está no solamente llamando la atención sobre Mahony, sino también ha provocado que más víctimas en Estados Unidos e Irlanda entablen demandas civiles y acusaciones criminales que podrían terminar con O'Grady en la cárcel en Irlanda, donde el delito de abuso sexual de menores no prescribe. Allá, la película ya lo ha convertido en una suerte de paria nacional, reconocido en la calle, acosado por los periodistas y conocido por la policía.
‘Líbranos del mal', que llegó a las primeras planas en Irlanda desde que Lionsgate Films lo estrenara en Los Angeles el verano pasado, tendrá su primera gran proyección hoy en Festival Internacional de Cine de Dublín Jameson.
Defensores irlandeses de víctimas de abuso sexual de menores dicen que la franqueza de O'Grady en la película lo ha hecho vulnerable al vigilantismo, y están preocupados de que el lanzamiento de la película en Irlanda pueda empujarlo a ocultarse nuevamente. El ex sacerdote de 61 años se ha mudado cuatro veces en los últimos dos años, y el celular que tenía en octubre pasado está fuera de servicio. En el otoño pasado, O'Grady le dijo a Berg que se sentía de algún modo aliviado de confesar en la película pero también se preparaba para hacer frente a las inevitables secuelas.

Legado de Abusos
O'Grady viajó por primera vez desde Irlanda a California en agosto de 1971. Sirvió en parroquias en Stockton, Lodi, Turlock y San Andreas. El ex sacerdote fue detenido en 1993, condenado por 21 cargos de abuso sexual de menores y cumplió siete años en la Prisión Estatal de Mule Creek, cerca de Sacramento. En 1998 un jurado adjudicó a dos de las víctimas de O'Grady una suma récord de treinta millones de dólares, que fue más tarde reducida a siete millones. Las nuevas demandas -una presentada por un norteamericano, la otra por un irlandés- están siendo vistas en el condado de San Joaquín, pero ambas mencionan como demandados a la Diócesis de Stockton, así como a la archidiócesis irlandesa de Cashel y Emly. La archidiócesis irlandesa preparó a O'Grady para el sacerdocio y los demandantes, que dicen que sufrieron abusos a manos de O'Grady, aseguran que funcionarios eclesiásticos irlandeses sabían que era un pedófilo antes de su ordenación y destinación en California.
En diciembre, un juez californiano negó al demandante norteamericano jurisdicción legal para demandar a la archidiócesis irlandesa. Esa decisión será recurrida. Los abogados del irlandés dicen que presentarán la demanda a fines de mes.
El fiscal de Stockton, Larry Drivon, que trató el caso de 1998 que envió a O'Grady a la cárcel y ha estado involucrado en 425 casos de abusos por el clero en California, dijo que aunque no es probable que la película redunde en nuevos litigios, presentaba un demoledor retrato de Mahony. Al mismo tiempo, dijo, la película refuerza el conocimiento público sobre los abusos de sacerdotes y alentará a las víctimas a denunciarlos más a menudo.
"Creo que hay niños que deben nacer que nunca serán molestados debido al impacto de esta película", dijo.
En la película, O'Grady dice que él mismo fue victima de abusos sexuales a manos de sacerdotes y que durante varias décadas informó repetidas veces a sus superiores sobre su atracción por los niños.
Sin embargo, a pesar de los informes sobre sus abusos redactados por policías, psicólogos y feligreses en Stockton, Lodi y Turlock, O'Grady no fue nunca removido del servicio. En lugar de eso, fue trasladado y promovido.
La película detalla cómo, como obispo de Stockton, Mahony protegió a O'Grady, que había confesado años antes haber abusado de una niña de once años. En 1984, envió a O'Grady para ser evaluado por un psiquiatra de la localidad, que dijo que el sacerdote tenía un "severo defecto de maduración" y sugirió que "quizás Oliver no es realmente adecuado para el sacerdocio". Sin embargo, Mahony promovió a O'Grady para servir como pastor de una parroquia rural, donde abusó de tres víctimas.
En una deposición en video, partes de la cual fueron incluidas en la película, Mahony dice que no sabía nada de los abusos. Conocía solamente los informes sobre la atracción que sentía O'Grady hacia los niños. Mahony afirma que un sacerdote no debiese ser removido automáticamente por expresar su atracción sexual hacia niños de nueve años.

Retrato en Cuestión
La Archidiócesis de Los Angeles rechaza fuertemente el retrato que se presenta en la película de la supervisión de O'Grady por Mahony. El portavoz de la archidiócesis, Tod Tamberg, dijo en un e-mail que las "acusaciones contra la iglesia" del director Berg, "específicamente contra el cardenal Mahony, son deliberadamente engañosas. La película está lejos de ser una versión completa y correcta de lo que ocurrió y son, en realidad, recuerdos interesados de un criminal manipulador (como O'Grady lo admite en la película)".
Las acusaciones de abusos que han surgido a superficie hace poco, se remontan a 37 años y algunas fueron corroboradas por las declaraciones de O'Grady en ‘Líbranos del mal' y en cartas que escribió a las víctimas.
"La gente tiene miedo y cuando salga esta película, van a tener todavía más miedo si él todavía anda por la calle", dijo un irlandés de 47 años, que dice que O'Grady abusó de él a fines de los años sesenta y principio de los setenta cuando era monaguillo en Limerick y O'Grady estaba estudiando en el Seminario de San Patricio en Thurles. "A fin de cuentas, las cosas contra él se acumulan... Este es un país pequeño y muy pueblerino. Las cosas pueden llegar a primera plana muy rápidamente". Él ha entablado una demanda civil contra O'Grady.
Ann Jyono, de Lodi, que describe años de manipulación y abusos por O'Grady en ‘Líbranos del mal', dice que O'Grady abusó de ella durante una visita de sus padres a Limerick en los años setenta. Planea presentar una demanda criminal contra O'Grady ante las autoridades irlandesas. Si lo juzgan y condenan, O'Grady podría terminar en la cárcel en Irlanda.

Cartas de Disculpas
En una de las escenas más escalofriantes, O'Grady dice que envió cartas de disculpas a varias de sus víctimas californianas. Cuando habla sobre esta correspondencia, O'Grady romantiza sus delitos, sugiriendo incluso que sus víctimas puedan estar ansiosas de oír de él. Otro antiguo feligrés de Lodi, ahora un hombre de 43 años con dos hijos jóvenes, entabló una demanda civil contra él en diciembre, después de que Berg le entregara una carta de disculpas de O'Grady.
El hombre, identificado en la demanda como "John DHD Doe", dice que sufrió tres años de abusos sexuales, de los ocho a los once años, en episodios que siempre tuvieron lugar en la casa del párroco. La carta de O'Grady era la prueba que necesitaba para contárselo a su familia.
"Todavía no puedo poner en palabras lo que me hizo", dijo en una llamada reciente. "Tengo ganas de llorar. No puedo hablar".
A cambio de un estipendio mensual de ochocientos dólares de la Diócesis de Stockton, que empezará a los 65, O'Grady abandonó voluntariamente el sacerdocio. Fue deportado a Irlanda en 2001 y vive en Thurles desde hace cuatro años, y está siguiendo un tratamiento psiquiátrico para su pedofilia en el Instituto Granada de Dublín. La Diócesis de Stockton paga la terapia de O'Grady. Después de que fragmentos de la deposición de O'Grady de 2005 fueran transmitidos en Irlanda, O'Grady desapareció. En la película, se lo muestra caminando por las calles de Dublín, con una maleta en la mano. Periodistas irlandeses lo descubrieron en el otoño pasado cuando ‘Líbranos del mal' fue estrenado en Estados Unidos. Estaba viviendo en un modesto apartamento dublinés.
A O'Grady parece gustarle la atención. Dijo a periodistas del Mirror irlandés que él se inscribiría voluntariamente en el Registro Nacional de Delincuentes Sexuales (no fue incluido, por razones que no están claras) y que había dejado de abusar de niños. Y aunque vive a apenas unos metros de un jardín de recreo, dijo al diario: "Tomo precauciones para no entrar en contacto con los niños... A menudo veo a niños en el autobús, y me doy cuenta, ‘Cielos, estoy en un bus con niños', pero no soy una amenaza".
Un artículo de periódico declaraba a O'Grady "peor que Charles Manson o Jack el Destripador". Tras estos informes, O'Grady volvió a desaparecer.
A mediados de diciembre, se apareció por una tienda de artículos de arte al norte de Dublín, pidiendo a su dueño, según se dice, "papel de color del que usan los niños". El dueño de la tienda lo reconoció y se negó a venderle.

