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pan y cine y el santo

Sobre Manuel Puig


No creía en Dios, pero sí en Rita Hayworth. Y su vida hasta los créditos se pareció a una película. Rechazado como Bovary, adaptó el cine a la novela y amó hasta el desgarro. Así lo cuenta Ítalo Manzi, autor del libro ‘Mi gran amigo salvaje’.
[Gabriela García] Fue de mañana. A la hora en que las historias hacían rondas en su cabeza. Sentado frente a la máquina y bosquejando a duras penas la segunda escena de ‘Madrid 37’ (un guión encargado por la directora española Marina Cañonero), Manuel Puig sintió la embestida de la muerte. "Llévame al médico", le suplicó a su madre (Male) cuando ésta volvía de la piscina y se encontró al argentino con los ojos hundidos y las manos apretadas contra el vientre.
La escena ocurrió hace veinte años en la vieja casa familiar de Cuernavaca y parece la previa a los créditos de una película. En ésta el escritor que renovó la literatura trasandina es dirigido al quirófano, y posteriormente operado de la vesícula. A los tres días, un sábado y después de comer puré, su corazón hace cortocircuito. Ese día, el 22 de junio de 1990, Coco (así lo llamaban sus cercanos) se reencarna en leyenda.

Sinopsis Vital
Que lo mató la tacañería, que era mitómano, que tuvo dos hijos o que murió de sida. Si hay un mito que encabeza la vida de Manuel Puig es el de Edipo. Soltero y con 58 años, comía por las noches con su madre y sagradamente tenía que llevarle una película de cine americano. Además, si el momento de su muerte los pilló juntos fue porque ésta lo mandó llamar a Río de Janeiro. "La culpa de su muerte la tiene la Male que lo hizo venirse a México porque tenía frío y necesitaba piletas temperadas para la enfermedad del corazón", le dijo un vidente colombiano a Italo Manzi, crítico literario y amigo personal del trasandino, que por estos días promueve un libro de correspondencias titulado en sueco ‘Min vilda vän’, que quiere decir mi gran amigo salvaje. "La madre es un personaje muy especial. Él la quería mucho, pero también estaba a veces harto de ella. Le hizo bien, pero mucho mal también, porque le impidió tener la plena libertad para hacer lo que quería", afirma Manzi.
Nacido en General Villegas, Argentina, el 28 de diciembre de 1932, Puig fue un niño que creció viendo películas en un destartalado cine de provincia. Hijo de Baldomero, un severo fraccionador de vinos ("me echa todos los amigos", decía Manuel) y golpeado en el colegio por su precoz amaneramiento, el niño se refugia en el ensueño de Hollywood y en los sublimes ojos de divas como Bette Davis o Rita Hayworth, estrella de cine con la que titularía años más tarde la famosa novela de 1965 con la que postuló animado por Juan Goytisolo al Concurso Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral (‘La traición de Rita Hayworth’) y que, según dice el rumor, no pasó la final por oposición de Mario Vargas Llosa. "Creen que soy un best seller pasajero, no un escritor. Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace 30 años", diría más tarde el escritor que caminaba en cámara lenta y suspiraba más de lo que hablaba sobre el rechazo que en un principio causó su obra.
Bebiendo de la gran pantalla, el folletín, la telenovela, el radioteatro o las necrológicas y reivindicando la cursilería, Puig es un autor que envuelve en satín sentimientos como el fracaso, la nostalgia, el dolor y el desamor, entre otros sentimientos que moldea la cultura pop a su antojo. Melodramático, es raro imaginar que haya partido inscribiéndose en los años 50 en la Facultad de Arquitectura de Buenos Aires. Y aunque se cambió al año a Filosofía y Letras, es en 1956 cuando verdaderamente empieza a pasarse películas.
En Roma y gracias a una beca, estudia cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Escenario que inspira sus primeros libretos y desde donde le cuenta a Manzi, a finales de los ’60, el nacimiento de su vocación literaria. "Ahora una noticia: allá por marzo caí en un pozo de desesperación y a modo de descarga nerviosa se me dio por escribir a tontas (?) y a locas (!!!) y me está saliendo una especie de novela. Los que han visto los primeros capítulos están entusiasmados ¿¿ ???? Jamás me hubiera imaginado meterme en un berenjenal semejante", le escribe al hombre sobre las que se convertirían en los libros ‘La traición de Rita Hayworth’ y ‘Boquitas pintadas’.

