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pan y cine y el santo

John Kellogg, el Intocable

[Cheryl Kellogg Phillips] Lo que sabía sobre su padre, lo sabía por haberlo visto hacer de Lucky Quinn en la televisión. Entonces trató de hacer el papel del papá.
No había visto a John Kellogg, mi padre, desde que tenía dos años.
Él era actor. Toda mi relación con él se desarrolló dentro del suave brillo de un televisor Zenith blanco y negro de 19 pulgadas.
Nunca apartaba mi vista del Zenith. Ni siquiera durante los anuncios, porque a veces había programas dobles, y él se aparecía parado en el parachoques delantero de un coche, con una gran sonrisa en la cara y una lata de aceite para motores: el papá super americano, con su hijo en segundo plano regando el verde jardín. El anuncio contrastaba terriblemente con sus roles habituales. Como Lucky Quinn de ‘Los Intocables', con una ametralladora en la mano y luciendo un sombrero y traje de rayas, liquidaba a mafiosos rivales y a miembros de la oficina de Eliot Ness durante la Prohibición. Pero ahí estaba mi padre, abrazado a una lata de Pennzoil.
Lucky fue finalmente capturado por una turba de pesados agentes del ministerio de Hacienda norteamericano, que le dieron despiadadamente caza por todo el Lado Sur de Chicago, hasta que se desplomó de fatiga y cayó de cabeza entre las ruedas de un tren de cercanías. De los más de cincuenta programas de televisión y sesenta películas en las que apareció John Kellogg durante su carrera de cincuenta años, son los episodios de ‘Los Intocables' los más memorables y los que siempre recordaré.
Cuando no estaba haciendo de mafioso, se aparecía a menudo en ‘Bonanza' o ‘La ley del revólver' [Gunsmoke] (o alguna otra serie de vaqueros en la televisión, tan populares en los años sesenta) como pistolero itinerante o como un forajido que causaba el caos en la Ponderosa o entre los inocentes habitantes de Dodge City. Yo lo miraba con profunda curiosidad, estudiando el versátil actor que era mi padre. Cada vez que lo veía actuar, quedaba con la sensación de que había aprendido algo más sobre quién era realmente mi padre. Era, decidí, un tipo malo apto para todo.
John Kellogg conoció a mi madre, Helen, en el Actor's Lab de Hollywood, detrás de la farmacia Schwab's, en Sunset Boulevard. Era encantador, y tenía clase, según entiendo. Era razonablemente guapo, de facciones muy marcadas, alto, delgado, pelo castaño claro y rizado y ojos azules, y ya había aparecido en ‘Almas en la hoguera' [Twelve O'Clock High] en un papel importante. También se hizo con papeles de pato malo en numerosos clásicos del cine negro de los años cuarenta y cincuenta: ‘Gángster' [The Gangster], ‘Donde la ciudad termina' [Edge of the City], ‘Port of New York'. Me parecía que en la mayoría de sus papeles aparecía sea pegándole a alguien o al menos repartiendo bofetadas. En ‘Kansas Raiders' llevaba un pañuelo en el cuello mientras dirigía desafiantemente a una horda de vaqueros furiosos a través de un sendero polvoriento. Luego apareció en ‘Bomba and the Elephant Stampede', en la que hace de un cazador furtivo que haría casi cualquier cosa para conseguir marfil -mi padre con chaqueta de safari, apuntando con un rifle, atacando sigilosamente a los pobres elefantes. Apareció como Morse en ‘La bestia negra' [Gorilla at Large], una película de suspense sobre ‘el gorila más grande del mundo'. Y pudo mostrar su talento como cómico haciendo de Cherry-Nose Gray, en ‘Hold That Baby!'