Continúa Pesquisa en Los Angeles
En Estados Unidos, la investigación criminal de la Archidiócesis de Los Angeles y de Mahony continúa ahora que el despacho del fiscal de distrito del condado de Los Angeles ganó el litigio para obtener acceso a los historiales personales del clero.
"Queremos que la gente sepa que todavía estamos investigando", dijo Sandi Gibbons, portavoz del despacho del fiscal de distrito. "Durante mucho tiempo fuimos bloqueados por las acciones de la archidiócesis para impedir el acceso a los historiales. La investigación está de nuevo bien encaminada".

gina.piccalo@latimes.com

18 de febrero de 2007
17 de febrero de 2007
©los angeles times
viene demQh

Espía Doble del Opus Dei


[Desson Thomson] ‘Breach' explora nuevo ángulo en la historia del topo del FBI, pero seis años después el misterio de por qué lo hizo sigue intacto.
¿Por qué el más importante cazador de espías del FBI -un guerrero de la Guerra Fría que profesó su amor por Dios, la familia, la patria y J. Edgar Hoover- vendió a los rusos los secretos más delicados del país?
Es una pregunta que sigue sin respuesta en Washington, la ciudad donde Robert Hanssen fue detenido el 8 de febrero de 2001, por la peor filtración de seguridad en la historia del FBI.
Desde entonces ha desconcertado no sólo a su familia, amigos y colegas, sino también un número incontable de autores, psicólogos forenses, criminalistas y analistas de inteligencia. Y, además, esa pregunta se agrava por el enigma de Hanssen mismo: un agente del contraespionaje que durante 22 años entregó materiales clasificados a los gobiernos rusos y soviéticos sin ser detectado; un devoto de la orden católica Opus Dei, que invitaba a un amigo a observarlo cuando hacía el amor con su mujer; que compró un Mercedes-Benz para una striptisera de Washington; y que estaba obsesionado por la pornografía.
Seis años después de la captura de Hanssen, una nueva película se vuelve a hacer esa desconcertante pregunta con una historia previamente desconocida: la de Eric O'Neill, un operativo de vigilancia de 27 años cuyo trabajo era vigilar estrechamente a Hannsen mientras el FBI actuaba para atraparlo. La historia de O'Neill no aparece en ninguno de los varios libros que se escribieron sobre Hanssen desde su captura porque -hasta hace poco- el FBI le prohibió hablar públicamente.
Dirigida por Billy Ray, ‘Breach' no ofrece revelaciones del estilo de ‘Rosebud' para explicar la traición de Hanssen. Pero coloca al público en la misma desconcertante situación en la que se encontró O'Neill mismo (Ryan Phillippe) en enero de 2001: posando como el ayudante de oficina de Hanssen (Chris Cooper), ganándose su confianza e informando sobre todos sus movimientos hasta que el agente doble cometió el error crucial que provocó su detención. Hanssen fue arrestado un mes más tarde, después de meter una bolsa para la basura llena de materiales clasificados debajo de una pasarela en el Parque Foxstone en el condado de Fairfax -una ‘remesa' de espías destinada a sus contactos rusos.
"Creo que debe haber unas 500 historias que se pueden contar sobre Hanssen", reconoce Ray. "Después de todo, había quinientos agentes trabajando en ese caso. Pero de los quinientos, sólo había uno que pasaba encerrado con él en el mismo cuarto todos los días: Eric".
Hanssen, que cumple 63 años en abril, pasará el resto de su vida en la cárcel federal Supermax en Florence, Colorado. Sólo después de reconocerse culpable en 2002 -y después de la mayoría de la media docena de libros publicados sobre el caso- O'Neill fue finalmente autorizado a contar su historia. Y llevó su proyecto de ‘Breach' a Hollywood.
Lo que explica por qué el Eric O'Neill verdadero y Ray llegan a estar juntos en un restaurante -justo al otro lado de la calle de la sede del FBI- para revisar el incomprensible acertijo que es Robert Hanssen.
Los dos reconocen que ellos están contando sólo una pequeña parte de la historia y concuerdan en que, en términos de explicar los motivos de Hanssen, ‘Breach' sólo puede ofrecer conjeturas informadas. Pero eso es lo más cerca que pueden hacer para invocar al espía, insiste Ray, que ha leído todas las investigaciones disponibles sobre Hanssen y puede recitar de memoria las teorías existentes sobre él.
"Su padre dijo que él era un perdedor", empieza Ray. "No quería quedar mal ante su esposa. Estaba indignado porque lo habían pasado por alto en los ascensos. Los rusos lo trataban como si fuera James Bond y eso fue lo que lo hizo actuar".
Pero Ray, cuya película de 2003 ‘El precio de la verdad' [Shattered Glass] exploraba los motivos de otro intrigante de Washington, el periodista embaucador Stephen Glass, tiene su propia interpretación.
"La verdad es que no lo conocemos", dice Ray, 43, de aspecto juvenil y voz suave. "¿Y, por último, importa por qué hizo lo que hizo? Su mujer tendrá que pensar por qué hizo lo que hizo. Pero yo no gasté demasiado tiempo pensando en esto. Creo que Chris Cooper pasó un tiempo pensando en esto. ¿Por qué escribió Stephen Glass todo esos artículos falsos que escribió? Te puedo ofrecer cincuenta razones -todas totalmente válidas. Pero a fin de cuentas, lo hizo. Y yo creo que, en última instancia, eres lo que haces".
Para Ray, lo esencial era que Hanssen "carecía de timón moral. Carecía de esa parte de las reacciones instintivas que te dice: ‘No puedo hacer esto. Es ilegal. Es inmoral, peligroso y equivocado'".
"Creo que el timón moral estaba ahí, pero simplemente lo ignoraba", contrarresta O'Neill, un hombre pulcro y de ojos brillantes de 33 años, ahora abogado de contratos del gobierno en Washington. "Sabía lo que era correcto, pero se inventaba excusas. Y debido a que su religión era tan importante en su vida -y él sabía que estaba haciendo cosas inmorales, dañando a otros-, creía de sí mismo que era malo y que estaba condenado".
Irónicamente, ‘Breach' es también fascinante por lo que no dice, y por cómo estas historias -encontradas en numerosos artículos y en libros documentales como ‘Spy: The Inside Story of How the FBI's Robert Hanssen Betrayed America', de David Wise, y ‘The Bureau and the Mole', de David A. Vise- plantean interrogantes todavía más desconcertantes sobre Hanssen.
"A fin de cuentas, ¿quién conoce el alma de un espía doble?", se pregunta el autor de ‘Spy', Wise. "¿Sabe un espía qué lo impulsa a traicionarlo todo: a su mujer, a su país, a sí mismo? Es un asunto complicado".
En el caso de Hanssen, mientras más cosas descubren estos escritores, más siniestro y más elusivo se vuelve el espía.
En un artículo de 2001, el autor de asuntos de espionaje James Bamford, que conoció personalmente a Hanssen, recuerda que a Hanssen "le gustaba hablar de la inmoralidad del aborto y de los peligros de la Paternidad Planificada". Y cuando Bamford finalmente accede, a petición de Hanssen, a asistir a una de las reuniones del Opus Dei, el hombre del FBI "se deleitaba en esa sociedad cerrada de creyentes devotos, como un hermano de una fraternidad dando la mano según un ritual secreto".
Pero "oculto en lo más profundo de esa fachada devota y anticomunista", escribió Bamford en el New York Time Magazine, "había una psiquis desconcertante, bifurcada. Un doctor Yekyll y míster Hanssen".
Un hombre solitario, alto y melancólico -apodado el ‘empresario de pompas fúnebres' por los oscuros trajes que llevaba siempre-, Hanssen llevó una misteriosa doble vida en prácticamente todas las facetas de su vida. Como director de la unidad soviética del FBI, estaba a cargo de desenmascarar a espías enemigos, pero, de acuerdo a documentos judiciales, libros e informes publicados, se estima que durante 22 años recibió 1.4 millones de dólares por entregar materiales clasificados a los regímenes soviéticos y rusos.
(Esos materiales incluían detalles de los planes de contingencia del gobierno norteamericano para sobrevivir un ataque nuclear, las identidades de agentes soviéticos que trabajaban para Washington, y la existencia de un túnel de espionaje de varios millones de dólares construido debajo de la embajada soviética aquí).
Hanssen se escabullía temprano del trabajo para poder asistir a las manifestaciones contra el aborto, pero no tuvo escrúpulos para enviar a tres hombres a la muerte -agentes dobles rusos cuyas identidades vendió a Moscú. Y de acuerdo al libro de Vise, Hanssen no trabajó nunca tanto para los enemigos de su país que cuando entregó informaciones comprometedoras para el gobierno de Clinton sobre el intento de encubrimiento de las contribuciones financieras de la China comunista.
"Tienes que entender que él estaba compartimentado", dice Vise. "¿Cómo, si no, podía estar casado y ser padre, ir a misa todos los días y cometer traición al mismo tiempo?"
De acuerdo a los libros de Wise y Vise y otros, Hanssen pasaba parte de su tiempo secular en ‘clubes de caballeros' en el centro de Washington. Trabó amistad con varias striptiseras, incluyendo a Priscilla Sue Galey, a la colmó de varios miles de dólares en dinero y joyas. (Es a ella a quien le compró el Mercedes).
En una ocasión llevó a Galey a Hong Kong, mientras asistía a una conferencia del FBI allá. Sin embargo, para su sorpresa, Hanssen nunca intentó acostarse con ella. Él estaba, le dijo, tratando de acercarla a Dios. Sin embargo, nunca informó a su esposa Bonnie sobre su trabajo como misionero.
La película sólo alude a esto, pero en la mayoría de los libros sobre Hanssen, este reservó la peor traición a su mujer, Bonnie -la que, por las condiciones de su pensión, no puede hablar sobre su marido con periodistas. Aparentemente la adoraba, pero sin embargo difundió materiales sobre sus relaciones sexuales en internet, e incluso instaló una cámara de vigilancia secreta en su dormitorio -sin que ella lo supiera- de modo que un amigo de su infancia pudiera mirarlos cuando hacían el amor durante sus visitas.
Este hombre terriblemente reservado también quería ser descubierto, dice Vise; "de otro modo, a sus ojos, el mundo nunca tendría la posibilidad de ver lo demoníacamente inteligente que era, logrando evitar que lo descubrieran durante dos décadas".
Eso estaba claro para O'Neill ese día de enero de 2001, cuando entró a la oficina de Hanssen para empezar su misión clandestina. Como muestra la película, su nuevo jefe lo instruyó de inmediato sobre el tipo de espía al que había que buscar. Sería en "el peor lugar posible", tratando de causar el mayor daño y por el mejor arreglo económico.
"Y ahí estaba él", dice O'Neill. "Al otro lado del escritorio, sentado en el peor lugar posible, con acceso a todo. Así que empecé esa relación pensando: ‘¿Estamos jugando al gato y al ratón? ¿Quién es el gato, quién el ratón? ¿Es simplemente mi tutor o me está diciendo: ‘Sé lo que está pasando. A ver si puedes descubrirme. No puedes, porque no eres más que un estúpido cadete'".
Pero O'Neill tuvo la última palabra en ese crisol de relación. El día del inminente arresto de Hanssen, sabiendo que nunca lo volvería a ver libre, O'Neill se despidió de él de otro modo que como acostumbraba.
"Le dije: ‘¿Jefe?" Se volvió y me dijo: ‘¿Sí?' Le dije: ‘Lo alcanzaré más tarde'".

15 de febrero de 2007
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Orígenes de Aníbal el Caníbal


