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Estado del Cine Porno Argentino


[Julián Gorodischer] Los directores del porno argentino debaten sobre un genero que resiste a traves de los años. "En esto, el amor es sólo una variable".
Los principales cineastas del sexo explícito local discuten sobre el repentino auge del incesto, el estado de la industria, las técnicas para optimizar un rodaje y la vigencia de una concepción machista en el género de las condicionadas, una industria que en Argentina trabaja a destajo para abastecer el mercado interno y vender al exterior.
Hay una mitología sobre sus diferencias irreconciliables, que –en presencia– cuestionan con el trato amable y el debate a voz pausada. El patriarca Víctor Maytland ocupa la cabecera, hacedor de un sinfín de películas populares, muchas veces versiones de programas de TV como ‘Expedición Sex' o el más reciente ‘Gozando por un sueño'. Al platense César Jones (‘Los desviados', ‘Temporada alta') le importa romper un statu quo de mujeres objeto y sementales sin lugar para la ternura. "Con la cosificación que reina en el género, el beso directamente desaparece; estoy hablando de los intentos más mainstream", ejemplifica. Junto a otros dos popes del porno criollo, Martín Lukas (‘Despedida de soltera') y el autodenominado "cineasta gonzo" Marco Torino (de una vertiente hardcore), aquí discuten el estado actual del sexo explícito, que consagra curiosamente la temática del incesto entre las más buscadas por el público: mujeres que dejan de ser objetos para el semental, técnicas para iniciar novatos, secretos para que un rodaje no naufrague y una industria que se consolida a ritmo lento pero constante son algunos de los temas que los involucran. Pocas cosas no cambian con el tiempo; directores y actores (el debutante Benjamín, la más experimentada Martina) coinciden en que la demanda del público y las productoras es ir directo al grano.

Martín Lukas: –El amor es sólo una variable a considerar cuando uno guiona una película porno, pero también se puede dejarlo afuera.

César Jones: –De hecho, el tratamiento del sentimiento está presente desde que el porno se inicia a nivel industrial a fines de los sesenta, a veces para destacarlo, a veces para destruirlo. En muchos casos el amor potencia lo erótico.

M. L.: –Depende de lo que cada uno tenga que hacer. En el canal Venus te piden argumento. Cada nicho tiene su público. Yo creo que hay público para todo y el sexo es muy amplio. Hay gente a la que le gusta ver las películas de un sexo soft, y otra gente quiere historias más extremas. No hay que juzgar: el sexo es algo que no se juzga.

Marco Torino: –Lo ‘extremo' es muy subjetivo. En mis películas pasa todo lo que una chica esté interesada en que pase, si los actores lo pueden hacer. En Argentina, ‘extremo' puede ser una doble penetración. Pero en Europa extremo es ver a una chica con cuarenta tipos que la orinan, se la refriegan. Y por ahí hay tipos que son mas extremos todavía. Tiene que ver con el grado de sofisticación del cine porno.

¿Cómo encaran un rodaje? ¿Qué técnicas utilizan para garantizar el rendimiento sexual?
Nissim Mbaz Mbaz (actor): –En todas las películas trato de hacer una previa con la chica como si fuera mi novia; entonces ahí puedo actuar y me caliento mucho. Hago esto porque me gusta mucho el sexo. La mayoría va, la pone y bombea. A mí me gusta actuar.

¿Cómo se manejan cuando el actor se inhibe? ¿Hay recursos para ayudarlo a concretar?
Martina (actriz): –Hay soluciones para todo; a mí, en ‘Fútbol XXX', me tocó un debutante, estábamos con mi amiga ayudando. Pero llega un punto en que me cansaba. Siempre tendría que haber una asistente de erecciones.

Víctor Maytland: –En mis películas no es muy común que exista la asistente. Pero en la ocasión de ayer (rodaje de ‘Casting Sex Latino II'), el debutante estaba apabullado por otro actor, veterano, que la tenía clara.

¿El viagra modificó el sistema de producción?
N. M. M.: –Yo, antes, no lo necesitaba pero ahora llevo uno por las dudas; ayuda cuando a veces tenés que cambiar de escenas o hacer la doble penetración. Lo que noto, usándolo, es que se mantiene dura un montón de tiempo pero parece que no fuera tuya, que fuera de otro. Aun cuando esté pensando en otra cosa, en mis problemas o lo que sea.

V. M.: –De todas formas, la sociedad incorporó el viagra, no sólo el porno. Hoy un chico se va a bailar y se toma uno.

Los dos agregados que podrían haber modificado el porno, desde los años '90, son el viagra y el preservativo, ¿ustedes coinciden?

V. M.: –Creo que más que el preservativo, lo que cambió el panorama es el HIV. Si uno pudiese prescindir del preservativo, lo haría con gusto. Porque a la mujer le molesta más, al tipo le cuesta alcanzar la erección. No podés pasar de penetración a sexo oral. Le resta fluidez a la continuidad de las escenas. Sobre todo, ahora que está muy de moda filmar escenas de pasaje del pene del culo a la boca.

¿Cómo se manejan en esas escenas de un contenido sexual tan explícito?
C. J.: –Si el actor lo quiere hacer que lo haga. A mí lo que me molesta es que en el porno haya códigos. Creo que quebrar con los códigos es importante.

¿Arman coreografías o los dejan improvisar?
M. L.: –Si yo no cumplo con determinado tiempo del acabado o la acción no me pagan la película, o no llega a difundirse. Yo laburo para diferentes clientes; si te piden beso cariñoso, hay que hacerlo. Y lo tenés que hacer en tiempo y forma.

¿Todavía sienten una condena social/ cultural sobre lo que hacen?
M. T.: –La pornografía, de alguna manera, remite a algo obsceno, diabólico. Y lo que hacemos no es para nada así. Son chicos y chicas haciendo lo que les gusta; son buenos para eso y cobran su plata por eso. Además... no obligamos a nadie a que lo vea.