El matrimonio de mis padres fue de corta duración -unos dos años. De acuerdo a la demanda de divorcio de mi madre, su relación estaba marcada por maltratos físicos y verbales, alcoholismo, abandono y la más o menos total irresponsabilidad de parte de mi padre. En mi opinión, su lado de la historia era más bien endeble. Aunque admitió que era mi padre, en las actas judiciales afirmó que ninguna de las acusaciones en su contra le importaban demasiado. Insistió en que su divorcio de su segunda mujer no se había realizado, de modo que el matrimonio con mi madre era una farsa. (Por supuesto, se había divorciado. En palabras de mi madre: "¡Es un mentiroso!")
La acritud recibió una muerte piadosa por vía de la anulación. Mi madre renunció al derecho de alimentación y mi padre recibió dos órdenes de la corte: renunciar a todos sus derechos a su preciado MG 1948 y pagar una pensión alimenticia de 25 dólares a la semana (reducida luego a 20 dólares, que nunca pagó) y tampoco entregó su MG, y su interpretación del "derecho de visitas razonables a la mencionada hija" fue no aparecerse nunca. Mi padre me abandonó, una traición ni muy clara ni simple, y una causa perdida en todas sus acepciones. Mi madre trató repetidas veces de llevarlo a tribunales, pero el proceso se hizo demasiado caro y cansador. Él era excepcionalmente apto en el arte de eludir y esquivar el sistema jurídico de California, haciéndoselo tan difícil a mi madre que después de años de intentarlo, ella simplemente lo dejó de lado.
Una de las desgraciadas comparecencias en el tribunal apareció en el diario. El artículo mostraba una cómica instantánea de mi padre mostrando el forro de sus bolsillos vacíos.
Una tarde, mientras miraba a mi padre y sus amigos carroñeros entrar en desbandada en un tranquilo pueblo de vaqueros, él telefoneó. Respondió mi madre, y pude ver cómo se tensaban los músculos de su cuello. "Es tu padre", dijo. "Quiere hablar contigo". Puso el auricular cerca de mi oído y oí su voz por primera vez en más de diez años.
"¡Hola, Cheryl! ¿Cómo estás de salud?" Me dijo que estaba viviendo en Nueva York, pero que dentro de poco él y su esposa Barbara y su hija Sharon Lee y su perro Pepe se mudarían a Malibu y que le gustaría verme.