[Douglas E. Winter] Un monstruo que quiere justicia y venganza.
Cuando lo vimos por última vez en las novelas de Thomas Harris, el doctor Aníbal Lecter -psiquiatra clínico, cerebro criminal y macabro sibarita- estaba bailando con la ex agente del FBI, Clarice Starling en una terraza de Buenos Aires. El desconcertante final de ‘Aníbal el Caníbal' [Hannibal] (1999), que sugería que Clarice había sucumbido ante los químicos de Lecter, si no ante su encanto, fue descartado en la versión cinematográfica en favor de (¿nos atreveremos a decirlo?) una confección más digerible. Ahora Harris elude la disonancia de estos finales alternativos escribiendo una protosecuela llena de suspenso, ‘Hannibal Rising', un retrato del caníbal cuando era joven.
La novela también concluye la transformación de Lecter de némesis en antihéroe. Introducido por un personaje secundario en ‘El dragón rojo' [Red Dragon] (1981), luego llevado al centro del escenario como el maléfico tutor Starling en ‘El silencio de los corderos' [The Silence of the Lambs] (1988) y ‘Aníbal', Lecter suplanta al profesor James Moriarty como el popular y ficticio canalla. Con ojos de color granate, de seis dedos y más allá de todo diagnóstico, alcanzó la infamia por más de un crimen -quizás más famosamente por haber comido el hígado de un censista, con "habas y un gran Amarone". Encerrado en un hospital para dementes criminales, se convierte en la eminencia gris de los crímenes en serie y de la manipulación psicológica, capaz de hacer llorar a sus visitantes y de conducir al suicidio a otros reclusos. Su tenebrosa presencia estimuló los siniestros y cada vez más raros anti-misterios de Harris, cuyos detectives resolvían crímenes grotescamente violentos sólo dejando de lado la deducción y la ciencia forense para adoptar la demencia y lo inhumano.
Con ‘Hannibal Rising', Harris hurga profundamente en la historia de Lecter y desentierra una fundamental necesidad de justicia sólo insinuada en los libros anteriores. Presentada con una estructura serial conveniente, la historia empieza en los años treinta en Lituania, en el bucólico Castillo Lecter, hogar de los aristocráticos descendientes del caudillo militar de la Edad Media, Aníbal el Severo. Después de fugaces presentaciones de sus tocayos a los ocho y trece años, la novela se asienta para su acción central, cuando Aníbal Lecter tiene dieciocho -pero después de que su dulce infancia es ensangrentada y cicatrizada por la blitzkrieg de Hitler, la ocupación soviética y los miserables colaboracionistas lituanos que saquean la propiedad de la familia y matan a la adorada hermanita de Aníbal, Misha, para comérsela. "Su corazón murió con Mischa", se nos dice -pero entonces nació su apetito.
Huérfano y solo, Aníbal se convierte en pupilo de su tío, cuya encantadora mujer, Lady Murasaki, supervisa su domesticación en el París de posguerra, introduciéndolo al haiku, a la ópera y, por supuesto, a las artes culinarias, donde su educación demuestra ser transcendente: "Los mejores trozos del pescado son las mejillas. Lo mismo es verdad de muchos animales". Experto en anatomía -y arte, un elemento definitorio de las cuatro novelas de Lecter-, el precoz muchacho de dieciocho entra a la facultad de medicina, donde perfecciona su talento para el crimen. El hallazgo de una reliquia de la familia -una pintura saqueada- en una galería parisiense, reenvía a Aníbal al sitio del asesinato de su hermana, donde encuentra las placas de identificación de sus asesinos: esos carroñeros lituanos, ahora activos en una red de trata de blancas y mercado negro que va desde el bloque soviético hasta Canadá. La cacería empieza, y sus terribles y dramáticas muertes a manos de Aníbal lleva la historia a una conclusión igual de apropiada que anunciada.
La escritura de Harris es confiada, con elegantes giros de tiempos y puntos de vista; quizás es la trama concentrada o el estilo insistentemente visual que admite la inevitable adaptación al cine, pero simplemente en términos de oficio, ‘Hannibal Rising' es demostrativamente su mejor novela. Y hasta sus últimas páginas nos protege de las macabras frases ingeniosas que, demasiado a menudo, definen la persona cinemática de Lecter.
Luego la venganza lleva a Aníbal a Estados Unidos y su residencia en la Universidad John Hopkins; pero los fanáticos se alegrarán de saber que todavía quedan veinte años inexplorados, sus historias todavía desconocidas, hasta su fatídico encuentro con Will Graham, el técnico del FBI que lo llevó (aunque brevemente) a la justicia.
Esos veinte años representan todo un reto para Harris. En ‘Hannibal', un camillero observa que Lecter prefería víctimas meritorias, olvidando a los agentes que habían muerto cumpliendo su deber y el encuentro casi fatal de Graham con la cuchilla de linóleo de Lecter. En ‘Hannibal Rising', el castigo de Lecter es casi heroico: justificado, incluso perversamente honorable. Que sea ilegal y horrendo parece ser, en el contexto más amplio, casi trivial.
Pero la venganza es lo que agentes de policía y psiquiatras e incluso autores de reseñas bibliográficas llaman motivo, algo humano y explicable -a diferencia del Aníbal Lecter que cautivó primero nuestra imaginación. A medida que ‘Hannibal Rising' se acerca a su conclusión, el inspector de policía francés, Popil -que, como observa Lecter maliciosamente, "nunca sabrá nada sobre mis gustos"-, confirma lo que las novelas anteriores nos habían enseñado: "¿Qué es él ahora? No existe una palabra para ello. A falta de un término más apropiado, lo llamaremos monstruo". Sin embargo, conociendo su origen, Aníbal Lecter y su creador deben consideran el destino de otros muchos monstruos, reales e imaginados: "Mientras más sabemos sobre ellos, menos temibles nos parecen".

Libro reseñado:
Hannibal Rising
Thomas Harris
Delacorte
327 pp.
$27.95

15 de febrero de 2007
8 de febrero de 2007
©washington post
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Bezzerides, Parco y Proletario


[Tom Vallance] El guionista del cine negro era el preferido de estrellas como Humphrey Bogart y Robert Mitchum.

Albert Isaac Bezzerides, novelista, guionista, camionero e ingeniero, nació en Samsun, Turquía, el 9 de agosto de 1908; casado dos veces (un hijo, una hija); murió en Woodland Hills, California, el 1 de enero de 2007.
El ex camionero e ingeniero que se convirtió en novelista y guionista, A.I. Bezzerides se caracterizó en una escritura severa, sin pretensiones, que escribió concisos diálogos para varias películas ‘sociales' de Warners en los años cuarenta, incluyendo el clásico road movie ‘La pasión ciega' [They Drive By Night].
Su estilo parco era preferido por héroes de la pantalla de la estatura de Humphrey Bogart, George Raft y Robert Mitchum, y alcanzó particular fama con su apasionante adaptación, asombrosamente nihilista, de la policial ‘El beso mortal' [Kiss Me Deadly] (1955), convirtiendo un tomo de literatura barata en una de las películas de cine negro más logradas, que es considerada como la obra maestra de su director Robert Aldrich y la más importante influencia de la new wave francesa.
Nacido en 1908 en Turquía, de madre americana y padre griego, Albert Isaac Bezzerides tenía sólo un año cuando sus padres emigraron a Estados Unidos, donde creció en el Valle de San Joaquín, una zona en Fresno, California, reputada por su abundancia de patios frutales y densamente poblada por inmigrantes de Armenia y Europa.
‘Buzz' Bezzerides trabajó primero como camionero, luego estudió ingeniería eléctrica en la Universidad de California en Berkeley, antes de dejarlo para trabajar como ingeniero mientras realizaba su ambición de escribir. Su primera novela, ‘The Long Haul', de 1938, basada en sus propias experiencias como camionero, fue comprada por Warners y se convirtió en la película ‘La pasión ciega' (1940), adaptada por Jerry Wald y Richard Macaulay.
George Raft y Humphrey Bogart aparecieron como choferes de transportes que luchan contra la explotación y la fatiga cuando trabajan para empezar sus propias empresas. Ann Sheridan es la camarera del restaurante cuyas conversaciones con los camioneros flirteaba con los límites del código Hays; la película presentaba un panorama convincente del ambiente de los camioneros. Con la dinámica dirección de Raoul Walsh, la película fue un éxito, tanto de taquila como de crítica.
El estilo de Bezzerides y su inclinación por lo que el novelista George Pelicanos llama la ‘literatura proletaria' se correspondían con la reputación de los estudios Warner de preferir las películas polémicas, contundentes y duras, y le ofrecieron un contrato. "Había estado trabajando como ingeniero en el Departamento de Agua y Electricidad, escribiendo en mi tiempo libre", recordó Bezzerides: "Había escrito dos novelas, ‘The Long Haul' (1938) y ‘Mercado de ladrones' (1949). Se basaban en cosas que había visto con mi padre, o solo. Yo trabajaba con mi padre, en los camiones, yendo al mercado a comprar mercaderías. Había corrupción y trataban de estafarte. Cuando vendía uva, la casa empaquetadora lo estafaba en el precio para venderlas más caras en Nueva York. Cuando yo fui chofer de camión no lo toleraba. Un tipo trató de robarme de esa manera, así que cogí una viga, dispuesto a matarlo".
Su primera película profesional fue ‘Juke Girl' (1942), una historia sobre los jornaleros itinerantes de Florida, rodada casi enteramente en locación en Salinas, California. Ann Sheridan y Ronald Reagan fueron las estrellas de la infravalorada película, que contaba las penurias de los campesinos en manos de despiadados barones de la tierra. Bezzerides escribió entonces el diálogo para la inyección moral de Bogart sobre la guerra en el mar en ‘Acción en el Atlántico Nortre' [Action in the North Atlantic] (1943), aunque John Howard Lawson se llevó los créditos de pantalla.
Tras mudarse a Paramount, Bezzerides colaboró con Robert Rossen, en el guión para el ricamente colorido melodrama de ‘Furia del desierto' [Desert Fury] (1947), con Lizabeth Scott, Burt Lancaster y John Hodiak como sus protagonistas, pero recordada especialmente por sus (para la época) descaradas insinuaciones de que el matón jugador de Hodiak (Wendell Corey) tiene sentimientos homosexuales hacia su jefe. En 1949, se filmó la segunda novela de Bezzerides sobre camioneros, ‘Mercado de ladrones', con el mismo título, y el autor se encargó del guión. Dirigida por Jules Dassin, es altamente considerada, aunque Bezzerides objetó algunos cambios que tuvo que hacer. Recordaba, cuenta Dassin: "Quiero a Valentina Cortesa como la prostituta, así que rescríbela para ella". Él tenía que trabajar con ella. Íbamos a tener a Shelley Winter, la que hubiera sido perfecta. Esta italiana, Cortesa, ¿qué tenía que hacer en esta historia? Pero la rescribí".
A Bezzerides le pidió entonces Humphrey Bogart, que había empezado su propia compañía de producción, que rescribiera el guión de ‘El traficante' [Sirocco] (1951), una historia de traficantes de armas de los años veinte, en Siria. No fue una película muy distinguida, y ‘Sirocco' es recordada principalmente por el comentario que hace su heroína, Marta Toren, a Bogart: "Eres tan feo. ¿Cómo puede un hombre tan feo, ser tan guapo?"
Para ‘La casa en la sombra' [On Dangerous Ground] (1952), Bezzerides hizo un convincente retrato de un violento poli (Robert Ryan), que es "violento con los delincuentes, porque puedo racionalizarlo. Para él, los criminales son criminales, no gente". Enviado al norte del estado a una comunidad rural a resolver el asesinato de una niña, el poli aprende la compasión con la hermana ciega (Ida Lupino) del asesino y en el guión original de Bezzerides, vuelve a la ciudad con una nueva perspectiva. Bezzerides la describió como una "super película".
Pero no le satisfizo ‘La huella del gato' [Track of the Cat] (1954), que escribió para el director William Wellman:

"Se prendó tanto de mi primer borrador que no quería cambiar ni una sola palabra, aunque le dije que yo necesitaba acortarlo y que estaba sobrescrito. Bob Mitchum, sin embargo, fue fantástico. Arreglaba las escenas que debían ser pulidas, y su actuación logró que funcionara. Yo lo tenía por un tipo maravilloso, aunque era cínico.
"Hicimos otra película, ‘Traición en Atenas' [The Angry Hills] (1959), y le pregunté: ‘¿Por qué estás haciendo esta mierda?' Estábamos en locación. Me dijo: ‘No he estado nunca en Grecia'".

Aldrich fue el director del guión de cine más famoso de Bezzeride, ‘El beso mortal' [Kiss Me Deadly], cuyo estreno causó gran impacto y fue saludado en Francia como una obra de arte, donde ejerció una influencia reconocida en películas como ‘Disparad al pianista' [Tirez sur le pianiste], de François Truffaut y ‘Lemmy contra Alphaville' [Alphaville] de Jean-Luc Godard. Con carta blanca concedida por Aldrich, Bezzerides transformó la novela en una película negra apocalíptica y ultra-paranoica, dirigida por un director descrito por Truffaut como "un joven director que todavía no piensa en la moderación".
Interrogado sobre su notable adaptación, Bezzerides dijo: "La gente me pregunta sobre los significados ocultos del guión, sobre la bomba atómica, sobre el mccarthismo, qué significa la poesía y otras cosas. Y sólo puedo decir que no pensé en ello cuando la escribí... Me estaba divirtiendo. Quería que todas las escenas, todos los personajes, fueran interesantes. Una chica se acerca a Ralph Meeker, la hago ninfomaníaca. Ella lo abraza y besa la primera vez que lo ve. Le dice: ‘No sabes a nadie que yo conozca'. A mí me enloquecen los coches, así que yo pongo ahí todas esas historias con los coches y la mecánica. Yo era ingeniero y en esa película le di al detective el primer contestador telefónico. La estaba pasando bien".
En 1956, Bezzerides escribió una adaptación de sesenta minutos para la televisión, ‘Mercado de ladrones', retitulada ‘Overnight Haul', y empezó a escribir de manera regular para la televisión, contribuyendo guiones a programas como ‘Gunsmoke', ‘77 Sunset Strip' y ‘Bonanza'. En 1965 creó, en colaboración, la exitosa serie de vaqueros, ‘The Big Valley', montada en el Valle de San Joaquín y como Barbara Stanwyck como la matriarca del rancho.
En 2005, fue tema de un documental, ‘Buzz', para el que fue entrevistado en su casa en Woodland Hills, California; algunas reseñas describían al nonagenario Bezzerides como "obstinado e irritable". Hasta su muerte estaba escribiendo una nueva novela, ‘First Kill'.

20 de enero de 2007
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Asesinos En Serie Hollywoodenses