V. M.: –Lo que pasa es que hay mitos con respecto a nosotros. Creen que es una orgía en la que estamos cogiendo todos con todos. En todos estos años me conseguís un técnico con una erección, y te doy un premio. O piensan que los actores y directores porno están de última y por eso lo hacen como el peor grado de la prostitución.

¿Por qué el espectador promedio sigue siendo un hombre?
V. M.: -Es un hombre porque es el que compra. Pero una mujer liberal en serio no cree que el porno sea sólo para hombres. ¿Por qué tendría que ser una ofensa que el hombre le eyacule en la cara? Si le gusta....

M. L.:–De diez personas que compran ocho son hombres, y las otras dos son parejas.

C. J.: –Me parece que hay una mirada machista que domina en el género. No hay que asociar la misoginia con la mirada masculina, que es tan legítima como la mirada femenina. Me molesta la reducción de los personajes que aparecen en la pantalla. La cosificación a veces no atañe sólo a las mujeres, sino también a los hombres, recortados de todo vestigio de humanidad que pueda tener ese personaje.

¿Cómo se manejan con un debutante?
V. M.: –Es difícil descubrir un debutante que sea bueno. El problema es que no todos los hombres sirven a los patrones de conductas que te marcan los productores. Si tiene pancita no sirve, si es pelado tampoco. A mí hoy me dicen que incluyo sólo a los gorditos, pero no siempre es así. Es lo que podés conseguir. En Estados Unidos, por ejemplo, hay un patrón que se tiene que cumplir, te lo marcan y yo trato de respetarlo. No es fácil encontrar chicos para hacerlo. Después está el gusto de las actrices, que no quieren ni al que se le para mucho ni al que no se le para.

Martina: –Yo conozco a uno (Andrés) con el que no filmaría por razones personales.

V. M.: –Andrés tiene una particularidad: el orgasmo lo quiere tener teniendo sexo. Entonces se masturba con la vagina, y eso a las minas las mata. A algunas les gusta, a otras no.

N. M. M.: –Yo tengo que amoldarme al deseo de las chicas. Por ahí no lo sufro tanto porque en el caso nuestro somos actores que somos amigos, entonces no pasan ese tipo de situaciones.

Benjamín (debutante): –A veces pasa que un debutante es aire fresco que no tiene los vicios del género.

Martina: –Mirá, tenés de todo, yo he visto debutantes que me funcionaron mucho como actriz, y me he sentido muy incómoda con los expertos. Todo depende.

B.: –Hay mujeres que colaboran más con el debutante y hay otras que no.

V. M.: –El (señala a Benjamín) hizo cosas que otro debutante no las hace, como tener sexo oral al lado del compañero que está practicándole sexo anal a la mujer. Muchos lo hacen recién a la quinta película porque tenés tu pene cerca de la boca del tipo y, si se zafa, termina en la boca del otro.

¿Por qué tantas tramas recientes se ocupan de narrar relaciones incestuosas?
V. M.: –Porque paga muy bien. Las películas que lideraron las ventas del año fueron sobre el incesto. Yo mismo hice una película de incesto que se estrena este año, y que se llama La puta de mi hermana. Hay gente que lo consume y me parece bárbaro. Pero no hay que hacer eso solamente.

¿Y se formulan preguntas acerca de por qué vende?
V. M.: –Eso se lo preguntarán los sexólogos.

M. L.: –Igual está fundamentado por investigaciones de mercado. No es que uno va probando.

¿Por qué piensan ustedes que ocurre?
C. J.: –La concepción de tabú es un gancho imbatible en toda película.

1 de junio de 2007
©página 12
rss

Murió Weisman, el Profesor Loco


A los 85. Ayudó a Elvis a escribir muchas de sus canciones.
Murió Ben Weisman, pianista de formación clásica que ayudó a escribir casi sesenta canciones de Elvis Presley, muchas de ellas para sus películas. Tenía 85 años.
Weisman murió el domingo por complicaciones de un derrame y una neumonía en un hospital de Los Angeles, dijo su familia a la Associated Press.
Weisman, al que Presley llamaba ‘el profesor loco', escribió o co-escribió una serie de exitosas canciones para Presley, con las que este obtuvo discos de oro y platino, incluyendo ‘Follow That Dream' y ‘Fame and Fortune'.
Entre las 57 canciones se encuentran ‘Got a Lot O' Livin' to Do' para la película ‘La mujer que yo adoro' [Loving You]; ‘Wooden Heart' para ‘G.I. Blues'; ‘Rock-a-Hula Baby' para ‘Amor en Hawaii' [Blue Hawaii], y ‘Crawfish' para ‘El barrio contra mí' [King Creole].
"Parece que empezamos hace mucho tiempo", dijo Weisman en una entrevista con el Times en 1993.
"Pero lo recuerdo como si fuera ayer. Fue en 1856, y yo estaba escribiendo canciones para Hill & Dale Publishing, en el edificio Brill de Nueva York.
"En esa época, aunque yo tenía experiencia en la música pop y clásica y con el jazz, estaba escribiendo un montón de canciones country -a veces dos al día- para gente como Lefty Frizzell, Hank Snow, Ernest Tubb y Red Foley.
"Un día mi editora, Jean Aberbach, me llamó a su oficina y me dijo que teníamos un nuevo artista llamado Elvis Presley, y me pidió que escribiera algunas canciones para él.
"Asó que miré a Elvis en el ‘Tommy Dorsey Show'. Al principio no pensé que tuviera nada especial. Lo pensé como si fuera otro encargo más, tratando de imaginarme su registro, y traté de habituarme a su estilo. Luego me senté a escribir algo para él".
También escribió para otras estrellas pop, incluyendo a Barbra Streisand (‘Love in the Afternoon'), Reba McEntire (‘Silly Me'), Bobby Vee (‘The Night Has a Thousand Eyes'), Conway Twitty (‘Lonely Blue Boy') y los Beatles (‘Lend Me Your Comb').
Weisman nació el 16 de noviembre de 1921, en Providence, Rhode Island, y se crió en Brooklyn.
Estudió piano clásico cuando era adolescente y en la Escuela Juilliard y sirvió como director musical para la Fuerza Aérea durante la Segunda Guerra Mundial.

