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pan y cine y el santo

Las Cartas a Donna Reed


Querida Donna: Una chica de calendario tan chévere que guardaba las cartas de los soldados. Llegó a poseer cientos de cartas de soldados encandilados por las estrellas. Sus hijos las encontraron en una caja de zapatos.
[Larry Rohter] "Ha pasado un buen tiempo desde que vimos a una mujer por última vez, así que le estamos escribiendo con la esperanza de que nos pueda ayudar a salir de nuestra situación", se lamentaba el cabo Frank J. Gizych en una carta enviada desde las neblinosas Islas Aleutas.
"Como sabemos que es imposible ver a una mujer en persona, le agradeceríamos mucho si pudiera enviarnos una foto de usted".
Era julio de 1944 y Estados Unidos estaba en guerra. Desde cuarteles y campos de batalla en Europa y en las islas del Pacífico, soldados, marinos y aviadores estaban enviando avalanchas de cartas a sus actrices favoritas en Hollywood, pidiendo fotos de chicas de calendario y comentando sobre la vida en el frente.
Casi toda esa correspondencia, que los estudios respondían normalmente enviando brillantes fotos de la estrella en alguna postura sensual, se ha perdido. Pero la actriz Donna Reed, más tarde famosa por sus papeles en ‘Qué bello es vivir’ [It’s a Wonderful Life], de Mary Bailey, y la ama de casa de clase media Donna Stone en ‘The Donna Reed Show’, y que ganó un Oscar por ‘De aquí a la eternidad’ [From Here to Eternity], guardó parte de la correspondencia. Después de casi 65 años de permanecer guardadas en una caja de zapatos en un viejo baúl en el garaje de su casa en Beverly Hills, California, las cartas fueron finalmente leídas y hechas públicas por los hijos de la actriz. Reed murió en 1986 a los 64 años.
"Mamá nunca las mencionó", dijo Mary Owen, 52, la más joven de los cuatro. Agregó: "No tenía ni tenía de lo importante que era como símbolo para esos tipos".
Las fuerzas armadas estadounidenses fomentaban el fenómeno de las chicas de calendario como un modo de mantener la moral de los soldados lejos de casa. La mayor parte de las chicas eran estrellas establecidas y conocidas por su sensualidad, como en particular Betty Grable, con sus cabellos rubios recogidos arriba, en traje de baño y fotografiada por detrás, mirando la cámara con una sonrisa. Había otras: imágenes de Rita Hayworth, Ann Sheridan, Hedy Lamarr y Dorothy Lamour también adornaban armarios, paredes de las barracas y los morros de aviones militares.
Pero "Donna Reed probablemente es la que más se acercó a la novia, esposa y madre arquetípicas", dijo Jay Fultz, autor de la biografía ‘In Search of Donna Reed’, de 1998. Debido a que también era algo más joven, recién graduada de sus papeles de ingenua y por ello más cercana en edad al soldado promedio, le escribían a menudo como si fuera una hermana o la vecina, confiándole momentos de nostalgia, soledad, privaciones y ansiedad.