[Stephen Hunter] La significación y locura de los asesinos en serie de Hollywood.
Sobre los asesinos en serie existe en realidad solamente una pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué matan -una y otra vez- algunos hombres, sin remordimiento, aparentemente por el placer de la auto-expresión?
Grandes escritores han tratado de ofrecer una respuesta, pero es un problema tan manifiesto y directo, que apela más a las mentes más primitivas, y, así, es más comúnmente estudiado por piratas talentosos, como el escritor de novelas de horror norteamericano, Thomas Harris. Ha hecho toda una carrera con un asesino en serie, Aníbal [Hannibal] Lecter, el erudito intelectual y hedonista, sibarita y bebedor, amante de Italia y de la ópera, un regordete encantador con los ojos tan profundos como el espacio más allá de Pluto, al que le gusta comer gente, acompañándola a veces con habas y un rico Chianti.
Ahora Harris nos ofrece la historia del origen de Aníbal el Caníbal en doble formato: como libro (publicado en diciembre) y como película (esta semana), compartiendo el título de ‘Hannibal Rising'.
Sin embargo, nada más que por coincidencia, dos otras películas que examinan los orígenes de esa particular manifestación del asesino en serie también ocuparán, o lo harán dentro de poco, un lugar en el mercado. El brillante, aunque sombrío cuento de hadas con parábola política, ‘El laberinto del faudo' [Pan's Labyrinth], de Guillermo del Toro, es una película sobre un asesino en serie, aunque no sea más que por obra de una poderosa deducción. Luego está el análisis mucho más mundano de la sordidez de un asesino en serie de verdad, el caso de un chiflado que se hace llamar ‘Zodiac', que sembró el terror en San Francisco a fines de los años sesenta y principios de los setenta. Se piensa que mató a al menos cinco personas y que escribió, como Jack el Destripador, a los diarios. La historia es narrada en el docudrama de marzo, ‘El asesino del zodíaco' [Zodiac], del director David Fincher, que también dirigió en ‘Los siete pecados capitales' [Seven] a otro asesino en serie.
Pero terminamos con un curioso Cinto de Orión de asesinos en serie en varios modos de expresar significados diversos: Por supuesto, Aníbal aparece en la versión más romántica, con su amor por el canto y la música, su arte a la hora de cocinar cerezas y su conocimiento de la arquitectura del Renacimiento, su insistencia en eliminar sólo a los menos refinados del abrevadero. En ‘El asesino del zodíaco' tenemos un asesino en serie más proletario, más basado en los hechos, más realista. En realidad, Zodiac trata de sonar florido en sus cartas y con sus amaneramientos, como incluir criptogramas, pero se engaña a sí mismo: Es vicioso, miserable e ignorante y mata sin elegancia ni inteligencia, con una pistola o un cuchillo, para luego escapar. Es tan elegante como la gonorrea, pero, desgraciadamente, mucho más letal. Finalmente está el capitán Vidal en ‘El laberinto del fauno', que mata y tortura, y carece de conciencia de sí mismo. Está tratando de lograr algo, y si encuentra obstáculos humanos, los eliminará; pero para él, la aplicación de muerte a la vida no es una forma de arte, es simplemente el medio para un fin. De los tres, es el más escalofriante; y tristemente, el más banal.
De los tres, ciertamente Aníbal es el más divertido, una especie de Sherlock Holmes invertido, un hombre de tal sabiduría y perspicacia y didáctico dinamismo que dirigió no solamente a asesinos en serie menores, sino también a dos agentes del FBI: Will Graham (William Petersen en ‘Cazador de hombres' [Manhunter] y Edward Norton en ‘El dragón rojo' [Red Dragon] y más notoriamente Clarice Starling (Jodie Foster en ‘El silencio de los corderos' [The Silence of the Lambs] y Julianne Moore en ‘Aníbal' [Hannibal].
Dentro de estas películas (y libros) se buscaba a otros asesinos en serie. De lejos el más prosaico y menos interesante es Francis Dolarhyde, en ‘El dragón rojo', de Harris, que "fue moldeado de la manera habitual: alto IQ, aislamiento, deformación física, violentos maltratos de los padres, asco de sí mismo metamorfoseado en mortífera vanidad, personalidad obsesiva y fantasías de omnipotencia. Sabes, uno de esos. Luego estaba el mutante retorcido, Jaime ‘Buffalo Bill' Gumb, de ‘El silencio de los corderos', asesinando a jóvenes mujeres porque quería probarse sus pieles. Era sórdido, ultra-espeluznante; era la versión nada de romántica.
Encuentro fascinante a Aníbal: un asesino genial, tan inteligente que podía reconstituir un crimen en nada de tiempo y revelárselo a sus torturadores de la policía a cambio de pequeños regalos, y posiblemente, finalmente, la palanca para fugarse. Mirarlo es como ver a Michael Jordan pelear con un enano, y el placer no reside en su victoria (que está asegurada) sino en la absoluta elegancia e impecable precisión de su victoria.
Eso dicho, es un engaño.
Su transformación en un asesino en serie es algo sospechosa. Tratando de proveerle de un pasado tan exótico como posible (para explicar su exotismo como es un ejemplar homicida), Harris le dio un pasado exótico digno de una novela de Eric Ambler, aderezos de Europa oriental teñido por una visión romántica de Oriente, sazonada en el espasmo más violento de la historia. Y que pedigrí: Fue educado en la tradición judía de los ashkenazi (su tutor fue Jakov), en la tradición caballeresca europea (su ancestro, Aníbal el Severo, un gran caballero a fines de la Edad Media), luego empapado en esteticismo japonés (la mujer de su tío, Lady Murasaki, una aristócrata japonesa) y el empirismo occidental (su formación médica en Francia). Esta estrafalaria mezcla explica su erudición, su entorno, su voluntad -pero no su patología. Esa es la contribución de la Segunda Guerra Mundial, donde el caldero del Frente del Este, atrapado entre los ejércitos alemán y ruso (y además asediado por saqueadores psicóticos), se hizo con la manía del asesinato en masa cuando, después de perder de manera monstruosa a sus padres en la guerra, vio cómo su adorada hermanita era matada y devorada por lobos humanos.