Yo no sabía qué esperar, excepto que me iba a reunir con alguien al que había visto en televisión durante la mayor parte de mi vida. Para mí era más reconfortante saber que iba a encontrarme cara a cara a un personaje de la televisión que vivir la incertidumbre de ver a mi padre, que era para mí un completo desconocido.
Mi madre y yo compartíamos un apartamento de un dormitorio en Carlton Way en Hollywood. Era un edificio hortera de principios de los sesenta, pintado de rosa y salpicado con algo brillante. En esos días, los edificios de apartamentos debían llevar nombres -el nuestro se llamaba The Starburst. Y en realidad, tenía una estrella, de color canela y rota, llena de hoyos y salpicada con algo que parecía alquitrán.
Lo primero que noté sobre mi padre cuando abrí la puerta, fueron sus sucias zapatillas de tenis, con un trozo de envoltorio de Wrigley pegado a un taco. A decir verdad, no se parecía nada a Lucky Quinn. Sin su sombrero y su traje de rayas, era difícilmente reconocible. Llevaba una camiseta azul marino y vaqueros desteñidos. Barbara, cercana a los treinta, y perceptiblemente más joven que mi padre, vestía de manera conservadora: pantalones negros y sandalias. Su cabello castaño claro lo llevaba fuertemente recogido por detrás, y formando un remolino encima de su cabeza.
Mi padre me dio la mano. Su fuerte apretón y sonrisa demasiado dentuda, me puso los nervios de punta. Me era difícil mirarlo a los ojos. Se quitó el envoltorio de chicle de su zapatilla, hizo una bolita con él y lo arrojó al suelo antes de entrar.
Recuerdo varios minutos de torpes carraspeos. Yo estaba sentada en un pequeña silla que estaba normalmente frente al televisor. Mi madre se sentó en la silla con el cojín manchado, mientras mi padre y Barbara se arrojaron al sillón. Mamá cortó el hielo con una anticuada sesión de preguntas y respuestas: "¿Has visto lo guapa que se ha puesto Cheryl?"
"Sí, claro", retumbó mi padre de inmediato. Seguido por un "Claro que sí", de Barbara.
Dije algo sobre lo mucho que disfrutaba mirándolo en la televisión todo el tiempo, especialmente como Lucky Quinn, y lo mucho que sentía el fin de Lucky arrollado por el tren de cercanías.
"‘Los Intocables' tampoco volverán", dijo. "Quedó para reestrenos. Todos esos italianos y sus quejas. Cuando Capone y Luciano empezaron a llamarse Fred Jones y Bill Smith... bueno, digamos que la audiencia no les creyó. Era ridículo".
Los momentos verdaderamente tensos de la visita fueron cuando mi madre llamó "Giles" a mi padre. Ese era su nombre verdadero: Giles Vernon Kellogg Jr. Mi madre me había contado que él odiaba su verdadero nombre. Se lo había cambiado al principio de su carrera después de que alguien dijera que se parecía a John Garfield. Me contó cómo se arreglaba meticulosamente para parecerse a John Garfield, y se ponía taciturno si los ejecutivos en el plató o sus colegas actores no observaban el extraño parecido.
Sin importar lo mucho que quería creer que finalmente iba a tener un papá (y un papá que venía empaquetado con casa en la playa, perro y hermanastra), el temor era innegable. Me había abandonado una vez. Sabía que lo volvería a hacer.
Su casa de alquiler en Malibu estaba ubicada directamente en la arena y sobre pilares. En realidad era más una cabaña que una casa, era muy pequeña, con un solo dormitorio y una salita compacta y un diminuto cuarto adicional que él y Barbara habían convertido en el dormitorio de Sharon Lee. Mi lugar fue el asiento junto a la ventana izquierda sobre uno de los pilares. Tenía vista al mar sin ninguna obstrucción.
La despedida fue bastante tranquila, aunque hubo algo de confusión sobre dónde me recogería mi padre. Dejó en claro que no quería alejarse demasiado de su casa. Dijo que me recogería en la tienda de delicadezas Greenblatt, al otro lado de la calle frente a Schwab's. Mamá lo riñó por teléfono (la oí llamarle Giles varias veces), hasta que finalmente él accedió y aceptó hacer el viaje hasta The Starburst. Dijo que le tomaría alrededor de una hora.
Llegó cinco horas más tarde, sin decir nada a modo de excusas. Dijo vagamente que había tenido que parar en Sears, que estaba a varios kilómetros al este de The Starburst. Después de burlarse de la sombra color turquesa de mi madre -"¡Pero qué porquería te has echado en los ojos!"-, nos marchamos a la playa por el fin de semana.