Reed conservó 341 cartas, algunas mecanografiadas, aunque muchas escritas con la elegante caligrafía cursiva del método Palmer, que hoy se ve rara vez. Tomadas en conjunto, las cartas ofrecen una franca mirada de una época pasada, una época en que seis endurecidos sargentos de la infantería de marina podían escribir "pensamos que estás crecidita" y no lo decían en un tono irónico.
"Los chicos de nuestro equipo", escribió el sargento William F. Love el 18 de agosto de 1944, desde las selvas de Nueva Guinea, "pensamos que eres la típica chica americana, alguien por la que queremos volver a casa". El 28 de marzo de 1944, el sargento John C. Dale, de Tennessee, artillero de un B-17, le dijo a Reed, entonces de veintitrés, que quería que fuera la chica por la que estaba peleando".
El cabo Bob Bowie escribió que ver a Reed en ‘La comedia humana’ [The Human Comedy] le hizo anhelar volver a casa en Los Angeles y "ver a mi mamá". Agregó: "No sé cómo habría afectado a los otros; aquí no discutimos nunca nuestros sentimientos".
Las cartas han sido catalogadas por Owen. Vive en Nueva York ciudad y trabajó en Bear Stearns hasta su colapso el año pasado. En los meses siguientes abrió la caja de zapatos y empezó a hojear las cartas a su madre, algunas de las cuales venían acompañadas de garabatos, caricaturas y fotos de los escritores.
Leer las cartas "me hicieron sentir realmente orgullosa", dijo Owen, que puso las cartas a disposición del New York Times. "En casa trató de ser una mamá, no una celebridad, así que nunca hablaba demasiado sobre su carrera como actriz ni de su papel en la guerra".
Reed, que nació como Donnabelle Mullenger, se crió en una granja cerca de Denison, Iowa. Un número desproporcionado de las cartas que conservó fueron escritas por militares de su estado natal, incluyendo uno que la conocía de niña.
"A veces me gustaría estar allá con la vieja pandilla", escribió Gordon Clausen desde el U.S.S. Simpson el 18 de abril de 1945. "De vez en vez me siento en la cubierta y miro la luna, preguntándome qué estarán haciendo nuestros viejos amigos".
A posteriori algunas cartas son excepcionalmente emotivas. Escribiendo desde África del Norte el 12 de abril de 1943, el teniente Norman P. Klinker, un hombre de veinticuatro años que servía en el 91 Batallón de Artillería del ejército, trató de transmitir parte de las peculiares emociones y ambiente de combate.
"Le digo una cosa: la vida en el campo de batalla es ligeramente diferente de la versión en el cine", escribió. Es "dura y sangrienta y sucia", explicó, "una vida bastante interesante y despiadada al mismo tiempo", pero sin "ese sentimiento sombrío y preocupado que es tan común en las películas de guerra".
El 6 de enero de 1944 el teniente Klinker murió en combate en Italia, según muestran documentos oficiales de Estados Unidos, durante el asalto al Monte Porchia, entre Nápoles y Roma. Una historia oficial de la batalla indica que su unidad formaba parte de un destacamento "organizado a fines de año con el objetivo de tomar el objetivo ‘suicida’". Encontró una "fanática resistencia" y "fuego de artillería y morteros de una precisión tan devastadora que las tropas se vieron obligadas a retroceder".

En su mayor parte, los escritores de cartas que sobrevivieron la guerra han muerto. Pero un pequeño número de sus corresponsales vive todavía y recuerdan vívidamente sus contactos con ella.
A los 84, Edward Skvarna está jubilado en Covina, California. Pero en 1943 había terminado recién la secundaria en un pueblo maderero cerca de Pittsburgh, se había enrolado en la Fuerza Aérea del Ejército y estaba siguiendo adiestramiento en Kansas para ser un artillero de B-29 cuando conoció a Reed en una cantina de U.S.O. y le pidió un baile.
"Nunca había bailado con una celebridad, así que me sentía extasiado, inclusive privilegiado de conocerla", recordó Skvarna en una conferencia telefónica este mes. "Pero sentía que ella era como una chica de mi pueblo. Ella era de una comunidad más pequeña, y éramos más o menos de la misma edad, así que sentía que era una persona con la que podía hablar".
Enviado a Asia, Skvarna mantuvo una esporádica correspondencia con ella mientras hacía vuelos de reconocimiento. El 7 de mayo de 1945, desde Marianas, escribió que había recibido una carta suya que lo hizo "dar tumbos de alegría" y que había visitado el palacio de un rajá en India; también le envió fotos de sí mismo y le pidió una instantánea suya a cambio.
"Me sorprende que haya conservado tantas de esas cartas", dijo Skvarna. "Te dice algo sobre el tipo de persona que era".
Es difícil imaginar cómo impactaron esas cartas a Reed. "Sabía que tenía sus ideas sobre el país y participaba como una ciudadana preocupada", dijo Owen. Pero, agregó, su madre no hablaba sobre esas cartas. En 1942 Reed se quejó con una corresponsal de que "mi contribución para ganar la guerra no ha sido muy importante" y "me gustaría hacer algo más".
Sin embargo, más tarde en su vida Reed se convirtió en una ardiente activista antibélica. Durante la Guerra de Vietnam fue copresidente de la organización de 285 miembros llamada Another Mother for Peace y trabajó para el senador Eugene McCarthy en la candidatura presidencial de 1968. En su biografía, Fultz la cita diciendo que "esperaba con ansiedad la época en que ya no se podría enviar a chicos de diecinueve años a luchar las guerras de los viejos".

28 de mayo de 2009
24 de mayo de 2009
©new york times
[viene de mQh]

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