Hmmm. ¿Suena convincente? No tan convincente como Dolarhyde o Buffalo Bob, cuya miseria parece provenir de fuentes más tradicionales, como padres abusivos, deformación física, aislamiento, sensibilidad patológica, alto IQ, baja estima de sí mismo y, finalmente, abundantes oportunidades. Peor, la transformación de Aníbal es inoportunamente ofensiva para los millones que vivieron esas experiencias tan completamente depravadas (léase cualquier memoria de algún sobreviviente de un campo de concentración) como el joven Aníbal y sin embargo lograron reincorporarse en la sociedad, poniendo sus traumas a un lado y llevando vidas productivas y decentes. La tragedia de la Segunda Guerra Mundial no fue la muerte de Mischa Lecter y la construcción de Aníbal Lecter; fue la muerte de cien millones de inocentes.
Sin embargo, se puede inferir el significado que tenía para Harris. Su explicación de Aníbal es un juego entre la naturaleza (su alto IQ, sus extraordinarias capacidades) y la crianza (después de todo, fue amamantado en los crímenes en masa de la guerra). Ausentes esas, Aníbal está de lo más bien. Con ambos, es un monstruo, pero un monstruo que (al menos en los libros) se queda con la chica. Es casi anti-freudiano (no que eso sea malo) en el sentido de que responsabiliza a influencias externas cuando en realidad es casi siempre un torcido torrente entre padres e hijos lo que crea a estos malos niños malos.
Con el asesino del Zodíaco, estamos en terreno más conocido. Otra vez, ayuda a recordar que ya existe la versión romántica de este invertebrado: en ‘Harry el Sucio' [Dirty Harry], el decisivo éxito de Clint Eastwood en 1971, un asesino en serie que se llama ‘Escorpión' a sí mismo, tiene aterrorizada a San Francisco. Un joven actor llamado Andy Robinson se quedó con el papel (y la ironía es que su actuación hizo que la película funcionaria, mucho más que la de Eastwood).
Robinson, bastante guapo, tenía una satánica intensidad que parecía provenir desde dentro, y una voz extraña, profunda y ceceante a la vez. Coqueteaba con lo afeminado (Escorpión le dice Harry cuando a este le ordenan entregar su Magnum 44: "¿Por qué? ¡Tú tienes una más grande!") Su boca ancha y sensual sacaba gemidos de placer o gritos de dolor en agudo contraste con la flemática e impasible jeta del sucio Harry. Era el asesino en serie como estilista camp, y es un momento seminal en ‘El asesino del zodíaco', cuando los polis de San Francisco encargados de capturar al asesino asisten a una proyección de ‘Harry el Sucio' y ven sus propios esfuerzos exagerados a la escala de una tira cómica.
El asesino en serie que emerge de ‘El asesino del zodíaco' es el que más cerca está del lunático Buffalo Bill. ‘El asesino del zodíaco' se basa en el libro del mismo título de Robert Graysmith (Jake Gyllenhaal), que se obsesionó tanto con el caso que dejó su trabajo en el San Francisco Chronicle y dedicó lo esencial de su vida a buscar al tipo que los polis no pudieron localizar. Sus penurias fueron recompensadas con un éxito de ventas, una respetable carrera como escritor de novelas de crímenes verdaderos (siguieron varios otros libros) y ahora esta película.
Problema: Su asesino en serie no es muy interesante. Si se le despoja de la inculta fanfarronería de las cartas a los diarios y los juegos con las contraseñas secretas, no queda mucho más que un matón de calle corriente que roba y, a veces, mata. Es una figura banal, un asesino de tombola en una gran ciudad en el planeta Tierra. Depende tanto de la torpeza de la policía como de su propia y sobrevalorada ‘brillantez' para eludir su captura.
El capitán Vidal (Sergio López), en la nominada ‘El laberinto del fauno' es el más terrorífico. Se le podría llamar el asesino por deber. Parece no estar obsesionado, o no sentir ninguna necesidad de ello. Pero su problema es la vanidad: Se ve a sí mismo como el centro de la existencia, como el altísimo ego de su época, como el que sabe. A sí mismo no se consideraría nunca malo, sino más bien un honesto servidor de la civilización. No le preocupa ni lo más mínimo eliminar a los que se le oponen, principalmente a los andrajosos y variopintos guerrillero republicanos heredados de la Guerra Civil Española (que terminó en 1939), a los que ahora caza hasta la muerte en ese terrible año de 1944.
La historia es presentada desde el punto de vista de un niño, y de Ofelia (Ivana Baquero), 12, es la única que se da cuenta de inmediato de que el guapo, dominante y viril hombre, que rescata a su pobre madre de la desolación de la viudez, es realmente mucho más malo que en sus fantasías de cuento de hadas. Pero las depredaciones del capitán Vidal -a diferencia de Aníbal, que es teatral, o de Zodiac, que escribe cartas)- no son carismáticas. Aunque causa más víctimas, su forma de asesinato más típica es la ejecución de prisioneros, sin ritual ni sadismo ni placer. Nunca se le pasa por la mente que eso es malo. Él y el estado son lo mismo; todo lo demás es otredad maleable, sin importancia. Su identificación con el monolítico aparato del Generalísimo es tan total que cuando se arrodilla, coloca fríamente el cañón de su Luger contra la sien de un guerrillero herido y aprieta el gatillo, parece no darse cuenta, tal como aplastar a un bicho realmente no queda registrado en la conciencia de la mayoría de la gente. No oye los gritos. Los puede disfrutar, pero no es -y esto, me doy cuenta, puede ser controvertido- realmente un sádico, en el sentido de que obtenga gratificación sexual cuando inflige dolor. Es el ego. Es así como Vidal deja su marca en el mundo, dejando una marca en la carne.
A diferencia de Aníbal y Zodiac, no mata porque tenga que matar o quiera matar, sino porque es una necesidad ocupacional. Es parte del negocio. Lo que lo define no es la muerte que causa, sino el uniforme que lleva y la valentía de la que se enorgullece, su linaje guerrero, que añora entregar intactos a su hijo nonato.
¿Qué nos dicen, al final, sobre esta conducta humana blasfema? No nos ofrecen muchas respuestas, pero consideradas en conjunto, entregan un mensaje nihilista. El consenso es que esas cosas no destiñen. Sólo tienes que mirar los titulares para darte cuenta de la deprimente razón que tienen.

