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pan y cine y el santo

Príncipe de la Literatura Barata


[Charles McGrath] Philip K. Dick: A menudo lo han comparado con Borges.
Durante toda su vida, el escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, quiso pertenecer al mundo convencional. Quería ser un escritor literario serio, no un gacetillero de ciencia ficción cuya audiencia estaba compuesta, dijo una vez, por "troles y dementes". Pero Dick, que podía meterse mil anfetaminas en una semana, era también algo más que paranoico. A principios de los años setenta, cuando finalmente ganó alguna reputación entre críticos universitarios y ensayistas literarios -y muy en especial el escritor polaco Stanislaw Lem-, se volvió contra todos ellos, escribiendo una carta al FBI en la que afirmaba que eran agentes de la KGB que estaban tratando de hacerse con la ciencia ficción estadounidense.
Así que es difícil saber qué habría hecho Dick, que murió en 1982 a los 53 años, con el hecho de que este mes ha llegado al pináculo de la respetabilidad literaria. Cuatro de sus novelas de los años sesenta -‘El hombre en el castillo' [The Man in the High Castle], ‘Los tres estigmas de Palmer Eldritch' [The Three Stigmata of Palmer Eldritch], ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?' [Do Androids Dream of Electric Sheep?] y ‘Ubik'- serán reeditadas por la Library of America en el formato ahora clásico de Hall of Fame: encuadernación completa en tela, marcador con borla, papel delgado, tipo Biblia, libre de ácido. Estaría contento, o exigiría saber por qué los otros cuarenta libros no recibieron este honor. Y qué decir sobre la ‘Exegesis', un diario de ocho mil páginas de la que es destilada una especie de teología gnóstica adquirida en una serie de visiones religiosas durante un par de meses en 1974. Un desconfiado y fanático dickiano podría decir que el libro de Library of America es sólo una diversión, un intento de convertir a un escritor profundamente subversivo en otra marca canónica.
Otra cosa que probablemente divertiría y fastidiaría a Dick en casi la misma medida es la excepcional cantidad de películas que se han hecho con su trabajo, empezando con ‘Blade Runner' (adaptado de ‘¿Sueñan los androides?'), que cumple este años 25 años, y estará disponible en otoño en una versión especial en DVD. La más reciente, ‘Next', basada en un cuento, ‘The Golden Man', con Nicholas Cage como un mago que es capaz de ver el futuro y Julianne Moore como una agente del FBI desesperada por ganarlo para su causa, se estrenó el mes pasado. En obras se encuentra una película biográfica con Paul Giamatti, que tiene más que un parecido con el autor, el que al final de su vida tenía la mirada lánguida de un tipo que no veía demasiado la luz del día.