[24 de mayo de 2007]
los angeles times ]
[viene de mQh ]

Murió Bernard Gordon


[Valerie J. Nelson] A los 88 años. Guionista que estuvo en la lista negra y protestó contra Kazan en 1999.
Murió Bernard Gordon, uno de los jóvenes guionistas que fue puesto en lista negra durante la era de McCarthy y cuyo momento de máximo orgullo más tarde en su vida fue la protesta que organizó contra el Oscar honorario que se otorgó al director Elia Kazan. Tenía 88 años.
Gordon, que escribió durante años con un seudónimo (aunque más tarde se reconocieron sus méritos), murió el viernes en su casa en Hollywood Hills después de una larga guerra contra un cáncer a los huesos, dijo su hija, Ellen Gordon.
Cuando en 1999 Kazan subió al escenario para aceptar un Academy Award por los logros de toda una vida dedicada al cine, muchos en la audiencia no aplaudieron. En la calle frente al Pabellón Dorothy Chandler del Centro Musical del condado de Los Angeles, cientos de manifestantes protestaban ruidosamente, levantando pancartas con leyendas como ‘No Lavéis la Lista Negra', como resultado de una campaña que Gordon contribuyó a organizar.
En 1952, Kazan delató a sus colegas como comunistas ante el Comité de Actividades No Americanas de la Cámara. Gordon había sido citado a comparecer ante el comité, pero no fue nunca llamado a declarar. El exiliado guionista se vio obligado a trabajar en el extranjero. Hizo más de veinte películas, incluyendo los guiones de ‘La delgada línea roja' [The Thin Red Line] (1964) y ‘La batalla de las Ardenas' [Battle of the Bulge] (1965).
"Alguna gente muy, muy importante se ha visto afectada por el alcance de la campaña contra Kazan. Ese fue el trabajo de Bernie Gordon, y vivió lo suficiente como para conseguir algún tipo de reivindicación", dijo Patrick McGilligan, co-autor de ‘Tender Comrades', un libro de 1977 sobre la lista negra de Hollywood, que incluye una extensa entrevista con Gordon.
En una entrevista el viernes con The Times, Ellen Gordon leyó el telegrama que citaba a su padre a comparecer a las audiencias y contó que se había ocultado del funcionario que le llevaba la citación. Sus padres le dijeron (Ellen entonces tenía dos años) que no le abriera "la puerta al vendedor de revistas".
Incapaz de encontrar trabajo debido a la lista negra, Gordon se convirtió en "el peor vendedor de plásticos del mundo" en el centro de Los Angeles, dijo en un reportaje del Times en 2000. Su patrón era Ray Marcus, un amigo cuyo nombre usaría como alias en varios guiones. ‘Raymond T. Marcus' fue su crédito original en ‘Los Hellcats de la Armada' [Hellcats of the Navy] (1957), con Ronald Reagn y su esposa Nancy Davis.
A través de un amigo, Gordon conoció al productor de cine Phillip Yordan, que se haría conocido por ofrecer una fachada a los colegas en la lista negra. Gordon se mudó a Francia y luego a España para trabajar con él de 1960 a 1973.
Como escritor y productor, Gordon hizo algunas películas clásicas de ciencia ficción, como ‘El día de los trífidos' [The Day of the Triffids] (1962) y espectáculos de la gran pantalla como ‘El Cid' (1961) y ‘55 días en Pekín' [55 Days at Peking] (1963).
Se sentía especialmente orgulloso de su película ‘Pánico en el transiberiano' [Horror Express] (1973), que tuvo repercusiones de culto, dijo McGilligan.
En los años sesenta Yordan a menudo aparecía en los créditos en lugar de Gordon, escribiendo este los guiones, pero el arreglo permitía de Gordon hiciera películas, y ganara un salario de dos mil dólares al mes.
"Viví bien en España", recordó Gordon en ‘Tender Comrades'. Lo llevó a titular sus memorias como ‘Hollywood Exile, or How I Learned to Love the Blacklist' (2000).
"Es irónico pero es verdad, porque cuando escapé y me fui a Europa, finalmente tuve éxito", dijo Gordon en el reportaje en el Times de 2000.
Pasarían décadas antes de que sus logros fueran reconocidos públicamente como suyos por el Gremio de Escritores de Estados Unidos.
Para 2000, diez créditos de guiones le habían sido restaurados, más que cualquier otro escritor, dijo Dave Robb, un periodista que cubría Hollywood y se convirtió en amigo de Gordon.
"La decisión del gremio se produjo cuarenta años demasiado tarde para mi carrera en Hollywood", dijo Gordon al New York Times en 1997, después de que le reconocieran siete créditos.
"Obviamente estoy enfadado por la manera en que fui tratado por los principales estudios", dijo. "Ellos me pusieron en la lista negra, y no pude encontrar trabajo en esta maldita ciudad".
Gordon nació el 29 de octubre de 1918, en Nueva Bretaña, Connecticut, hijo de Willian y Kitty Gordon, dos inmigrantes rusos. Su padre tenía una ferretería.
Creció en Nueva York donde adquirió una temprana fascinación por el cine. Estudió inglés y cine en el City College de Nueva York, donde sacó su diploma de licenciado en 1937.
Con su amigo de infancia Julian Zimet -con el que colaboraría con Gordon en algunas películas y sería también colocado en lista negra-, fundó en la universidad un grupo de estudio del cine llamado la Film and Sprocket Society, dijo Ellen Gordon.
Cuando llegó a Los Angeles, Gordon tenía dieciséis dólares en el bolsillo y obtuvo un trabajo como lector de manuscritos en la Paramount, cuenta el reportaje de 2000 en el Times.
Miembro activo del Gremio de Lectores de Guiones, fue su presidente y ayudó a conseguir el primer contrato de la organización con los estudios de cine, de acuerdo a ‘Tender Comrades'.
Gordon se incorporó al Partido Comunista a los 22 años, cuando estaba empezando su carrera en Hollywood.
Ciertamente "no fue el camino hacia el éxito", escribió en sus memorias. "Para bien o para mal, la gente estaba ahí [en el partido] porque estaban indignados con los males existentes en el mundo y querían hacer algo para terminar con eso".
En 1946 se casó con Jean Lewin, una activista que llevaba la Hollywood Cantine, un club para militares en tiempos de guerra. Jean murió en 1995.
De 1947 a 1952, Gordon trabajó como guionista independientes, antes de que las oportunidades empezaran a esfumarse.
"Era terriblemente divertido y extremadamente modesto sobre su carrera como guionista", dijo McGilligan. "Sabía que la lista negra le había impedido hacer grandes cosas... Pero podía ser muy divertido cuando hablaba sobre el asunto, aunque nunca perdonó a sus enemigos".
A Gordon le sobrevive su hija Ellen, enfermera titulada del Centro Médico Cedars-Sinai.