Sexacional
Rechazado como la Madame Bovary de Flaubert, Manuel era de esos tipos condenados a los "amores impuros", como le diría a Tomás Eloy Martínez. Enamorado de un obrero que colocaba tuberías de gas en Buenos Aires o de un panadero al que soñaba con enseñarle inglés en Italia, da la impresión de que Puig era de esas estrellas de cine que deben sufrir mucho antes de sonreír.
Por eso la "amistad amorosa" entre él y Manzi es una de las vivencias que le salva la vida. Conocidos en Francia, no fue hasta varios años más tarde que el amor explotó en Buenos Aires. "Nos conocimos en la Ciudad Universitaria de París, cuando él iba rumbo a Londres, donde escribía y trabajaba lavando platos. Recuerdo que no nos caímos nada bien. Él me encontró tímido y pretencioso y a mí me molestaba que hablara en femenino y exagerara la parte gay", cuenta Manzi sobre quien a esas alturas se refería a sí mismo como Rita o Julie (por Julie Christie) y llamaba a sus amantes ocasionales como los amores de Hayworth: Orson, Alí, Dick o Jim. A su vez, tenía nombre de diva para colegas como Carlos Fuentes (Ava Gardner), Tomás Eloy Martínez (Jane Russell) y Mario Vargas Llosa (Elizabeth Taylor).
"O la cortas con eso o lo nuestro se acaba", le rayó la cancha Manzi antes de hacer el amor. Desde entonces no dejaron de encontrarse y escribirse. "Fue un sábado, me acuerdo, y su familia no estaba en Buenos Aires. Era verano y resultó muy lindo y natural. Manuel era siempre divertido, si se ponía celoso era casi en broma porque nunca tuvimos una cosa atada. Tampoco mantuvimos la fidelidad", revela sobre una relación que perduró por treinta años y que el libro retrata con cartas donde se devela un Puig cinéfilo, viajero y soñador. Además destapa su sexualidad. "Es cierto que era gay y le gustaban los hombres, pero tenía muchas relaciones sexuales con mujeres. Puig era bisexual, él decía que era el estado natural del ser humano", explica Manzi. Pero hay también otro rito que narra el libro. El de las noches en que se juntaban a tocar piano y Manuel soñaba con lanzar a Manzi a la fama. Entonando letras ‘Come on, join the party’, originalmente en la voz de Marlene Dietrich en la cinta ‘Witness for the prosecution’, el escritor volvía a respirar como una estrella de cine. "Manuel fantaseaba con una presentación mía y preparaba la publicidad. Había que elegir el nombre. Pero yo me empeñé en que tenía que ser el del héroe del ‘Kalevala’, la epopeya finlandesa. Al fin, Manuel encontró mi sobrenombre: "Rauno, el chico de voz sexacional". Nos reíamos mucho", dice Manzi.