Dick murió cuando ‘Blade Runner' estaba todavía en rodaje, y estaba descontento por la forma que estaba adquiriendo el guión, y que no iba a ganar el dinero que quería. Probablemente ‘Blade Runner' es la mejor película de Dick, si no la más fiel. (Ese honor pertenece probablemente a ‘Una mirada en la oscuridad' [A Scanner Darkly], estrenada el año pasado, en la que la técnica semianimada de Richard Linklater sugiere algo de la sensación de la novela gráfica).
No hay razón para pensar que Dick hubiese aprobado las otras, especialmente ‘El vengador del futuro' [Desafío total; Total Recall], en la que Quail, el héroe nerdo del cuento de Dick, ‘We Can Remember It for You Wholesale', se convierte en Quaid, un pulido personaje de Arnold Schwanzenegger. Entretanto, como han observado varios críticos, películas como la serie ‘Matrix', ‘Una vida en directo' [The Truman Show] y ‘¡Olvídate de mí! [Eterno resplandor de una mente sin recuerdos; Eternal Sunshine of the Spotless Mind], aunque no se basen en materiales de Dick parecen contener sin embargo su chispa, y dramatizan más vívidamente que una idea central en Dick de que la realidad es apenas una construcción, o, como le gustaba decir a él, una falsificación. Es como si su ADN imaginativo se hubiese propagado como un virus.
Parte de porqué el trabajo de Dick atrae a tantos directores es su sensibilidad cursi. Se crió en California leyendo revistas como Startling Stories, Thrilling Wonder Stories y Fantastic Universe, y luego, después de abandonar los estudios en la Universidad de California en Berkeley, empezó a escribir para ellos, a menudo en maníacas sesiones de 24 horas llenas de alcohol y anfetamina. Podía tipear 120 palabras por minuto, y le dijo a su tercera esposa (de cinco, y tuvo también innumerables novietas: Dick amaba a las mujeres, pero era muy difícil de vivir con él) que "las palabras salen de mis manos, no del cerebro. Yo escribo con mis manos".
Sus primeras novelas, escritas en dos semanas o menos, fueron publicadas en una colección de libros de bolsillo dobles Ace, que incluían dos libros en uno, siempre con una cubierta escabrosa. "Si se imprimiera la Santa Biblia en Ace Double, observó una vez un editor, "habría sido reducida a dos mitades de veinte mil palabras, y el Antiguo Testamento sería rebautizado como ‘Señor del Caos' y el Nuevo Testamento, ‘La cosa con las tres almas'".
Así que por lo general uno no lee a Dick por su prosa. (La gran excepción es ‘El hombre en el castillo', su intento más sostenido y seguro de hacerse con algo de respetabilidad, y es un libro que es apenas ciencia ficción, sino más bien lo que podríamos llamar un libro ‘contrafactual'; su premisa es que los Aliados perdieron la Segunda Guerra Mundial y el oeste de Estados Unidos es gobernado por los japoneses, el este por los nazis). Tampoco lo lee uno por lo que tenga de científico, como lo haríamos con Isaac Asimov o Robert Heinlein.
Dick no mostraba demasiado interés en el lado futurístico, predictivo de la ciencia y escribía en ese género simplemente porque le daba la libertad de dejar su imaginación en libertad. A excepción del raro aerodeslizador o cohete espacial, no hay muchos artilugios en su literatura, y muchos detalles son satíricos, como los artefactos de la casa en ‘Ubik', que deben ser alimentados de monedas todo el tiempo, o las payasadas, como la extraña ropa de payaso que es aparentemente la ropa normal de oficina en el mismo libro (ambientado en 1992): "pantalones de corteza de abedul, cinturón de cordel de cáñamo, corpiño transparente y sombrero de maquinista".
En gran medida, el futuro de Dick se parece un montón a nuestro presente, excepto que es un poco más sucio. Siempre se está acabando todo y convirtiéndose en una de esas cosas que los personajes de ‘¿Sueñan los androides?' llaman kipple: basura como folletos sobre cerillas y envoltorios de chicle que se duplican por la noche y llenan apartamentos abandonados. Esta sensación de entropía y decadencia es lo que evoca tan bien Ridley Scott en ‘Blade Runner', con sus sórdidas calles mojadas por la lluvia y lo que le falta a Steven Spielberg en su ligeramente psicótica ‘Sentencia previa' [Minority Report].
El tema de ‘Sentencia previa' -precognición, o la idea de que algunas personas puedan ver en el futuro, no siempre con resultados felices- fue una idea que Dick empezó a explorar a mediados de los años cincuenta, con temas como las memorias alteradas o reprimidas, que se convirtieron en el tema de ‘El vengador del futuro', ‘Impostor' y, más recientemente, ‘El pago' [Paycheck], de John Woo. La mayoría de las películas inspiradas en Dick provienen de cuentos cortos de este período -varias de ellas, incluyendo ‘El hombre dorado', escrita en apenas unos meses.
