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pan y cine y el santo

Cuando Miller Conoció a Marilyn


La vida del dramaturgo con Marilyn Monroe.
[Dwight Garner] Arthur Miller tenía 33 años y estaba en la cúspide de su carrera cuando, en 1951, vio por primera vez a Marilyn Monroe. Era el autor de ‘Todos eran mis hijos’ [All My Sons] y ‘Muerte de un vendedor’ [Death of a Salesman], la primera pieza que ganaría los tres premios de teatro más importantes del país (el Pulitzer, el Tony y el del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York). Pronto empezaría a trabajar en ‘Las brujas de Salem’ [The Crucible]. Ella tenía veinticuatro y, con apenas algunos papeles cinematográficos menores, era prácticamente desconocida.
La ocasión fue una fiesta en Hollywood en homenaje a Miller. Casado y padre de dos hijos, se quedó deslumbrado con el erótico escenario. Las mujeres se le ofrecían. Más tarde escribiría que no había "visto nunca el sexo tratado de modo tan casual como una recompensa al éxito".
Cuando llegó Monroe, se veía "casi ridículamente provocadora", metida en un vestido que era "descaradamente apretado, declarando antes que insinuando que había traído su cuerpo a la fiesta y que era el mejor que había en el salón". El director Elia Kazan captó "la deliciosa mirada de lascivia" en los ojos de Miller.
Miller y Monroe no se conocerían propiamente sino poco después, en el terreno de 20th Century Fox. Se atraían mutuamente. Para Monroe, conocerlo "fue como chocar contra un árbol", dijo. "Sabes, fue como un refresco cuando tienes fiebre". Pero Miller -alto, lincolnesco, faro de una probidad moral ahora en problemas- volvió a su vida y a su familia en Nueva York. Monroe se casaría pronto con Joe DiMaggio. No volvería a ver a Miller en varios años, y no se casarían sino en 1956.
La larga, extraña y elegíaca balada de Arthur Miller y Marilyn Monroe -que terminaría, en el caso de ella, en abortos, frascos de pastillas y una conducta cada vez más errática, y en el de él en una larga laguna en su carrera teatral- ocupa sólo algunos capítulos de ‘Arthur Miller, 1915-1962’, la nueva, sobria y gigantesca biografía de Christopher Bigsby. Pero son capítulos cruciales. El libro  avanza inexorablemente hacia la aparición de Monroe; su magnetismo succiona todo a su alrededor hacia ella, y rápidamente. La larga vida de Miller (1915-2005) puede ser dividida perfectamente entre A.M. y D.M. -antes y después de Marilyn.
La historia de Miller ya ha sido contada en su propia y amena autobiografía, ‘Timebends’, y más recientemente en la vigorosa y pendenciera biografía de Martin Gottfried, de 2003. Bigsby, un académico británico -la solapa se refiere a él como un "profesor de Estudios Americanos y director del Centro Arthur Miller de la Universidad de East Anglia"-, llega con materiales nuevos, especialmente cajas de documentos, incluyendo manuscritos inconclusos, puestos a su disposición antes de la muerte de Miller. Es un testigo más comprensivo que Gottfried de la vida de Miller, aunque algo más inclinado a los análisis culturales y literarios pedantes. Pero el esquema básico de la historia de Miller sigue siendo el mismo, y siempre tan fascinante.