valerie.nelson@latimes.com

17 de mayo de 2007
12 de mayo de 2007
©los angeles times
[viene de mQh ]

Lee Marvin, Malo de la Película


[Manohla Dargis] Una cariñosa aproximación a los malos del cine: gángsteres, asesinos a sueldo, pistoleros.
Lee Marvin cruzó la pantalla como un tiburón a punto de engullirse a alguien. Alto y delgado, con unos hombros que parecían tan anchos como sus caderas y el pelo tan plateado como una bala, parecía haber nacido para la velocidad. Pasaba de un género a otro, destacándose en las películas de gángsteres y vaqueros. El romanticismo no era su fuerte. Te podía hacer reír, a veces inquietamente, pero son sus papeles como malo los que se quedan en tu memoria. Son malos espantosos, a veces seductoramente espantosos, porque sus puñetazos y vueltas de cuchillo parecen propinados, no en el fragor de la violencia, sino en su frialdad.
Marvin hizo gran parte de sus mejores actuaciones en los años sesenta; fue pasado por alto por directores de Nueva York que pudieron haberlo inmortalizado para las generaciones futuras. Murió a los 63 en 1987, de un ataque al corazón. Para el público más joven, especialmente para los que creen que la historia del cine empieza con Steven Spielberg y George Lucas, Marvin puede ser un signo de interrogación ("¿Quién?", me preguntó un joven amigo). No he podido encontrar ninguna caja de DVD con sus películas, aunque aparece en algunas colecciones de John Wayne haciendo papeles secundarios y como contraste cómico. Varios de estos títulos, especialmente el melancólico western de John Ford, ‘El hombre que mató a Liberty Valence' [The Man Who Shot Liberty Valence] (1962), están incluidos en la excelente serie ‘Lee Marvin: The Coolest Lethal Weapon', que se inaugura hoy en el Walter Reade Theater, por gentileza de la Film Society del Lincoln Center.
Es más frío que el frío en la clásica horterada de Don Siegel, de 1964, ‘Código del hampa' [The Killers], donde es un asesino a sueldo intelectualmente curioso, y en el thriller maravillosamente fracturado de John Boorman,‘A quemarropa' [Point Blank], de1967. En ‘Código del hampa', el asesino a sueldo se convierte en detective porque no puede entender por qué una de sus víctimas (John Cassavetes) no huye cuando tiene la oportunidad. (Más tarde, cuando una mujer trata de convencerlo de que no la mate, el asesino a sueldo la dice: "Señora, simplemente no tengo tiempo"). El impresionante reparto incluye a Ronald Reagan, con un merengue de pelo lustroso; Angie Dickinson, como la más guapa de los venenos y el fabuloso Clu Gulager. Marvin, que llegó borracho al primer día del rodaje, se hizo con la película, en todos los sentidos.
La bebida jugó un papel recurrente en Marvin, entre bastidores y en la pantalla: recibió sus ruidosas claves de un verdadero motero llamado Wino Willie en ‘Salvaje' [The Wild One] e infunde verdadero dolor al papel del trágico alcohólico Ira Hayes, uno de los dos portabanderas de Iwo Jima, en el drama televisivo ‘The American', de John Frankenheimer, de 1960. En 1966 recibió el Oscar al mejor actor por sus papeles duales en el agotador y nada gracioso western ‘Cat Ballou, la tigresa del Oeste' [Cat Ballou], incluyendo el de un pistolero tan empapado en alcohol que se emborrachaba hasta su caballo. (Al aceptar la estatuilla, bromeó diciendo que el caballo merecía la mitad de los elogios). Sin embargo, ni su comedia patéticamente anticuada, hecha cuando los borrachos terminales todavía hacían reír, pudo disimular su actuación graciosamente gestual, la manera en que se pasa la película tambaleándose, sin llegar a caer.
Era un espécimen físico notable. Nacido en Nueva York en 1924, hijo de un editor de publicidad y moda, asistió a varias escuelas primarias antes de enrolarse con los marines. En 1944, el año que cumplió veinte, era un francotirador en el frente del Pacífico, donde, en Saipan, una bala le cercenó un nervio. Pasó trece meses recuperándose en un hospital y recibió la medalla del Corazón Púrpura. Décadas más tarde, en la última gran película que hizo -la superproducción de Samuel Fuller sobre la Segunda Guerra Mundial, ‘Uno rojo: división de choque' [The Big Red One] (1980)-, el sargento Marvin dirige a un grupo de jóvenes soldados que tenían más o menos la misma edad que él cuando se metió a la guerra de verdad. En esta actuación, ni la ternura ni el odio parecen fingidos.