10 de febrero de 2007
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Murió Guionista Bezzerides


A los 98. Escribía películas de misterio.
Los Angeles, Estados Unidos. A.I. Bezzerides, novelista convertido en guionista y conocido por sus clásicos del cine negro de después de la Segunda Guerra Mundial, como ‘El beso mortal' [Kiss Me Deadly], ‘La casa en la sombra' [On Dangerous Ground] y ‘Mercado de ladrones' [Thieves' Highway], murió el 7 de enero después de una breve enfermedad, informó su hija. Tenía 98 años.
Bezzerides trabajaba como ingeniero de comunicaciones para el Departamento de Agua y Electricidad de Los Angeles cuando su novela de 1938, ‘Long Haul', fue llevada al cine como ‘La pasión ciega' [They Drive by Night], un melodrama de 1940 con George Raft y Humphrey Bogart como dos hermanos camioneros.
La primera película de Bezzeride fue ‘Juke Girl', una historia de 1942 sobre campesinos inmigrantes con Ann Sheridan y Ronald Reagan. Se hizo conocido con ‘Mercado de ladrones', la película policial dirigida por Jules Dassin basada en la novela de Bezzeride de 1949; ‘La casa en la sombra', el drama pasional de 1952 de Nicholas Ray; y ‘El beso mortal', el thriller de Robert Aldrich.

9 de febrero de 2007
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Murió Anna Nicole Smith

Anna Nicole Smith murió después de colapsar en un hotel de Florida del Sur.
Hollywood, Florida. Anna Nicole Smith, la voluptuosa modelo de Playboy que se casó con un multimillonario octogenario y libró una batalla legal por su fortuna hasta en la Corte Suprema, murió el jueves tras colapsar en un hotel. Tenía 39 años.
La bomba rubia -que se convirtió hace poco en pienso de tabloides tras la repentina muerte de su hijo de veinte años, aparentemente relacionada con drogas-, se desplomó mientras alojaba en el Seminole Hard Rock Hotel and Casino y fue llevada a toda prisa a un hospital.
Edwina Johnson, investigadora jefe de la Oficina del Médico Forense del condado de Broward, dijo que se estaba investigando la causa de su muerte y que se realizaría una autopsia este viernes.
Una enfermera privada llamó al 911 tras encontrar inconsciente a Smith en su cuarto del sexto piso, dijo el jefe de policía de Seminole, Charlie Tiger. Dijo que el guardaespaldas de Smith la había aplicado resucitación cardiopulmonar una hora antes de ser declarada muerta.
Durante los años noventa y en el nuevo siglo, Smith se hizo famosa por ser famosa, una perla de la cultura pop debido a su peso irregular, sus exageradas curvas, su voz de bebita, su personalidad de rubia boba, y sus reveladores atuendos.
La curvilínea tejana fue primero una bailarina exótica en un club de striptease antes de que enviara sus fotos a un torneo y terminara en la revista Playboy en 1992, seduciendo a los lectores con su parecido a Marilyn Monroe. Se convirtió en la Chica Playboy de 1993.
También firmó un contracto con la marca de vaqueros Guess y apareció en comerciales de televisión, vallas publicitarias y anuncios de revistas.
En 1994 se casó con el magnate del petróleo de 89 años, J. Howard Marshall II, presidente de Koch Industries, que forman parte de una fortuna familiar evaluada en al menos 400 millones de dólares. Murió en 1995, a los 90, iniciando un feudo con su hijastro, E. Pierce Marshall, sobre si ella tenía o no derecho a su herencia.
Una corte federal californiana otorgó a Smith 474 millones de dólares, pero esa decisión fue más tarde revertida. En mayo la Corte Suprema reabrió su caso, determinando que ella merecía otra oportunidad en tribunales para su batalla contra su antiguo hijastro.
El hijastro murió el 20 de junio a la edad de 67 años, pero la familia dijo que el litigio en tribunales continuaría.