El segundo de tres hermanos, Arthur Miller nació en el seno de una familia acomodada. Su padre, un emigrado judío de Polonia, era un poderoso y analfabeto hombre de negocios cuya compañía de ropa femenina empleaba a cerca de cuatrocientas personas y enviaba a vendedores a todo el país. La familia Miller vivía en East 110th Street en Manhattan; poseían una casa de verano en Far Rockaway, Queens; tenían chofer.
Todo se derrumbó. El padre de Miller había invertido fuertemente en la bolsa de valores y durante la Depresión perdió casi todo. La familia se marchó a Brooklyn, en lo que más tarde Miller llamó el territorio de Willy Loman. El adolescente Miller repartía pan todos los días a las cuatro de la mañana, antes de ir a la escuela, para ayudar a la familia.
Más interesado en los deportes que en el estudio, Miller ingresó a la Universidad de Michigan, donde empezó a escribir piezas de teatro y profundizó su interés en causas políticas radicales -un interés que lo llevaría a declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas de la Cámara en 1956. (Miller había participado en reuniones del Partido Comunista, aunque dijo que nunca fue miembro; fue condenado por desacato al Congreso, un cargo desechado posteriormente, por negarse a mencionar a los otros asistentes).
Egresó de Michigan en 1938 y volvió a Nueva York, donde escribió radioteatro hasta que logró que sus trabajos más ambiciosos fueran puestos en escena. En 1940 se casó con su novia de la universidad, Mary Slattery. Su primera pieza representada en Broadway, ‘Un hombre con suerte’ [The Man Who Had All the Luck], fue destrozada por los críticos y cerró después de cuatro presentaciones. Tres años después, ‘Todos eran mis hijos’ [All My Sons] llegó a Broadway, derrotando a ‘El repartidor de hielo’ [Iceman Cometh], de Eugene O’Neill, al ganar el Premio del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York. Fue su despegue.
El libro de Bigsby está abarrotado de detalles picantes. Miller vivió brevemente en el mismo Brooklyn pardo rojizo que el joven Norman Mailer. (Mailer diría más tarde: "Sé que pensaba de mí que yo nunca iba a llegar a significar algo"). Miller escribió partes de ‘Muerte de un vendedor’ [Death of a Salesman] y ‘Las brujas de Salem’ [The Crucible] en verso. Escribió la primera parte de ‘Muerte de un vendedor’ una sola agotadora jornada. Estuvo a punto de titular como ‘Spirits’ a ‘Las brujas de Salem’. Veía a Dustin Hoffman, la estrella de un revival de 1984, como un Willy Loman "ligeramente dictatorial".
Bigsby, el comprensivo biógrafo, nos entrega una muestra de los severos críticos de Miller. Muchos veían su trabajo como programático. Mary McCarthy, por ejemplo, escribió que ‘Muerte de un vendedor’ "sufría" por la "insistencia en la universalidad" de Miller. (Bigsby se ha divertido con McCarthy, escribiendo sobre su rechazo de Eugene O’Neill: "Le fascinaba tanto que rodeó su trabajo como un murciélago lanzando chillidos agudos con la esperanza de que rebotara en alguna parte y se produjera un eco"). Hace zozobrar este libro del mismo modo que hizo zozobrar, durante un tiempo, la vida de Miller. Nos arrastra a todos, como a él. Es buen teatro.
Monroe venía saliendo de su infeliz matrimonio de nueve meses con DiMaggio. Miller se estaba preparando para declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas de la Cámara, y su propio matrimonio se encontraba desde hacía bastante tiempo en problemas. Como el diabólicamente oportuno Kazan lo había dicho antes: "Se moría de ganas de alguna aventura sexual".
El público no aplaudió exactamente esta unión. Columnistas de chismes se obsesionaron, como lo dice Bigsby, con "el rojo encamado con la reina de las nieves de Estados Unidos". Mailer ironizó que "el Gran Cerebro Americano" había conocido al "Gran Cuerpo Americano".
Miller abandonaría su carrera para ayudarla con la suya, y pasó años trabajando en ‘Vidas rebeldes’ [The Misfits], dirigida por John Huston, para el que escribió el guión y que la tendría a ella como protagonista. Tuvo que ser hospitalizada y fue en esa época que tuvo su aventura con Yves Montand. La pareja se divorció en México en 1961; Miller se casaría con el fotógrafo de Magnum, Inge Morath, al que había conocido durante el rodaje.
Tras la muerte de Monroe en 1962, Bigsby en realidad levantó su enorme y ajetreada tienda. Miller siguió escribiendo importantes obras, como ‘Después de la caída’ [After the Fall] (1964), pero sus mejores trabajos estaban en el espejo retrovisor.

Libro reseñado
Arthur Miller, 1915-1962
Christopher Bigsby
Ilustrado
739 páginas
Harvard University Press
$35

10 de junio de 2009
2 de junio de 2009
©new york times
[viene de mQh]

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