Tras su recuperación, estudió para fontanero antes de iniciarse en el teatro. Actuó intermitentemente en Broadway, y frecuentemente en televisión. Su primer éxito en la gran pantalla lo tuvo con un pequeño rol en una película de 1951, ‘You'are in the Navy Now', y pronto empezó a especializarse en depravados. Vale la pena citar en extenso a Bosley Crowther, comentando ‘Salvaje', de 1953, en el New York Times: "Y como el segundo alfa de una manada de lobos, al que Lee Marvin retrata como un glandular psicópata o un drogadicto o algo fantásticamente malo, inyecta a esta película, brevemente, un atisbo de absoluta y desatada monstruosidad, disfrutando del privilegio de intimidar a otros en una sociedad justa". No estoy segura sobre eso de la sociedad justa, dada su población, pero que es fantásticamente malvado, lo es.
La serie de Walter Reade no incluye ‘Salvaje', quizás porque es tan familiar, pero es asombroso ver a Marvin manteniéndose incólume contra la nueva fuerza en el cine: Marlon Brando. Con su lasciva risa y depravados ademanes que le dan el crispante aire de una marioneta sin cuerdas, Marvin, canoso y de voz grave, parece como un tipo práctico y rudo.
Acompañado por su pandilla de matones luciendo sus chaquetas de moteros y bonitas gorras, su boca de peluche sobresaliendo sugerentemente, el guapo Brando casi parece remilgado. En comparación, Marvin se ve sucio en cuerpo y alma; tiene los bordes romos, como todo el mundo.
Su personaje está tratando de hacerlo más fácil en el clásico negro de Fritz Lang, ‘Los sobornados' [The Big Heat], que fue también estrenado en 1953 y, felizmente, es parte de la serie. Esta es la película en la que Marvin da vida brutalmente al novio malvado, arrojando un pote de café hirviendo en la cara de su chica (Gloria Grahame), dejándola con terribles cicatrices. Décadas antes, James Cagney había metido un pomelo en la boca del amigo de su novia. En esos días, los canallas del cine alimentaban a los perros con sus presas, pero hay todavía algo espantosamente salvaje en el fervor con que Marvin actúa en esta escena, como si el personaje sintiera placer sexual con su violencia. Parte de esto se debe a Lang, un sádico de la pantalla, pero es Marvin el que aparece con los labios húmedos.
Hay poca blandura y un montón de sombras en uno de sus mejores papeles de canalla, un codicioso pistolero en el magnífico western de Budd Boetticher, ‘Tras la pista de los asesinos' [Seven Men From Now]. La primera en una serie de películas de vaqueros que hizo Boetticher con Randolph Scott, esta película casi perfecta le da a Marvin amplias oportunidades para demostrar lo que puede hacer, sea desmontando a un hombre con su brutal psicología o practicando su desenfundada. Hay vigor en esta personificación, así como un dejo de dandismo, especialmente en el pañuelo verde que lleva al cuello. Marvin lleva pañuelos de seda parecidos en ‘Salvaje' y en ‘Los comancheros' [The Comancheros] (1961), un trabajoso western donde le roba el espectáculo a John Wayne durante los diez minutos en que se manda la parte en la pantalla.
Esos pañuelos son encantadoras florituras. Quizás le gustaba cómo se veía con ellos, o quizás no estaba orgulloso de su cuello. O quizás este rudo profesional, que sobrevivió la Segunda Guerra Mundial y le pagaron generosamente para continuar con la guerra en la gran pantalla, quería mostrar un aspecto de él que no era inmediatamente aparente. Hace girar sus armas con elegancia, sin pestañear siquiera, en el entretenido western de Richard Brooks, ‘Los profesionales' [The Professionals] (1966). En la vida real, Marvin había sido un tipo bueno, con sus párpados caídos y una voz que sonaba como si la hubieran despojado de toda dulzura, parecía destinado a las canalladas.
Lo estaba, ciertamente. Pero sus mejores canallas no eran los tipos repulsivos de historietas, ni los sádicos que matan por la excitación que les produce. Eran por lo general hombres complejos, interesados, temperamentales, sí (mirad la impaciencia con que cruza la escuela de ciegos en ‘Código del hampa'), pero también ágiles y a veces tan divertidos como la arena. En los años setenta, durante una guerra en tribunales infernalmente larga que se arrastró durante casi una década, se hizo más famoso por ser el acusado en la primera prueba legal de la pensión alimenticia (espoloneando la venta de camisetas con el lema ‘Free Lee Marvin') que por cualquiera de sus roles en esa época. Todavía tenía papeles que valían la pena y actuaciones jugosas, incluyendo la ponzoñosa sátira de Michael Ritchie, ‘Carnicería humana' [Prime Cut] (1972) y, por supuesto, Uno rojo: división de choque'. Parece adecuado que, después de treinta años de personajes toscos, pobres diablos, chivatos y payasos, hiciera de héroe.
‘Lee Marvin: The Coolest Lethal Weapon', una completa retrospectiva de la Film Society del Lincoln Center, durará hasta el 24 de mayo en el Walter Reade Theater, 165 West 65th Street, Lincoln Center, 212 496-3809, filmlinc.com