En los años sesenta, Dick volcó sus energías a la escritura de novelas, y con la excepción de ‘Sueñan los androides?' y ‘Una mirada en la oscuridad' (publicada en 1977 e, incidentalmente, el primer libro que Dick escribió con ayuda de las drogas), las novelas no se prestan muy bien a la imaginación de Hollywood.
Eso es porque son mucho más difíciles de reducir a un solo concepto o trama. Tres de las novelas incluidas en el libro de Library of America -‘¿Sueñan los androides', ‘Los tres estigmas' y ‘Ubik'- son claramente las mejores. (Algunos empecinados postulan ‘SIVAINVI ‘ [VALIS] como su último trabajo importante, pero eso es realmente su ‘Finnegans Wake' -un libro más divertido para hablar sobre él que para leer. Los tres son menos afectadas que los cuentos y giran sobre dos de las grandes preguntas que se convirtieron en sus obsesiones: ¿Cómo distinguimos lo real, y cómo sabemos qué es humano? En lo que a mí respecta, podrías ser un robot, o quizás yo estoy simplemente preprogramado para pensar de mí mismo como persona, y esto que llamamos realidad podría ser simplemente una alucinación colectiva.
Ese tipo de especulación -el tema de muchas vagas sesiones de testosterona de internado- se vuelve genuinamente interesante en los escritos de Dick porque lo dice de verdad y porque impregna el resultado de nostalgia. Sus personajes, como Rick Deckard, el cazador de recompensas de androides de ‘¿Sueñan los androides?' quiere desesperadamente algo auténtico en lo que creer, y los libros sugieren que la calidad de la creencia puede ser más importante que el grado de autenticidad.
‘Los tres estigmas de Palmer Eldritch' y ‘Ubik', escritas con cinco años de diferencia, son en muchos sentidos dos versiones de la misma historia, una trágica, generalmente cómica la otra. El personaje del título de ‘Los tres estigmas' (1964) no es mucho si se lo mira -sus estigmas son los dientes de acero, un brazo de robot y ojos desechables- pero todavía posee poderes divinos, o, quizás, satánicos, y puede, con la ayuda de una droga llamada Chew-Z, enredar a alguna gente en redes de alucinaciones, unas dentro de las otras, tan resbaladizas e intrigantes que incluso el lector se siente un poco trastornado. El libro es una historia de horror de una imaginación desembocada.
Ubik' (1969) es más redentora. Aquí, la figura divina es un empresario llamado Glen Runciter, que dirige lo que se llama una ‘organización de cautela': por un precio, limpiará tu compañía de teeps, o telépatas que roban secretos. Se las arregla para comunicarse con algunos de sus antiguos empleados incluso estando ellos muertos, y les provee con un aerosol salvaticio, llamado Ubik, que parece detener, al menos temporalmente, la tendencia que tienen las cosas de regresar a como eran 1939. Sin embargo, Dick describe los artefactos de la era de la Depresión -radios Philco, biplanos Curtis Wright- con gran cariño y, en este libro, la muerte no resulta ser tan mala; no es la extinción eterna, sino una especie de vida a medias parcialmente imaginada por un joven impaciente (también muerto) llamado Jory.
Jory es una amenaza, pero Dick tiene debilidad por él porque es un soñador y fantasioso, como lo hace en ‘Los tres estigmas' por los colonos de Marte a los que, terriblemente aburridos, les gustaría colocarse y jugar con sus diseños de Perky Pat, elaborados escxenarios de Ken y Barbie que les hacen inventar cuentos nostálgicos sobre la vida en la Tierra. También le gusta incrustar sus libros en otros, emblemas de una posibilidad imaginativa, como la novela en ‘Elhombre en el castillo' que postula la victoria de los Aliados.
Indudablemente hay un elemento autobiográfico en las novelas de Dick; se leen como el trabajo de alguien que sabe por experiencia lo que es alucinar. Lawrence Sutin, que ha escrito una biografía definitiva de Dick, dice que él tomó LSD un par de veces, y no le gustó especialmente. Por otro lado, su régimen normal de anfetaminas y tranquilizantes, que se tragaba en puñados, fue seguramente suficiente para trastornarle, y Dick se preocupó más de una vez de que podría convertirse en una esquizofrénico.
Sin embargo, los libros no son simplemente psicodélicos. Los mejores son visionarios o surrealistas de un modo que la literatura estadounidense, tan enraizada en la observación y la realidad, lo es rara vez. Los críticos literarios han comparado a menudo a Dick con Borges, Kafka, Calvino. Para mencionar a un equivalente estadounidense tendrías que pensar en alguien como Emerson, pero nadie pensaría nunca en buscar en él ideas para películas. Emerson era todo cerebro, sin nada de morbo.

22 de mayo de 2007
6 de mayo de 2007
©new york times
[viene de mQh]

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