Hasta ahora no he conocido a nadie que viviera directamente en la playa. Todo lo que tenía que hacer para llegar al mar era simplemente bajar la escalera de la cabaña. Había montones de familias acomodadas, gente muy guapa y algunas caras famosas en este pedazo de la Autopista de la Costa del Pacífico. Pero fue la cara de Henry Jones la que me impresionó. Era actor como mi padre, y yo creía que tenía todavía más talento. Realmente me emocionó ver a ‘Leroy'. Leroy, holgazaneando en la playa, flaco, con un bañador demasiado grande. El inocente manitas de Leroy, de la película ‘La mala semilla' [The Bad Seed], cuyos sordos gritos de horror y angustia mientras se quemaba hasta morir en un catre de madera, serían inolvidables. Ese día me habría gustado acompañarlo en la playa y charlar un rato -preguntarle a Henry Jones su opinión sobre la crueldad, la locura y sobre la muerte lenta-,pero no lo hice. Simplemente lo miré, y seguí mi camino.
Tal era la abundancia y exceso de sonrisas, reuniones y jugueteos. Volaban los balones de voleibol y los balones de playa. Había familias que vivían en la playa, de las que me hubiera gustado formar parte. Familias que recibían a amigos que me hubiera gustado tener. Tanta alegría, gritos y silbidos. Se oían ecos de la gente privilegiada que jugaba -disfrutando del día bajo el sol, de sabrosas parrilladas, sobre mantas y sillas engalanadas con sombrillas, y refrescos en las manos. Habían encontrado su propio y recluido paraíso, todos ellos acunados y reconfortados y cantados lujosamente por el Océano Pacífico y el salado y cálido aire de Malibú, todo lo cual escaseaba y estaba estrictamente reservado para unos pocos favorecidos. Para un extraño, las apariencias lo eran todo, y a mí me parecía que estas alegres personas de la playa vivían vidas de ilimitada felicidad -y por un momento excepcional, se me había permitido un acceso provisional a su mundo perfecto. Pero sólo como observadora.
Era difícil seguir una conversación con mi padre. Hacía pocos comentarios. Pero se tomó varios minutos para mostrarme cómo evitar quemarme los pies en la arena. Demostró lo simple que era enterrar los pies. Lo miré mientras hundía sus pies grandes, huesudos y bronceados en la fría arena debajo de la ardiente superficie.
Ver a mi padre nadar en el mar fue todo un fenómeno. Nadaba con autoridad, haciendo profundas brazadas en el agua con las manos empuñadas, como si Lucky Quinn le diera al Océano Pacífico un bocadillo de nudillos. La ocasional ola brava no significaba nada para él. Si alguien se ponía en su camino, simplemente lo apartaba de una bofetada en la boca, como se lo hizo a Robert Mitchum en ‘Retorno al pasado' [Out of the Past], y seguía hasta encontrar al siguiente. Salió del agua con un aire que sólo se puede describir como bravuconería y entonces, sin decir una palabra, se secó bruscamente con una enorme toalla y subió brincando las escaleras hacia la casa, saltándose escalones en el camino. En la entrada, lo vi murmurar algo a Barbara, que entonces bajó las escaleras. Me dijo que mi padre quería pasar el resto de la tarde mirando un torneo de golf en la televisión.
Esa noche nos sentamos en taburetes de madera en el pequeño mesón de la cocina, y cenamos pasta con salsa de almejas con montañas de ajo. Mi padre habló de ‘Los Intocables' y dijo que era el único actor en un reparto de neuróticos. Pero todo eso era historia ahora. Recién le habían dado el papel de un lunático llamado Jack Chandler en una popular novela vespertina, titulada ‘La caldera del diablo'.
Tras la cena se desperezó largamente. "Cheryl, tengo algo para ti", dijo. Se levantó, se dirigió hacia un librero inestable y hurgó en varios libros de bolsillo polvorientos. Mantuvo el objeto misterioso tras su espalda y anunció orgullosamente: "Hace dos semanas participé en un torneo de golf y aunque no gané, si recibí una Mención Honrosa. Este era el premio, y quiero regalártelo". Miré la palma de su mano con ajo y vi un sobre de rayas azules con la palabra CON LOS SALUDOS DE impresos en letras de bloque negras. "¡Son dos billetes para un partido de los Dodgers! Puedes ir con Helen o algún otro".
Una fuerte tristeza me hizo aflojar el puño. El premio cayó al suelo. Pepe se acercó corriendo, lo olfateó y se alejó.
"¿Qué estás haciendo?", gritó mi padre, sonando como había sonado en ‘Kansas Raiders'.
"¿Dónde has estado todo este tiempo?", pregunté.
Yo quería que pese a su fracaso como padre, me ofreciera al menos una gran excusa. Así olvidaría su traición.
Me miró con una expresión que no había visto desde que noqueara a Kirk Douglas en ‘El extraño amor de Martha Ivers' [The Strange Love of Martha Ivers].
"¡Te estoy dando billetes gratis para un partido de los Dodgers! ¡A un montón de gente le gustaría tenerlos!"
"Nunca me quisiste, ¿verdad?"
Esperé su respuesta. Pero no dijo nada. En lugar de eso, hizo algo que Lucky Quinn no habría hecho nunca. Se miró los pies y refregó una de sus sucias zapatillas de tenis sobre la otra.

Cheryl Kellogg Phillips es escritora, maestra y actriz ocasional y vive en Valley Glen.

17 de septiembre de 2006
©los angeles times
[viene de mQh ]

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