13 de mayo de 2007
11 de mayo de 2007
©new york times
[viene de mQh ]

Una Terrorista Suicida


[Stephen Holden] Aprendiendo a sentir empatía con los terroristas suicidas.
Estudiar el agitado estado emocional en la cara de Luisa Williams, la intensa estrella de ojos negros de ‘Day Night Day Night', es recordar la famosa fanfarronada de Norma Desmond: "Entonces teníamos caras".
Durante la mayor parte de sus 94 minutos, este apasionante y minimalista retrato de una terrorista suicida no identificada de 19 años que quiere hacer volar Times Square, se cierne sobre la cara de Williams. Determinación, rabia, incertidumbre, bravuconadas, modestia y pánico son algunos de los sentimientos que pasan por sus rasgos ligeramente salvajes.
La estrella a la que más se parece es Sandra Bernhard, pero en una versión más delicada, menos el aura de torcida maldad y reprimida histeria de Bernhard. Étnicamente indistinta, podría provenir de Oriente Medio, Rusia, el Mediterráneo o América Latina. Cualquiera sean sus ancestros (Williams es una nativa de Nueva York que hace su debut en la pantalla), tiene una cara que nunca olvidarás.
Cuánto de ‘Day Night Day Night' preferirás recordar, sin embargo, es otro asunto. Depende de tu tolerancia de los montajes rebuscados. La película, escrita y dirigida por Julia Loktev, puede ser seria, y ciertamente tiene aplomo. Pero es también exasperantemente, a posta, evasiva. Quiere introducirte en el modo de pensar de una terrorista y jugar al gato y al ratón con tus esperanzas y expectativas. Por momentos, evoca ‘Elefante', de Gus Van Sant, pero vista desde la única perspectiva de los agresores en esa película sobre una matanza como la de Columbine.
Debido que no se presentan detalles ni motivos, ‘Day Not Day Night' es declaradamente apolítica. Pero la deliberada retención de un programa político en una película sobre una terrorista suicida tiene inevitables implicaciones políticas. Mientras más te identificas con el personaje de Williams, más profundamente te implicas en su decisión. Y temprano en la película, esta te hace saber que ella tiene serias dudas. Más de una vez, y en voz alta, este pequeña y malencarada Juana de Arco se pregunta si acaso está haciendo lo que está haciendo por las razones correctas.
El personaje de Williams y la mayoría de la gente en la organización que la está preparando para su misión, habla un perfecto inglés del nordeste de Estados Unidos. La mayoría son hombres anónimos que llevan máscaras negras mientras la instruyen en un miserable cuarto de hotel en Nueva Jersey. Se realiza una limpieza ritual. Se prueban y descartan trajes. Se memoriza una identidad falsa. Finalmente la llevan, con los ojos vendados, desde el hotel hasta una ubicación secreta, donde le amarran una mochila amarilla llena de explosivos a sus espaldas, y se la instruye sobre cómo activar la bomba.
La película se divide en dos partes: preparación y acción. La primera parte, visualmente sin gracia, ambientada en el cuarto de hotel, avanza ominosamente, como un metrónomo acelerado. Las emociones se ahogan a medida que las preparaciones avanzan con una lúgubre deliberación. Una vez que deja a sus colaboradores y entra a Manhattan al Terminal de Buses de la Autoridad Portuaria, se introduce el caos de la ciudad, y es empujada de igual modo que la cámara de mano que la sigue por la calle 42 hasta la Seventh Avenue.
Los colores se intensifican, la cinta sonora es brusca y nerviosa, y estudias las caras de los transeúntes que llenan las calles. La sensación de claustrofobia de la ciudad que se cierra sobre ella es insoportable, como tu aterrada conciencia de que esta gente inocente no tiene ni idea de que están en inminente peligro.
Cuando decide usar un teléfono de pago y se ve obligada a mendigar monedas, compartes su apabullante sensación de estar perdida en la multitud. El momento más dramático, aparte de su misión, es una escena en la que un joven caliente (Richard Morant) trata de seducirla y llega a levantarse la camisa para mostrarle su cuerpo bronceado. Ella trata de ignorarlo, pero él es tan persistente y muestra tal hostilidad, que piensas en él como en una posible amenaza.
Esta escena, en la que ella se ve vulnerable, y, un momento más tarde, cuando ella hace una llamada de cobro revertido a otro país, para hablar con sus padres, suena como una típica y preocupada mamá o papá de clase media, son astutos toques de humanidad, que te engañan lo suficiente como para que te preocupes por ella.
‘Day Night Day Night', como ‘Paraíso ahora' [Paradise Now], la película de 2005 sobre el reclutamiento y adiestramiento de dos terroristas palestinos, te provoca hasta el último segundo. Sus tensiones son manipuladas con tanta destreza que te llegas a dar cuenta de tu identificación con ella, y adquieres conciencia del grado en que quieres que tenga éxito en su misión.
¿No es eso lo hacen la mayoría de las películas? A menos que se desvíen de lo habitual y hagan que desprecies a los protagonistas, tú tiendes a anhelar que tengan éxito, sin importar ni su demencia ni su conducta psicópata. Esa puede ser la lección moral de ‘Day Night Day Night'. Te atrae lo suficiente como para hacerte sentir extrañamente culpable.

15 de mayo de 2007
9 de mayo de 2007
©new york times
[viene de mQh ]