Hace poco la inflada figura y subidas y bajadas de peso de Smith se convirtieron en temas de fascinación pública. Perdió 31 kilos y se convirtió en portavoz de TrimSpa, un suplemento para perder peso.
Actuó en su propia serie de televisión, ‘The Anna Nicole Show' en 2002-2004. Las cámaras la seguían por todas partes mientras ella jugueteaba con su abogado, salía con su asistente personal y decorador de interiores, y arrullaba a su caniche, Sugar Pie. También actuó en películas, con un rol secundario en ‘El gran salto' [The Hudsucker Proxy] en 1994.
Tras la noticia de la muerte de Smith, G. Eric Brunstad Jr., el abogado que representaba a Marshall, dijo en una declaración: "Estamos conmocionados con la noticia y ofrecemos a su familia nuestras más profundas condolencias".
El hijo de Smith, Daniel Smith, murió el 10 de septiembre en el cuarto de hospital de su madre en las Bahamas, apenas días después de que ella diera a luz a una bebita.
Un médico forense estadounidense contratado por la familia, Cyril Wecht, dijo que cuando él murió tenía metadona y dos antidepresivos en su sistema. Bajos niveles de las tres drogas se confabularon para causar su muerte accidental, dijo Wecht. El mes pasado, un juez de Bahamas fijó una pesquisa formal sobre su muerte para el 27 de marzo.
Entretanto, la paternidad de la bebita de cinco meses sigue estando en disputa. El certificado de nacimiento menciona como padre de Dannielynn al abogado Howard K. Stern, el más reciente acompañante de Smith. El ex novio de Smith, Larry Birkhead, estaba librando una batalla jurídica, diciendo que el padre es él.
Debra Opri, la abogado que presentó la demanda por la paternidad, dijo que Birkhead "está destrozado. Está inconsolable, y ahora estamos tomando medidas para proteger el análisis de ADN de la niña. La niña es nuestra prioridad número uno".
Nació como Vickie Lynn Hogan el 28 de noviembre de 1967, en Houstin, en la familia de seis hijos de Donald Eugene y Virgie Hart Hogan. Se casó con Bill Smith en 1985, dando a luz a Daniel antes de divorciarse dos años después.
"Por mis contactos profesionales con Anna Nicole, puedo decir que ella fue siempre una persona agradable, realista y dedicada. En total, era un placer tenerla como cliente", dijo Wayne Monroe, su abogado en Bahamas que la supervisó durante las secuelas de la misteriosa muerte de su hijo en Nassau.

8 de febrero de 2007
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Actriz Ungida por Warhol


[Stephen Holden] Ahogándose en celebridades.
No es completamente inapropiado que ‘Factory Girl', la biografía, escrita por George Hickenlooper, de Edie Sedgwick, la más elegante de las llamadas superestrellas de Warhol, sugiera el diseño de una revista haciéndose pasar por película. El mundo en el que Sedgwick resplandeció y se apagó fue uno que vivió y murió por y para la cámara. Existió para ser visto y baboseado. Pero que Dios se apiade de ti si en realidad viviste en él.
Nutrido por la velocidad, sus habitantes terminaron voluntariamente con sus vidas íntimas recurriendo a medicamentos y exhibiendo sus fantasías en una exposición. En esos días, los pequeños ayudantes de mamá disfrutaban del prestigio de ser un combustible psíquico energético relativamente inofensivo para chicos y chicas rudas, para no dormir y parrandear toda la noche. Ahora sabemos de que se trata.
Si en el pasado reciente hacías una película, si no parecía auténtica no valías la pena. Y lo más amable que se puede decir sobre esta elegante película es que la Edie de Sienna Miller, y el Andy de Guy Pearce captan las imágenes y el lenguaje corporal de sus personajes con bastante precisión. (Pearce es mucho más guapo que el verdadero Warhol; la señorita Miller no tiene la ronca voz de fumadora y el aire aristocrático de Sedgwick, pero ofrece una furiosa y demoledora actuación como una chica rica perdida). El arrugado brillo del papel de aluminio de la ‘Silver Factory' de la East 47th Street, de Warhol, es representado de manera acertada, y los actores que hacen de miembros del entorno de Warhol exhiben aproximaciones físicas razonables.
El problema es otro. ¿Cómo descubrir la vida interior de personas determinadas a vivir de manera tan rápida y dura que pueden superar a sus propios demonios? ¿Cómo dar substancia a personajes carismáticos cuyo glamour podría ocultar el vacío?
A esa gente se le puede aplicar términos clínicos como ‘trastorno narcisista'. Pero la disparidad entre la superficie y la substancia va más allá todavía. El balance entre la búsqueda del estrellato y el auto-conocimiento a menudo significa que cuando la cámara está ausente, no hay un allá. Y es inútil tratar de encontrarlo.
‘Factory Girl' está estructurada en torno a una sesión terapéutica de 1970 para Sedgwick, en Santa Barbara, California, donde murió de una sobredosis de barbitúricos al año después a la edad de 28. Ella es siempre la víctima quejumbrosa, especialmente de su padre, Fuzzy (James Naughton), del que dice que abusó de ella desde que cumplió los ocho.
Desde Santa Barbara la película retrocede a la partida de Edie de la academia de arte en Boston, para marcharse en 1965 a las luces más brillantes de Manhattan, con su svengali, Chuck Wein (Jimmy Fallon), que se encarga de presentarla a Warhol. Y así empieza el circo. Hay breves reactualizaciones revisadas de su aparición en varias películas de Warhol.
En el hostil retrato de Warhol de la película, ese gigante del arte pop parece un vampiro emocional que odiaba su propia apariencia y usaba a Sedgwick como un espejo indirecto, y le daba la espalda cuando se ponía pesada. El guión de Captain Mauzner no incluye ninguno de los inexpresivos pronunciamientos de oráculo sobre el arte y la cultura, ni de observaciones externas sobre la significación de todo eso.
En su búsqueda de una historia, ‘Factory Girl' inventa una espuria lucha por el poder entre Warhol y Bob Dylan (identificado solamente como músico, porque sus abogados amenazaron con llevarlos a juicio) por la posesión del alma de Edie. Llega incluso a imaginar una idílica aventura de Sedgwick y Dylan, que probablemente no ocurrió nunca. (Sin embargo, tuvo una aventura con su amigo íntimo Bobby Neuwirth). Parece culpar tanto a Warhol como a los rechazos de Dylan por su precipitada decadencia.
En este simplista tira y afloja, Dylan es el Dios de la autenticidad y verdad íntima y Warhol el Demonio de la superficialidad y el brillo, pero no lo podrías distinguir del ridículo galimatías murmullado por el personaje de Dylan (Hayden Christensen). Si la estrella de rock que es Christensen es demasiado elegante como para pasar creíblemente por Dylan (no hay mugre en esas uñas), se aparece con los atuendos del Dylan de la época: una gorra, una armónica y una moto- y afecta una versión suavizada de la nasalidad del cantante. La personificación es abismal. La banda de sonido no incluye música de Dylan, cuyo ‘Like a Rolling Stone' es una de las varias canciones que se piensa fueron inspiradas por Sedgwick. En lugar de eso, lo que nos dan es a Tim Hardin.

2 de febrero de 2007
©new york times
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