Tangos y Flores
Vanguardista u oscuro como William Faulkner, según la necrológica del New York Times, Coco pensaba que sus libros tenían que ser un buen show. O un tango de esos que te hacen sudar hasta el desgarro. Brutalmente honesto pero a la vez dulce, en el famoso libro adaptado a la pantalla grande ‘El beso de la mujer araña’ queda en evidencia lo que éste pensaba de la homosexualidad ("No existe. Es una proyección de la mente reaccionaria. Estoy convencido de que el sexo carece absolutamente de significado moral", dijo Puig en entrevistas), pero también el dolor que le causó la dictadura argentina. Terminado en México ‘El beso de la mujer araña’, el autor había huido allí después de que su obra ‘The Buenos Aires Affaire’ (1973) había sido censurada en su tierra natal. Además, la historia cuenta que hasta recibió amenazas de muerte de parte de la Triple A.
Por esta razón y por lo desapercibida que pasó ‘El beso de la mujer araña’ en Argentina, es que Manuel falleció padeciendo sentimientos encontrados con una patria que lo consideró en un momento un best seller y un talento que sería devorado y olvidado por el mercado. Y que hoy le rinde honores como uno de los escritores más importantes y novedosos del siglo XX.
La partida de Argentina, sin embargo, lo conduce al renombre internacional. Viajando por Nueva York, Suecia, Londres y Sudamérica, Coco hace lo imposible: adaptar el cine a la novela. De película, se dice que ‘Sangre de amor correspondido’ (1982) lo escribió después de hacer un contrato con un albañil que le permitió registrar con su grabadora su vida. Leyenda que, sin embargo, Italo Manzi desmiente. "Es un invento total. Y hay otra cosa que se dice de Manuel que no es cierta: que era un gran lector. Lo suyo era un talento innato, nunca, en todos los años de relación lo vi leyendo un libro, sólo los hojeaba, excepto los guiones de cine, a los que sometía a un exhaustivo análisis y siempre les encontraba la falla", afirma su amigo.
La razón de su falta de instrucción estaría en el bolsillo. Y el crítico literario lo ejemplifica con la comida. "Manuel podía comer en restaurantes caros de invitado, pero después no gastaba un centavo en comida porque era muy, muy avaro. Tan tacaño que jamás se tomaba un taxi cuando venía del aeropuerto para venir a casa, acá en París. Un día miré por la ventana y estaba arrastrando la valija. Se había venido caminando", expresa con entusiasmo el hombre al que la muerte de Manuel lo pilló en un corredor de su oficina en la Unesco. "Me quedé en shock cuando lo supe y pensé que había sido un accidente aéreo, porque sin avisar a veces tomaba un avión, daba una charla y volvía. Pero después me enteré de que había estado internado, y que si bien la operación había salido bien, se agravó de golpe y el corazón no le resistió. Se habló de que el sábado los médicos no están, pero no sé la verdad de la verdad", confiesa quien vio a Puig por última vez en el ’88, cuando éste todavía estaba viviendo en Río de Janeiro. "Realmente el último encuentro no fue significativo. Recuerdo que me pedía disculpas por no poder ocuparse por mí. Estaba torturado por ‘El beso de la mujer araña’, que había sido un fracaso en teatro en Estados Unidos. No fue un encuentro como todos los otros, donde nos llamaba la atención cómo seguíamos haciendo el amor a través de los años. Después hablamos mucho por teléfono cuando él vino a Italia a trabajar en un guión de Vivaldi que quedó inconcluso. Me llamaba todos los días, mientras no le cobraban", agrega Manzi.

-Su fallecimiento fue repentino. Algunos diarios especularon que lo habría matado el sida. ¿Cuál es tu versión?
-Tenía un gran miedo del sida, pero no lo padeció. Pero sí le tenía miedo a la muerte y a la enfermedad. A propósito de eso, hay un tema que nunca pude tocar a fondo con él. Yo soy muy religioso, siempre lo fui, pero él nunca quería saber nada. Yo pienso que le tenía miedo a la religión. No así al amor.

¿Qué hay de esos hijos que se manifestaron, cuando murió, en la prensa?

¡Ni me lo recuerdes!, yo sabía quiénes eran y todo, pero no eran hijos sino dos mexicanos gays que lo ayudaron mucho, sobre todo en su colección de cine. Lo llamaban "mami" y alguien lo oyó y entonces se inventaron la cosa de los dos hijos. Me dio mucha rabia por las mentiras que se decían.

Su película favorita era ‘Los niños del paraíso’. ¿Te lo imaginas allí ahora?
Todo depende de lo que se crea. En el paraíso tal como se describe en la Biblia, no. Recuerdo que cuando nos conocimos me preguntó si me gustaban las películas de mujeres, yo le dije que no, como tampoco me gustan los western. Pero es gracias al cine y las canciones que lo sigo sintiendo cerca.

12 de abril de 2010
©la nación

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