Un Bocado de Americana


[A. O. Scott] Servido con una triste sonrisa.
Agobiada por un matrimonio con un hombre que le desagrada, inconvenientemente embarazada con su hijo, oprimida por largas horas de atender mesas para un patrón gruñón, Jenna encuentra consuelo haciendo tartas. Filmadas con la misma ternura con que se hacen, estas creaciones sirven como terapia y como arte. Jenna se divierte poniéndole nombres caprichosos -por ejemplo, la tarta ‘No quiero tener el hijo de Earl'- y combina inverosímiles ingredientes para lograr efectos infaliblemente deliciosos.
Adrienne Shelly, que escribió y dirigió ‘Waitress' (y que hace de colega de Jenna) demuestra dotes de confección similares. La película, su tercero y último largometraje antes de que fuera asesinada en noviembre, funde elementos familiares para producir algo que es a la vez satisfactorio y sorprendente. Parte fábula feminista, parte cuento de hadas romántico, es a veces agria y dulce, encantadora y áspera, como su heroína y como Keri Russell, la valiente, guapa y ágil actriz (quizás todavía mejor conocida como Felicity, por el melodrama de televisión del mismo nombre sobre la madurez), que la representa.
El restaurante de pueblo chico sureño donde trabaja Jenna es un lugar hogareño y cómodo, y si te sientes como si hubieses estado ahí antes se debe probablemente a que recuerdas la película ‘Alicia ya no vive aquí' [Alice Doesn't Live Here Anymore], o la dilatada comedia ‘Alice', que la siguió. Russell no se parece mucho a Ellen Burstyn o Linda Lavin, cuyas Alicias eran madres solteras antes que jóvenes esposas, pero la tímida, nerviosa y no correspondida Dawn, de Shelly, y el pragmatismo de Becky, de Cheryl Hines, se acercan mucho a Vera y Flo, las fiablemente divertidas compinches de Alicia.
El aire descarado de Hines -esperé en vano que dijera ‘¡Bésame las nalgas!'- es un agradable cambio de su serio papel en ‘Curb Your Enthusiasm'. Y su estrafalaria calidez, junto con la traviesa timidez de Shelly, llenan la divertida y cariñosa visión que ofrece la película del lugar de trabajo de la hermandad.
Becky y Dawn tienen sus propios problemas, pero ninguna de ellas cambiaría de lugar con Jenna, cuyo marido Earl (Jeremy Sisto) es la principal fuente de su miseria. Un hombre infantil, amatonado y posesivo, es de temer cuando se enfada y el resto del tiempo, un fastidio. Cuando Jenna le cuenta reluctantemente que está embarazada, le hace prometer que nunca querrá más al bebé que a él, completamente inconsciente de que ella probablemente tiene un par de cordones de zapatos viejos a los que aprecia más que a él.
No es que su inminente maternidad la llene de alegría. Aunque decide inmediatamente continuar con el embarazo -la palabra ‘aborto' ni siquiera es mencionada-, la perspectiva de tener un bebé frustra su proyecto de escape. El consuelo se ofrece con la confección cada vez más frenética de tartas, y también con la compañía de su tocólogo (Nathan Fillion), un recién llegado en la ciudad que posee un porte torpe y amistoso que complementa su propia combinación de franqueza e indecisión.
Su ardiente enamoramiento se convierte pronto en toda una aventura, aunque Jenna conserva una medida de decoro y continúa llamándolo ‘Doctor Pomatter'. Su romance es un raro ejemplo de adulterio en el cine (él es casado también), sin castigo ni excusas, y funciona porque los dos actores son tan terriblemente simpáticos.
Como casi todo lo demás en la pantalla, desde las tartas hasta los uniformes de las camareras y las melodiosas canciones pop del montaje. Andy Griffith se hace notar de vez en vez, como el malhumorado y estúpido dueño del restaurante, y agrega el brillo de un sencillo ítem de americana a una película que ocurre en un reino semimítico cuidadosamente imaginado.
No es que Shelly haya excluido el realismo de su historia, sino más bien que lo ha domado y modelado, encontrando un equilibrio perfecto, difícil de alcanzar, entre el encantamiento y la verosimilitud. La historia, en la que se recompensa la resistencia, y se prohíbe la maldad, es reconfortante sin ser indebidamente sensiblera, gracias a su despreocupada y tolerante honestidad. Si ‘Waitress' fuera más enérgicamente edificante, podría ser declarada una película optimista, pero no lo es. Es simplemente una película que te deja sintiéndote bien.
Excepto, claro, por la sombra del mundo real que cae inevitablemente sobre su brillante superficie. Shelly fue asesinada el año pasado en un apartamento de Manhattan que utilizaba como oficina, después de haber terminado la película y de que esta fuera aceptada por Sundance, pero antes de que pudiera ser vista por el público. Tenía 40 años, había realizado algunas excelentes actuaciones (especialmente en las películas de Hal Hartley, ‘Confía en mí' [Trust] y ‘La increíble verdad' [The Unbelievable Truth] y su florecimiento como directora todavía por delante).
El conocimiento de su absurda y prematura muerte hace que las escenas finales de ‘Waitress' sean especialmente dolorosas de ver, y el sólido y modesto logro de la película podría difícilmente compensar la pérdida. Pero es una película encantadora, conmovedora, y llena de vida.

Waitress
Guión y Dirección Adrienne Shelly Fotografía Matthew Irving Montaje Annette Davey Música Andrew Hollander Diseño de Producción Ramsey Avery Producción Michael Roiff Distribución Fox Searchlight Pictures. Duración: 104 minutos.

Reparto
Keri Russell
(Jenna), Nathan Fillion (Dr. Pomatter), Cheryl Hines (Becky), Adrienne Shelly (Dawn), Eddie Jemison (Ogie), Lew Temple (Cal), Jeremy Sisto (Earl) y Andy Griffith (Old Joe).

8 de mayo de 2007
2 de mayo de 2007
©new york times
[viene de mQh ]

Murió Gordon Scott, Tarzán


[Frederick N. Rasmussen] A los ochenta. Culturista y actor, fue Tarzán en seis películas.
Gordon Scott, conocido por su caracterización del superhombre de la selva, Tarzán, en seis películas, y otros papeles en películas de vaqueros y de gladiadores de espada y sandalias, murió este lunes en el Hospital John Hopkins de Baltimore, debido a complicaciones tras varias operaciones al corazón. Tenía ochenta años.
Durante los últimos cinco años Scott vivió con sus amigos Roger y Betty Thomas, en Baltimore. Betty Thomas dijo que desde octubre pasado la antigua estrella del cine había estado mal de salud y entrando y saliendo de la casa de reposo y varios hospitales.
En los años cincuenta un socorrista de hotel desconocido, Scott logró derrotar a otros doscientos candidatos a Tarzán de todo el mundo que se habían reunido para una audición para el papel, lo que implicó treparse a árboles, zambullirse en una piscina y balancearse de lianas artificiales durante seis horas.
Era un hombre de un impresionante y atlético físico, de un metro 92 y 98 kilos y dotado de unos bíceps de diecinueve pulgadas.
En 1953 firmó un contrato de siete años con el productor Sol Lesser, convirtiéndose en el undécimo Tarzán al remplazar a Lex Barker como el ‘Rey de la Selva', que fue creado por el novelista Edgar Rice Burroughs.
Tras su primera película, ‘Tarzán y la selva escondida' [Tarzan's Hidden Jungle] (1955), Scott se casó con su co-protagonista Vera Miles. La pareja se divorció cuatro años después.
La película fue seguida por ‘Tarzán y el safari perdido' [Tarzan and the Lost Safari] (1957), ‘Tarzán lucha por su vida' [Tarzan's Fight for Life] (1958), ‘Tarzán y los tramperos' [Tarzan and the Trappers] (1958), ‘La gran aventura de Tarzán' [Tarzan's Greatest Adventure] (1959), con Sean Connery y Anthony Quayle, y ‘Tarzán el justiciero' [Tarzan the Magnificent] (1960).
"Fue un Tarzán absolutamente maravilloso, que hizo el papel como un hombre inteligente y simpático, tal como mi abuelo lo había descrito originalmente', dijo Danton Burroughs, de Tarzana. "También produjo una estupenda versión del grito de Tarzán, que no sonaba demasiado falso".
Pero Scott, hastiado de su papel como Tarzán, se mudó a Italia en 1960 y apareció en películas como ‘Hércules' y ‘El héroe del Oeste' [Buffalo Bill, Hero of the Far West].
Su última película, ‘The Tramplers', de 1966 con Joseph Cotten y James Mitchum, fue estrenada en 1968.
Más tarde Scott se ganó la vida asistiendo a espectáculos de autógrafos y congresos sobre cine, viviendo de los derechos de redifusión.
"Siempre fue un gran derrochador y parrandero", dijo Rayfield Werschkull, su hermano. "Tenía una debilidad, y eran las mujeres. Lo perseguían".
En una entrevista hace poco con el semanario Baltimore City Paper, Scott dijo que ser un actor "es una cosa que nunca pensé en hacer, pero una vez que estás en ello, si tienes éxito te echa a perder para todo lo demás. El dinero es fácil, conoces a gente linda. Dios mío, esa es la situación ideal, como un mundo de fantasía. También es la mejor manera de viajar. En primera clase, y conoces un montón de lugares interesantes".
Nacido como Gordon M. Werschkull el 3 de agosto de 1926, en Portland, Oregon, se dedicó desde adolescente al culturismo. Asistió a la Universidad de Oregon durante un año después de la secundaria y se enroló en el ejército en 1944, sirviendo como sargento instructor y policía militar hasta 1947.
Después de la guerra se mudó a Las Vegas, donde se convirtió en socorrista en el Hotel Sahara. Cambió su apellido a Scott después de conseguir el papel de Tarzán.
Se casó al menos tres veces, dijeron sus familiares, y se cree que tuvo al menos tres hijos.
Además de su hermano, le sobreviven dos hermanas, Janice McKeel, de Salem, Oregon, y Betty Lou Hyatt, de Sisters, Oregon.

4 de mayo de 2007
©los angeles times
[viene de mQh ]

Murió Dabbs Greer, el Reverendo Alden


[Valerie J. Nelson] A los 90. Atareado actor de carácter se especializaba en papeles de gente corriente.
Ha muerto Dabbs Greer, un actor de carácter que ha menudo hacía papeles de televisión de personajes corrientes, y se hizo conocido por representar al Reverendo Robert Alden en ‘La casa de la pradera' [Little House on the Prairie]. Tenía 90 años.
Greer, que había estado batallando contra un riñón y un corazón enfermos, murió el sábado en el Hospital Huntington, de Pasadena, informó su vecino Bill Klukken.
Su carrera cubrió más de medio siglo e incluyó papeles en casi cien películas y unos seiscientos episodios de televisión.
Además de dirigir la parroquia de Walnut Grove de ‘La casa de la pradera', que se emitió de 1974 a 1983, Greer tuvo recurrentes roles de televisión como el tendero Míster Jonus en ‘La ley del revólver' [Gunsmoke], de 1955 a 1960; entrenador en ‘Hank', a mediados de los años sesenta; pastor en ‘Picket Fences', en los años noventa; y el abuelo cascarrabias de ‘Maybe It's Me', de 2001 a 2002.
En ‘Las aventuras de Superman', Greer apareció colgando de un dirigible y siendo rescatado en el aire por el Hombre de Acero en el episodio piloto de 1952. Fue también el pastor que casó a Mike y Carol Brady en 1969, en ‘La familia Brady' [The Brady Bunch].
Debutó en la gran pantalla en 1949, con un papel no reconocido en ‘Reinado del terror' [Reign of Terror].
"Su aspecto normal hacía de excelente contraste con los tejemanejes extraterrestres de ‘Invasión de los ladrones de cuerpos' [Invasion of the Body Snatchers] (1956) y ‘La amenaza de otro mundo' [It! The Terror From Beyond Space] (1958), de acuerdo al banco de datos online All Movie Guide.
En su última película, ‘La milla verde' [The Green Mile] (1999) -entonces de 82- hizo el papel del gendarme de prisión Paul Edgecomb, cuando el personaje se convirtió en demasiado viejo para que Tom Hanks lo pudiera representar realísticamente. Anteriormente, Greer había hecho de guardia de prisión con Susan Hayward en el papel que le ganó, a Susan, un Oscar por su rol en ‘Quiero vivir' [I Want to Live!], de 1958.
Nació como Robert William Greer el 12 de abril de 1917 en Fairview, Montana, hijo de un farmacéutico y su esposa, que enseñaba elocución. Se crió como hijo único en Anderson, Montana, y empezó a actuar en producciones teatrales infantiles a los ocho años.
Después de sacar su grado de licenciado en la Universidad de Drury en Springfield, Montana, en 1939, Greer dirigió el departamento de retórica y drama de departamento de educación de Missouri, informó Klukken.
En 1943 se mudó a Pasadena, donde vivió el resto de su vida.
Fue administrador y profesor en la escuela de teatro Pasadena Playhouse, actuando a menudo con estudiantes y dirigiendo más de cincuenta piezas. Empezó a usar el apellido Dabbs -el nombre de soltera de su mujer- como nombre de pila en su oficio.
Greer dejó el teatro en 1950 para dedicarse tiempo completo a la actuación y empezó a representar toda una serie de tipos buenos de pueblos chicos cuyas personalidades no eran muy diferentes de Greer mismo, dijo Klukken.
Greer no se casó nunca y no deja sobrevivientes.
Sobre su carrera compuesta principalmente de papeles secundarios, Greeer dijo a Times Union, Albany, Nueva York, en 2000: "En su propio y pequeño mundo, todo actor de carácter es el actor protagonista".

valerie.nelson@latimes.com

1 de mayo de 2007
©los angeles times
[viene de mQh ]